Hay una adoración que nace en la alegría, pero la que más toca el cielo es la que nace en medio del dolor. Cuando todo parece derrumbarse y aun así levantas tus manos y dices: “Señor, sigo confiando en Ti”, esa es una fe genuina. Dios ve cada lágrima, conoce cada batalla y honra a quien decide adorarlo incluso con el corazón quebrantado.