EL CINE DOBLADO YA DOMINA LAS SALAS ARGENTINAS
La mayoría de las funciones de cine en Argentina ya se proyectan dobladas al español. Según programadores y exhibidores, cerca del 80% de las películas se ofrecen en castellano, una tendencia que se profundizó tras la pandemia y que redujo notablemente la oferta de funciones subtituladas.
Testimonios
"Las cosas cambiaron y hoy en día existe un hábito que nos fue implantado de manera paulatina". — Adrián Ortíz, programador de salas.
"Lo que venimos observando en los últimos años es un cambio en los hábitos de consumo que responde también a un cambio cultural. Las decisiones de programación respecto a los formatos e idiomas acompañan una demanda creciente del público por las funciones dobladas al español. Si bien el doblaje se asociaba al público infantil, hoy vemos que muchos adultos también eligen ver películas en castellano, muchas veces por comodidad". — Cinépolis.
"No es una decisión de la empresa, sino que se trata de una demanda del público. Una gran mayoría de las personas que van al cine prefieren no leer". — Gaby Zamora, gerente comercial de Cinemacenter.
"Ver una película subtitulada exige más al cerebro que una doblada: hay que integrar imagen, audio y texto en simultáneo, con mayor demanda sobre la memoria de trabajo y la atención dividida. No es un esfuerzo enorme, pero es constante, y el cerebro que lo hace regularmente ejercita circuitos que el otro no usa. Hay un principio bien documentado en neurociencia cognitiva: las redes neuronales que no se usan se debilitan. A eso se suma que leer subtítulos implica comprensión lectora activa en tiempo real, una habilidad que hoy está en retroceso entre los adolescentes". — Alejandro Andersson, neurólogo.
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Emociona la cantidad de gente que se acercó a movilizar este 24 de marzo por primera vez. En épocas de individualismo, la gente se reunió a decir #NuncaMás 🫶🏼🥹
Hoy conocí la historia de Luis Oscar Lacoste, 33 años, docente de Lengua en Lobos, denunciado en 1976 por 5 familias de la escuela donde trabajaba por "adoctrinar" a sus estudiantes y desaparecido 15 días después.
El "adoctrinamiento" había sido recomendarles una obra de teatro.
Moira Rose taught us how to fall apart with dignity. Catherine O’Hara taught us how to build a career that peaks at 66.
She started as a waitress at Second City Toronto. The director told her to keep waitressing. She replaced Gilda Radner anyway.
For 50 years she played women who couldn’t see themselves clearly, and she loved every one of them. Delia Deetz, the worst artist alive, convinced she was a genius. Kate McCallister, who forgot her kid at Christmas and spent two movies trying to get back to him. Cookie Fleck, whose romantic history kept showing up at dog shows.
Then Eugene Levy called. He’d created a show with his son about a rich family who loses everything. Would she play the mother? A former soap star who copes with poverty by refusing to acknowledge it?
She almost said no. Thank God she didn’t.
Moira Rose wore wigs that had their own ambitions. She spoke in an accent from nowhere. She called her children “bébé” like it contained the entire history of motherhood. And underneath all of it, O’Hara let us see the terror of a woman who had never learned who she was without an audience.
When Moira finally broke, in hospital rooms and at weddings and rehearsing for community theater, O’Hara showed us what she’d known all along: the performance was the protection. The delusion was the survival mechanism.
She won the Emmy at 66. In her speech, she thanked the Levys for letting her “fully be her ridiculous self.”
Last year, someone asked which role she wanted to be remembered for.
“Mother to my children.”
She was 71. She left behind her husband Bo, her sons Matthew and Luke, and millions of us who learned from Moira Rose that you can lose everything and still refuse to be diminished by it.
Bébé, we’ll miss you.