Uribe no se quemó
Por Carolina Restrepo Cañavera
Decir que Uribe “se quemó” es una frase fácil. Y las frases fáciles sirven generalmente para no pensar.
Uribe no se puso de número 25 por ingenuidad, ni por vanidad.
Se puso ahí sabiendo perfectamente lo que hacía.
Sabía que no era una apuesta menor. Sabía, incluso, que muchos estaban esperando ese resultado para decretar, con la ligereza de siempre, su final político. Y aun así se puso ahí.
Eso ya dice mucho.
Pero dice todavía más lo que vino después.
Porque mientras tantos opinan desde la comodidad del comentario rápido, Uribe volvió a hacer algo que muy pocos en Colombia serían capaces de hacer a su edad, con su historia, con sus cargas y con todo lo que le han puesto encima: recorrer el país entero.
No a media marcha. No para cumplir. No para dejarse ver. Lo recorrió con alegría, con sonrisa, con disciplina, con palabra amable, con una devoción conmovedora por la gente y por Colombia.
Yo lo vi.
Y justamente por haberlo visto me produce desprecio intelectual escuchar esa tontería de que “Uribe se quemó”. No. Lo que pasa es que hay quienes siguen sin entender de qué está hecho ese hombre.
Yo estuve ahí. Vi el ritmo. Vi el desgaste. Vi la intensidad de esos días. Y puedo decir algo que para mí vale más que cualquier análisis de escritorio: cuando yo me sentía cansada, verlo a él me daba hasta pena sentir cansancio. Porque él seguía. Seguía con energía. Seguía con afecto. Seguía con una cortesía intacta. Seguía saludando, oyendo, alentando. Seguía como si el cuerpo no tuviera derecho a reclamarle nada, porque por encima del cuerpo estaba la causa.
Y eso no es normal.
No es normal en un país lleno de políticos que a la primera dificultad se victimizan, se esconden o negocian su entusiasmo.
No es normal en una época en la que tantos entienden la política como cálculo, marketing o capricho personal.
No es normal ver a un hombre con ese nivel de recorrido, de desgaste y de persecución encima, volver a pararse frente al país con entereza, con serenidad y con amor.
Sí, amor.
Porque aquí hay una palabra que a muchos les incomoda, quizá porque les resulta demasiado grande para el cinismo en el que viven. Pero lo que yo vi fue amor por Colombia. Un amor real. No discursivo. No impostado. No escrito por consultor. Amor del que se vuelve trabajo, presencia, sacrificio y entrega.
Por eso la imagen correcta no es la de un hombre que se quemó. Es la de un ave Fénix.
A Uribe han querido volverlo ceniza durante años. Lo han perseguido judicialmente, lo han caricaturizado moralmente, lo han convertido en el blanco favorito de todos los resentimientos, y aun así ahí está. No disminuido. No arrinconado. No pidiendo compasión. De pie. De nuevo recorriendo el país. De nuevo despertando lealtades. De nuevo cargando una causa sobre los hombros. De nuevo siendo, para bien o para rabia de muchos, el gran punto de gravedad de una parte fundamental de Colombia.
Y la prueba está ahí.
Miren dónde está hoy el Centro Democrático.
Miren cómo volvió a levantar cabeza.
Miren cómo volvió a tener pulso.
Miren cómo volvió a convocar.
Miren cómo volvió a pararse con fuerza real en el escenario político.
Eso no pasó solo.
Eso no fue espontáneo.
Eso no fue una casualidad estadística.
Eso tuvo detrás a un hombre que, en lugar de retirarse a administrar su legado, decidió volver a poner el cuerpo, la voz, el tiempo y el alma por una idea de país.
De manera que no. Uribe no se quemó.
Uribe renació.
Y renació, además, en el lugar más difícil: entre las cenizas que tantos se empeñaron en fabricarle.
Renació más sereno, más hondo, más admirable. Renació como renacen los que no dependen de un cargo para existir, porque ya habitan en algo mucho más fuerte, en la memoria política, en la gratitud de millones y en la convicción de quienes todavía saben reconocer la estatura cuando la ven.
Decir que se quemó es no entender nada.
O peor, entenderlo todo y no soportarlo.
Esto es MEGA ELEFANTE, de acuerdo a denuncia de @KatheMirandaP 19 hospitales que el Gobierno prometió entregar entre 2023 y 2025 hoy son ELEFANTES BLANCOS. Infraestructura abandonada en los municipios más pobres del país. ¿Quién se quedó con el dinero? Este escándalo es peor que el robo de la UNGRD!!!!!!!!
Petro cruzó una línea que no se cruza.
Por Carolina Restrepo Cañavera
Una cosa es ser vulgar, chafarote, desagradable. Eso ya lo conocemos. Pero lo de hoy es otra categoría: miseria moral.
Porque una cosa es hablar de “prevención” desde el poder.
Y otra, infinitamente más baja, es insinuar culpa sobre una mamá que perdió a su hijo.
Eso no es “política pública”. Eso no es “reflexión”. Eso no es “liderazgo”.
Eso es rastrero.
Cuando un presidente usa una tragedia para repartir culpas hacia abajo, hacia una madre, hacia una familia, hacia el ciudadano, lo que está haciendo es exactamente lo que siempre hace el cobarde: esconder su propia responsabilidad detrás del dolor ajeno.
La hemofilia no se “arregla” con una frasecita sobre bicicletas.
Un niño no muere por una metáfora.
Un niño muere cuando el Estado falla, cuando el sistema no cuida, cuando la ruta no funciona, cuando la atención llega tarde, cuando el discurso reemplaza la gestión.
Y ahí es donde se ve todo: la podredumbre del poder.
Petro no solo no asume. Encima se atreve a juzgar. Encima se atreve a sugerir. Encima se atreve a moralizar.
Eso es lo más bajo: el que manda señalando con el dedo a los que ya están destruidos.
¿Y el ministro de Salud?
No es ni siquiera un contradictor. No es ni siquiera un funcionario con peso.
Es un apéndice. Un adorno. Un accesorio de la inhumanidad.
Un “ministro” que existe para justificar lo injustificable y para sostener el cinismo del jefe. Nada más.
Lo de hoy no fue un desliz. Fue una radiografía.
Porque cuando alguien llega al punto de culpar a una madre en duelo, ya no estamos ante un gobernante equivocado: estamos ante un hombre miserable.
Y sí: Petro es una basura moral cuando se comporta así.
No por lo que opine. Por lo que se atreve a hacer con el dolor de otros.
Hay dolores que obligan al silencio.
Y hay dolores que obligan a la decencia.
Petro eligió lo contrario.
Colombia no merece este nivel de bajeza en la Casa de Nariño.
La Nueva EPS de Petro, Jaramillo y Corcho le negó los medicamentos al niño Kevin de 7 años paciente con hemofilia y el niño murió.
Para lavarse las manos Petro prefirió burlarse de la muerte echándole la culpa a la mamá por dejarlo montar bicicleta.
Desgraciado.
Atentos a los datos.
Dice la @CGR_Colombia que el “Fondo Nacional de Gestión del Riesgo tiene $1,69 billones disponibles y reservas presupuestales del 2025 cercanas a $1 billón, los cuales se pueden
utilizar de forma inmediata”. Es decir $2,69 billones para ejecutar ya.
Ahí está la plata, ¿para qué emergencia económica entonces?
Advertido el país. Pretenden acabar con la Constitución de 1991 porque a toda costa quieren prorrogar la corrupción y la connivencia con criminales del gobierno de Gustavo Petro.