—Ya...
Su vida ya es difícil, ¿por qué le hace MÁS complicado todo? Jolín...
En fin, Hiro se levantó para regresar al restaurante. La situación era incómoda. Tenía a Troy diciéndole eso, la chica de la mesa mirándoles solo a ellos dos y otra chica, vestida con ropas›
Hiro se llevó los dedos al puente de la nariz. No iba a hacerle sentir mal por un muñeco. No.
Eso era tema serio como para decirlo así sin más.
—Lo siento, pero debo regresar, tengo que ayudar a limpiar antes de cerrar, la gente es un desastre.
Fue una excusa... a ›
—Disculpa, pero...
¿Se metió en algo de verdad? ¿No era un simple juego? ¡Qué angustia...!
—Tengo que hacer caso a las normas del establecimiento. No puedo cumplir.
Hmmm. ¿Cuáles?
—Ah... ya...
Le estallará la cabeza, sí, nada de condones dorados ni bombillas, por favor.
—Me gustaría seguir con ello, pero... no puedo, estoy sujeto a las reglas del local. Así que no puedo cumplir con semejante misión.
Necesitaba dinero, ¿vale?
Puso una mueca, confuso, por si no era evidente desde un inicio que no estaba entendiendo nada.
—¿Eso nada más?
Hiro extendió una mano para agarrar la hamburguesa, dándole un mordisco.
A él le gustaban los pepinillos... estaban buenos. Aun así, solo le dio una ›
Pero no podía tratar de loco a Troy, principalmente porque no sabía si eso era normal. El otro motivo era claro: Hiro era el loco allí, generalmente. Así que no juzgaba.
Su mirada siguió cómo aquel muñeco colisionaba contra la pared y se rompía. Vaya...
Segu��a confuso al no entender nada de lo que ocurría, solo sabía que ahora pertenecía a nosequé secta del calabacín.
—Ah, vaya... ¿Y ahora qué se hace?
Quizás no debió acercarse, ¿no? ›