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A quienes insisten en que “no hay nada malo” con farmear aura, hay que responderles apuntando a que el problema no es, ante todo, una cuestión moral. El problema es que es una ridiculez.
Farmear aura consiste en repetir gestos, poses y actitudes para acumular una puntuación imaginaria de carisma. Es decir: vivir como si uno fuera un personaje de videojuego recolectando monedas invisibles de prestigio. No es algo "malo" por ser un vicio pecaminoso. Es una farsa. Y una civilización no se hunde solo por pecados graves, también se destruye cuando sus jóvenes convierten la existencia en una granja de apariencias.
El aura verdadera no se farmea. Se tiene o no se tiene. Nace de la inteligencia, del carácter, del dominio de uno mismo, de haber leído, trabajado, sufrido y aprendido de los errores. Lo demás es teatro barato: caminar despacio para que alguien diga “+1000”, mirar al horizonte como si uno hubiera entendido a Aristóteles, o fingir despreocupación precisamente porque se está desesperado por ser mirado.
Decir que “no pasa nada” es no entender nada. No hace falta condenarlo como si fuera un crimen. Basta con nombrarlo con exactitud: es pueril. Es la estética de una época que ya no sabe qué es la grandeza y entonces premia la pose.
El hombre serio no cultiva “puntos de aura”; cultiva virtudes. El resto es ruido, meme y vacío con filtro.
Cuando una sociedad aplaude que alguien “farmee” presencia en vez de merecerla, no está siendo permisiva, está siendo ridícula. Y lo ridículo, sostenido el tiempo suficiente, termina por formar almas vacías y completamente idiotas: gente que no busca ser, sino parecer. Y eso no es verdadera libertad, es el síntoma de que el problema cultural es grave.
Cada 28 de agosto, la Iglesia Católica celebra a San Agustín de Hipona (354-430), el célebre obispo de la antigüedad que encaminó la filosofía y la teología por la ruta de la cooperación, de tal manera que quedaron sentada la estructura y el modo de desarrollo de la doctrina cristiana como depositaria de la verdad -aquella que inquieta el corazón del ser humano y que se revela, en última instancia, en el encuentro con lo divino-.
Poseedor de una fineza espiritual y una profundidad intelectual extraordinarias, Agustín de Hipona no solo ha dejado una huella indeleble en la tradición eclesiástica latina, sino que su pensamiento produjo un impacto decisivo en la ciencia y el saber occidentales.
En San Agustín toda alma que anhela alcanzar la verdad encuentra a un amigo seguro y confiable, en el que no hay ambages. Por eso, es el santo patrono de "los que buscan a Dios”, sea porque nunca lo conocieron, sea porque erraron en el camino.
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Es lógico: hay que ayudar primero a los católicos y luego a herejes, judíos, moros, paganos, etc.
¿Y quién lo dijo? Pues San Pablo:
"Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe" (Gál 6,10).
Que la caridad es ordenada.
Hoy celebramos a Santa Mónica, patrona de las madres que oran por sus hijos. 🤍
Su historia nos recuerda que, cuando una madre ya no sabe qué hacer, todavía puede seguir orando y confiando en Dios.
San Agustín, su hijo, escribió sobre ella:
“Había nutrido a sus hijos, pariéndoles tantas veces cuantas les veía apartarse de ti.”
Hoy elevamos una oración por todas las madres: por las que esperan, por las que sufren, por las que tienen un hijo alejado de Dios y por las que, aunque no ven todavía el fruto de sus oraciones, no se cansan de confiar.
🙏 Santa Mónica, ruega por todas las madres y sus hijos.
#SantaMónica #SanAgustín