Crecer no fue dejar de creer en los Reyes.
Fue descubrir que la magia seguía ahí,
solo que tenía ojeras, manos cansadas
y un amor tan grande
que se disfrazaba de madrugada
para no romperte la sonrisa.
Y entonces entiendes
que los Reyes Magos no se van,
solo cambian de nombre
y aprenden a quererte
en silencio.
Dicen que los
abuelos y las abuelas
son como veranos eternos en mitad del invierno.
Que te enseñan a caminar,
pero también a detenerte.
A tomar sopa despacio,
a escuchar sin prisa,
a querer sin condiciones.
Dicen que los abrazos de ellos
cosen los rotos que no se ven.
Que sus manos arrugadas
guardan historias,
y caramelos en los bolsillos.
Y uno crece pensando que estarán siempre,
porque la ternura parece eterna
cuando te acarician la cabeza
y te dicen “come un poco más”.
Pero un día faltan.
Y se queda el mundo raro,
la casa más grande,
la silla vacía y el corazón un poco roto.
Te partes por dentro.
Porque nadie estaba listo.
Porque nadie está listo nunca.
Y ahí entiendes que aprovechar el tiempo
con ellos no era un consejo:
era un salvavidas.
Porque cuando se van,
sigues hablando con ellos en silencio,
sigues escuchando su risa en los pasillos,
sigues buscándolos en cada domingo que huele a hogar.
Dicen que los abuelos y las abuelas
nunca se olvidan.
Y es verdad.
No se van,
solo se quedan de otra manera.
En la forma en la que ahora tú abrazas,
en cómo dices “cógete una chaqueta”,
en el modo en que aprendes a querer,
sin pedir nada a cambio.
Ojalá aprovechar siempre.
Ojalá que no duela tanto aprenderlo.
Nos pasamos la vida aplazando cosas.
Los cafés. Las llamadas.
Los “te echo de menos”.
Los “ven, que te quiero ver”.
Guardamos abrazos como si se acabaran.
Dejamos palabras en borradores.
Besos que se enfrían. Planes que se caducan.
Y la vida…
la vida va en serio. No espera a nadie.
No pregunta si estás listo.
A veces se va sin despedirse. A veces deja huecos que nadie llena.
Por eso, no dejes que se te pasen las ganas.
Di lo que sientes. Pide perdón.
Manda ese mensaje. Haz esa visita.
Ama sin miedo.
Porque lo único que da más miedo que arriesgar…
es quedarse con las ganas.