¿Por qué hay algunas personas que recuerdan con pelos y señales un evento bastante chungo que han vivido y otras apenas lo recuerdan?
Esto tiene que ver con la manera en la que el cerebro procesa la información en un momento en el que se percibe una amenaza importante, y este procesamiento no es igual en todas las personas ni en todas las situaciones.
Cuando presenciamos una situación que percibimos como amenazante la supervivencia más que el registro de lo que está ocurriendo. Es decir, los recursos que tenemos van dirigidos a reaccionar rápidamente a la situación que estamos presenciando y no a las que permiten archivar bien la información en la memoria, y menos mal, porque es lo que realmente permite que sobrevivamos.
Por este motivo, algunas personas se quedan con fragmentos sueltos que no permiten elaborar la historia en su totalidad, o con sensaciones físicas que aparecen ante situaciones similares a la que vivieron y no son capaces de asociarlo a nada concreto (ni a una situación vivida, ni a algo que pueda explicar esa sensación actualmente), y otras directamente no recuerdan nada.
Otro mecanismo que también influye es la disociación. Y es que ante una amenaza que se interpreta como inabarcable, la disociación funciona como un mecanismo de protección al desconectar parcialmente de la situación mientras está ocurriendo. Es una manera de proteger a la persona del impacto emocional que tiene ese evento en el momento en el que ocurre. Y cuanto mayor es esa desconexión durante la situación, menor es el registro de lo que se está viviendo y más difícil es acceder a esa información después, porque en realidad la persona no ha llegado a procesar del todo lo que ha vivido mientras ocurría.
Hace meses o años, desde que acabó esa relación es la que tenías que anularte y todavía te cuesta fiarte de tu propia percepción.
No es que pienses en la relación a diario, pero lo que ocurrió en ella te sigue condicionando. Es decir, por ejemplo, cuando una persona tiene una actitud que te molesta, dudas de si decírselo o no, y de hecho muchas veces tu primera reacción es buscar qué has hecho tú para provocar esa reacción. Si notas que algo no cuadra, en lugar de pensar “qué es lo que está ocurriendo”, la primera pregunta que te haces es si eres tú quién está percibiéndolo mal.
Este patrón surge cuando pasas tiempo en una relación en la que tus palabras se cuestionaban de forma continuada, aprendes a desconfiar de ti mismo o de ti misma, como una estrategia de protección para evitar conflictos o para evitar la sensación de que otra vez te estabas equivocando.
El patrón permanece aún aunque esa persona ya no esté por qué hubo un momento en el que sí consiguió lo que pretendía, que era evitar un conflicto en el salías perdiendo siempre o evitar que tu ansiedad aumentara.
Por este motivo, aunque ahora tengas relaciones en las que podrías sentirte seguro o segura, sigues sintiendo que tienes que demostrar que tu percepción de las cosas es válida en lugar de confiar directamente en esa percepción.
Lo que quiero decir es que tu comportamiento y tus emociones tienen una lógica, tienen un origen en el que esos comportamientos fueron útiles, pero en la actualidad no lo son y encima te hacen sentir mal.
Así que si esa relación ya acabó, intenta anotar las situaciones en las que sigues comportándote así, cuál es el pensamiento o valoración que haces antes de que aparezca ese comportamiento, y analiza realmente si es más bien un pensamiento automático adquirido en otra situación con otra persona y si ahora es necesario seguir aplicándolo o si lo único que consigue es mantener tu malestar.
La Navidad trae un contexto emocional completo: recuerdos, roles familiares, expectativas sociales y una idea muy marcada de cómo “debería” sentirse la gente. Cuando una época viene tan cargada de “deberías”, lo habitual es que despierte muchas emociones, algunas agradables y otras incómodas.
Lo primero que suele activarse es la expectativa. La expectativa funciona como un filtro: anticipa lo que va a pasar y prepara una respuesta emocional antes de que ocurra. Si alguien espera conexión o calma, llega con ilusión. Si espera tensión, críticas o comparaciones, llega en alerta. Esa anticipación ya genera desgaste, porque lleva a ensayar conversaciones, controlar detalles y medir riesgos incluso antes de que empiecen los encuentros.
También se activa la memoria emocional, es decir, aparecen recuerdos y asociaciones como los olores, las canciones, los lugares, las fechas. Para muchas personas, esto conecta con seguridad y pertenencia. Para otras, con duelos, ausencias, soledad o vivencias familiares difíciles.
Otro aspecto relevante son los roles. En Navidad se intensifican los papeles habituales: quien organiza, quien cuida, quien intenta que todo esté bien, quien evita conflictos, quien resta importancia a lo que duele, quien se calla para no incomodar. Cuando alguien lleva tiempo teniendo un rol de responsabilidad o complacencia, estas semanas lo amplifican. Se confunde “ser buena persona” con “aguantar”, y aparece culpa cuando se intenta poner límites. Es una culpa aprendida: se asocia el poner límites con la pérdida de vínculo, aunque en realidad el límite sea una forma de autocuidado.
La comparación también aumenta. Ocurre en redes y también en conversaciones cotidianas: pareja, trabajo, hijos, cuerpo, logros, decisiones vitales. La Navidad funciona como un momento de balance, y eso activa la autocrítica. Muchas personas no se sienten incómodas por lo que tienen, sino por la sensación de que deberían sentirse más felices o haber llegado más lejos. Ahí se mezcla la autoexigencia con la evaluación social, algo muy frecuente cuando hay tantas reuniones y tanta exposición.
A esto se le suma la ambivalencia emocional. Pueden convivir emociones opuestas: ganas de ver a la familia junto con necesidad de distancia, agradecimiento junto a vacío, momentos de risa seguidos de cierta tristeza. Esta mezcla refleja la complejidad emocional que aparece cuando se juntan afecto, historia compartida y presión externa.
También cambian las rutinas: horarios, descanso, alimentación, gastos y desplazamientos. Todo se intensifica y se desordena un poco. Quien ya venía con estrés o ansiedad suele notarlo más en forma de cansancio, irritabilidad o menor tolerancia al conflicto.
Y hay una vivencia especialmente sensible: la soledad en Navidad. No se reduce únicamente a estar sin gente. También me refiero a sentir que uno está fuera de lugar. Cuando el entorno insiste en que son días “para estar en familia”, quien no tiene un espacio seguro donde sentir que encaja puede vivirlo como una confirmación de soledad e incomprensión. Esto genera dolor, porque la necesidad de pertenencia se vuelve especialmente visible en estas fechas.
La Navidad acaba funcionando como un amplificador emocional. Lo agradable se vive con más intensidad. Lo difícil también. A veces lo que más pesa es la distancia entre lo que se vive y lo que se esperaba, esa sensación de que este año iba a ser distinto.
En fin, cuando una persona se nota rara en Navidad normalmente es debido a que se mezclan diferentes aspectos: la historia personal, la presión social y la necesidad de vínculo, entre otros. Y es que estas fechas tocan muchas teclas a la vez.
Y después de haber hecho esta reflexión, que espero ayude a comprender mejor las emociones que se mueven en estas fechas, ojalá cada persona pueda vivir la Navidad de la forma que realmente desee, sin más exigencia que la de cuidarse y disfrutar respetando también a los demás.
La depresión no siempre se muestra en forma de lágrimas o tristeza. Muchas veces se manifiesta como falta de energía. Actividades cotidianas como levantarse, ducharse o preparar comida pueden sentirse como un esfuerzo enorme, aunque desde fuera no parezca así, y encima, la persona se siente mal por sentirse así frente a la realización de esas actividades ya que considera que no deberían llevarle esfuerzo.
@AidaAvellaE Desde los Equipos Básicos de Salud, también se puede realizar prevención y promoción de Hábitos Saludables.
Pero los recursos aún no llegan a los territorios.