albert camus le escribió un día a maría casares que pasara lo que pasara recordara que siempre habría en el mundo una persona a la que volver, pues eso
No, habían monjas que se llevaban a los bebés recién nacidos diciéndole a las madres que habían fallecido en el parto y los revendían a familias pudientes del Opus.
Cuando vayas a votar a Juanma Moreno acuérdate que dijo que la sanidad pública era inviable y que si entra una enfermedad grave, a ti o alguien de tu familia o eres millonario y te lo pagas o te mueres.
A la izquierda, un niño judío camina con las manos arriba mientras los nazis expulsan a su familia de su casa en el Guetto de Varsovia, 1943.
A la derecha, un niño palestino camina con las manos arriba mientras los sionistas expulsan a su familia de su casa, Cisjordania, 2025.
Existe una Andalucía tiesa, que viste de Álvaro Moreno y se cree que pertenece a la èlite de la derecha solo pq lleva una banderita en la muñeca y paga un seguro privado de 30€ al mes q no te cubre nada y lleva a sus hijos a un concertado. Esos sois los peores.
Sobre economía doméstica y familiar hay que escribir sobre el primer propósito del delantal de la abuela, que era proteger la ropa debajo, pero además sirvió como un guante para sacar la bandeja del horno, secaba las lágrimas de los niños y, en ocasiones, limpiaba sus caras sucias. Desde el gallinero, el delantal se usó para transportar los huevos y, a veces, los pollitos. Cuando había visitas, el delantal sirvió para proteger a los niños tímidos. Este viejo delantal era un fuelle, agitado sobre la chimenea. Fue él quien llevó las patatas y la madera seca a la cocina. Desde el huerto, sirvió como una cesta para muchas verduras y hortalizas. Al final de la estación, se usaba para recoger manzanas caídas. Cuando llegó el momento de servir la comida, la abuela sacudía su delantal en la escalera, y los hombres en el campo sabían de inmediato que tenían que ir a la mesa. Pasarán muchos años antes de que algún invento u objeto pueda reemplazar este viejo delantal. En memoria y homenaje a ellas, Ángeles Ftes.
Su nombre era Marsha Carter, tenía 67 años y una espalda maltrecha por los años de limpieza en hoteles.
Nadie en su barrio sabía mucho de ella, salvo que empujaba cada tarde un viejo carro de supermercado lleno de libros.
—¿Los vende, señora? —le preguntaban.
—No. Los regalo. Pero solo a quien me prometa leerlos.
Cada libro tenía dentro una nota manuscrita:
“Cuando termines, pásalo. No se lo devuelvas a Marsha. Devuélvelo al mundo.”
Marsha había sido analfabeta hasta los 52 años. Aprendió a leer en un centro comunitario, después de sentirse humillada por no poder rellenar un formulario en una consulta médica.
—No poder leer me hizo sentir invisible durante décadas —contó una vez—. Pero cuando aprendí… fue como si encendieran la luz en una habitación cerrada desde niña.
Durante años, recogió libros donados de bibliotecas, mercadillos y contenedores.
Con su carrito, caminaba cada día por los barrios más olvidados de Detroit, regalando libros a niños, adultos mayores, personas sin hogar.
—Si logré aprender con 52 años… cualquiera puede —decía.
Lo llamaba su “Biblioteca Rodante”.
Cuando una periodista local le preguntó por qué lo hacía, Marsha respondió:
—La lectura me hizo libre. Ahora me toca liberar a otros.
En 2014, recibió un premio cívico municipal.
No quiso subir al escenario.
Solo pidió que usaran el dinero del galardón para imprimir más libretas para alfabetización.
Hoy, hay más de 30 puntos de intercambio de libros en Detroit con su nombre:
“Estaciones Marsha”, donde cualquiera puede tomar o dejar libros sin pagar.
Y sí… su carrito viejo aún está en uno de esos puntos, lleno de libros y rodeado de flores de papel hechas por niños.
«Mentir constantemente no tiene como objetivo hacer que la gente crea una mentira, sino garantizar que ya nadie crea en nada. Un pueblo que ya no puede distinguir entre la verdad y la mentira no puede distinguir entre el bien y el mal».
—Hannah Arendt