Estaban intentando de todas las maneras posibles borrar y evitar que se haga público el alegato final del alcalde de Guayaquil en su juicio. Pero en telegram varios medios digitales lo compartieron completo. Este fue el alegato técnico que destrozó a la Fiscalía, que ni siquiera pudo hacer preguntas ni réplicas porque no tuvo como contradecir lo que expuso el alcalde. No importa cuánta pauta ni cuánto dinero metan, nunca podrán ocultar que Aquiles Álvarez los dejó desnudos y que todo este caso es una vergonzosa farsa.
La verdad y la justicia prevalecerá y todos los involucrados en esta injusticia tendrán que rendir cuántas a una verdadera justicia.
¿Dios escucha la oración de los que están en pecado mortal?
"En el pecador se han de considerar dos cosas, a saber: el ser, al cual Dios ama; y la culpa, la cual Dios odia. Si el pecador en su oración pide algo acorde con sus deseos de pecado, Dios, por misericordia, no lo
DEJA DE PREGUNTARLE A TU PAREJA «¿QUÉ TAL EL DÍA?». TE DIRÁ «BIEN» CASI SIEMPRE. PARA ABRIR CONVERSACIONES REALES Y DETECTAR PROBLEMAS ANTES DE QUE EXPLOTEN, CÁMBIALO POR UNA DE ESTAS 12 PREGUNTAS:
Cuando Mahatma Gandhi 🇮🇳 estudiaba Derecho en Londres, un profesor de apellido Peters le tenía tirria, pero Gandhi nunca se dejó humillar.
Un día Peters almorzaba en el comedor y Gandhi se sentó a su lado. El profesor, molesto, le dijo:
-¿Usted no sabe que un puerco y un pájaro no se sientan a comer juntos?
A lo que Gandhi le contestó:
- Tranquilo profesor, ya me voy volando.
Y se cambió de mesa. Peters, rabioso porque entendió que le había llamado puerco, decidió vengarse en el siguiente examen. Pero Gandhi respondió con brillantez a todas sus preguntas. Entonces el profesor le preguntó: - Gandhi, si usted va caminando por la calle y se encuentra dos bolsas, una de sabiduría y otra con dinero, ¿Cuál cogería?
Y Gandhi respondió:
- El dinero, profesor.
El profesor le dijo:
- Yo, en su lugar, habría cogido la sabiduría, ¿no le parece?
Y Gandhi le respondió:
- Cada uno toma lo que no tiene, profesor.
MORALEJA: Si permites que una ofensa te dañe, te dañará, pero si no lo permites, la ofensa volverá al lugar de donde salió.
"Que sea sacerdote, pero que no lo pongan a confesar, porque no tiene ciencia para ese oficio", dijeron cuando lo ordenaron.
Pues bien: ese fue su trabajo durante toda la vida; y en modo eximio. Este es el Cura de Ars.
San Juan María Vianney nació en 1786, tres años antes de la sangrienta revolución francesa, esa que se llevó más de 200.000 almas y miles de mártires que aún hoy se rezan en el Martirologio romano.
Luego de pasar su vida como campesino y de desertar del ejército napoleónico, San Juan María Vianney fue ordenado sacerdote a la tardía edad de los 29 años (tarde para la época). Sus dificultades para los estudios (aunque no tantas al juzgar por sus sermones) hicieron que se demorara, especialmente a raíz de la lengua latina.
Su infancia no había sido fácil: de familia humilde pero de férrea tradición católica, había recibido la primera comunión de manos de un cura «refractario», es decir, de aquellos que no habían querido jurar por la Constitución civil del clero decretada por la República.
Dudaban si ordenarlo o no; pero era tanta la falta de sacerdotes por la cantidad de curas mártires que había matado la Revolución Francesa que, viendo su piedad, fue ordenado en 1815 y destinado a un pueblito insignificante, Ars, a 40 km de Lyon, donde había apenas unas 300 almas; iba caminando y no sabía muy bien qué ruta debía tomar.
En su viaje, encontró a Antoine Givre, un niño campesino y le preguntó por dónde debía dirigirse a Ars. El niño le ayudó y el sacerdote le contestó:
– “Tú me has mostrado el camino a Ars, yo te mostraré el camino al cielo”.
Monumento a las afueras de Ars que señalan el lugar exacto del encuentro entre el cura de Ars y Antoine Givre
Se cuenta que, al llegar el cura a la casa parroquial, completamente derruida y hacía tiempo sin sacerdote, sólo una persona iba a Misa; al morir el cura de Ars, sólo una persona no asistía al Santo Sacrificio…
Comenzó su sacerdocio por lo principal que puede debe hacer un cura: predicar la verdad y administrar los sacramentos. Pues para ello posee el triple «munus» o «carga»: el de regir a la grey, el de enseñar y el de santificar.
Pasaba horas en la pequeñísima parroquia que apenas podía albergar a 50 personas manteniéndola permanentemente abierta para que la gente se pudiera acostumbrarse a visitar el Santísimo Sacramento. A todos les llamaba la atención la dedicación de este cura demacrado, flaco, penitente, que siempre contestaba con una sonrisa.
Poco a poco, con su paciencia y humildad, aunque también con su carácter férreo, comenzó a ganarse las almas, desde el púlpito y desde el confesionario.
Decía verdades como puños y no aguaba la doctrina de la Iglesia, pero al mismo tiempo, era misericordioso con el pecador arrepentido, con quien le bastaba estar unos minutos en el confesionario para cambiarle la vida.
Fue en esa parroquia en la que sucedieron cosas admirables y memorables.
Allí convirtió a los hermanos Lehman, dos rabinos judíos que, luego, fundarían una congregación religiosa para predicarle al Pueblo de Israel.
Fue allí donde el demonio lo acechaba casi todas las noches impidiéndole dormir.
Fue allí donde dio una de esas hermosas enseñanzas acerca de lo que es la oración:
Es que veía muchas veces en su Iglesia a un campesino, que se llevaba consigo sus herramientas y entraba en la parroquia sentándose en uno de los bancos de atrás. No utilizaba ni libros de rezos, ni rosario; sólo se contentaba con mirar el tabernáculo. Curioso, un buen día el cura de Ars ya no aguantó más y le preguntó:
– «Mi querido amigo, dígame, ¿Qué oración reza usted cuando está en la Iglesia?»
– «¡Oh, Señor cura! – respondió el campesino – «son muchas las veces que no puedo rezar. Entonces, simplemente, miro a Jesús. Yo lo miro y Él me mira».
Así comprendió el santo cura cómo incluso la gente más sencilla puede llegar a tener una oración de simplicidad más alta que una carmelita incluso.
Comía poco, dormía menos. Estilaba hervir papas en una bolsa y dejarlas colgando en la cocina para, al mediodía, comer una o dos con algo de pan. Tanto que el demonio lo llamaba «come-papas».
Pasaba doce horas diarias en el confesionario durante el invierno y 16 durante el verano. Para confesarse con él había que apartar turno con tres días de anticipación. Y en el confesionario conseguía conversiones impresionantes.
Desde 1830 hasta 1845 llegaron 300 personas cada día a Ars de distintas regiones de Francia a confesarse con el humilde sacerdote Vianney. El último año de su vida los peregrinos que llegaron a Ars fueron 100 mil. Junto a la casa parroquial había varios hoteles donde se hospedaban los que iban a confesarse. Era un personaje tan famoso que muchos deseaban retratarlo, pero él se negaba.
Su horario era admirable: se levantaba a las 12 de la noche. Hacía sonar la campana de la torre, abría la iglesia y empezaba a confesar. A esa hora ya la fila de penitentes era de más de una cuadra de larga. Confesaba a los hombres hasta las 6 de la mañana. Poco después de las 6 empezaba a rezar los salmos de su devocionario y a prepararse para la Santa Misa. A las 7 celebraba el Santo Sacrificio.
En los últimos años el obispo logró que a las ocho de la mañana se tomara una taza de leche.
De 8 a 11 confesaba mujeres. Luego, daba una hora diaria de catecismo para todas las personas que estuvieran ahí, en el templo. Eran palabras muy sencillas que le hacían inmenso bien a los oyentes.
A las 12 del mediodía iba a tomarse un ligerísimo almuerzo. Se bañaba, se afeitaba, y se iba a visitar un instituto para jóvenes pobres que él costeaba con las limosnas que la gente había traido. Por la calle la gente lo rodeaba con gran veneración y le hacían consultas de todo tipo.
De 13.30 hasta las 18 seguía confesando. Sus consejos en la confesión eran muy breves. Pero a muchos les leía los pecados en su pensamiento y les decía los pecados que se les habían quedado sin decir. Era especialmente duro al momento de combatir ciertos vicios que existían en la época: la borrachera, los bailes, la impureza y la falta de vida cristiana.
Preparaba meticulosamente los sermones, ponía ejemplos y buscaba mover los corazones.
En el confesionario sufría mareos y a ratos le parecía que se iba a congelar de frío en el invierno y en verano sudaba copiosamente. Pero seguía confesando como si nada estuviera sufriendo. Decía: «El confesionario es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo». Pero ahí era donde conseguía sus grandes triunfos en favor de las almas.
Se quiso escapar una o dos veces para internarse en una Cartuja, pero el pueblo se lo impidió porque quería a su pastor.
Por la noche leía un rato, y a las 20 se acostaba, para de nuevo levantarse a las doce de la noche y seguir confesando.
Cuando llegó a Ars solamente iba un hombre a misa. Cuando murió solamente había un hombre en Ars que no iba a misa. La mejor biografía del santo cura de Ars es, sin duda, la de Francis Trochu: «El cura de ars». Murió a los 73 años y su cuerpo se encuentra aún incorrupto.
Fue un sacerdote contrarrevolucionario porque entendió que, a la malicia, sólo es necesario oponerle la milicia propia de cada deber de estado.
Pidamos, roguemos a Dios para que nunca nos falten sacerdotes para la Iglesia; sacerdotes fieles, santos, penitentes, abnegados, no acomodados con el mundo, celosos por salvar todas las almas posibles, haciéndose «todo con todos» y siempre mirando hacia el Cielo.
Por eso, públicamente, recemos una oración que aprendí hace años:
Jesús, danos sacerdotes santos.
– Para aumentar nuestra Fe, danos sacerdotes santos.
– Para bautizar a nuestros hijos, danos sacerdotes santos.
– Para celebrar la Santa Misa, danos sacerdotes santos.
– Para perdonar nuestros pecados, danos sacerdotes santos.
– Para confirmar a nuestros jóvenes, danos sacerdotes santos.
– Para casar a nuestros novios, danos sacerdotes santos.
– Para visitar a nuestros enfermos, danos sacerdotes santos.
– Para multiplicar los sacramentos, danos sacerdotes santos.
– Para predicar la verdad con valentía, danos sacerdotes santos.
Pidamos a María Santísima que, de entre nuestras familias salga, como una barra de nardo, jóvenes dispuestos a dar sus vidas para mayor gloria de Dios y salvación de las almas, diciéndole SÍ, a Dios, en el caso de que los llame a la vocación sacerdotal o religiosa.
P. Javier Olivera Ravasi, SE
Cuatro consejos para no discutir inútilmente:
-No toda discusión merece atención; el otro no está dispuesto a razonar, sino a ganar la pelea.
-No respondas cuando estás dominado por la ira.
-Saber guardar silencio( hay un silencio Santo)
-Trágate la soberbia y el orgullo.
Se escribieron libros de gramática Náhuatl, Purépecha, Totonaco, Quechua y un sin fin más de idiomas prehispánicos antes que del francés o del inglés.
Trabajo realizado por la institución que más ha aportado al desarrollo de la humanidad, la Iglesia católica.
¡Qué análisis!
Tres minutos sin desperdicio, aunque no todo es exacto para Ecuador: individualmente muchas medidas son abiertamente dictatoriales e ilegales.
Además, falta incluir la doctrina del shock: utilizan la crisis de inseguridad y el temor.
#NosGobiernanDelincuentes
Miren la diferencia de publicaciones de @ladataec, pasquín financiado por el Gobierno y que es manejado desde la carcel por Geovanny López, que está sentenciado por femicidio.
Cuando Cynthia Viteri era precandidata a la alcaldía de Guayaquil por Centro Democrático la atacaron por el caso que ella tiene en Fiscalía, pero después que Cynthia Viteri aceptó ser precandidata por ADN a cambio de no ir presa por peculado, salió la misma Data a decir que "es una mujer de experiencia".
ROBERTO CARLOS: "Nunca olvidaré lo que hice con mi primer sueldo. No compré ropa, ni relojes, ni nada para mí. Fui directo a comprarle una lavadora a mi madre. Ella lavaba la ropa a mano, en tablas de madera, en las fincas del pueblo. Y cuando le entregué la máquina, me abrazó tan fuerte que entendí lo que significaba el sacrificio.
Ese día sentí que empezaba a devolver un poquito de todo lo que mis padres habían hecho por mí. También le compré una bicicleta a mi padre. No un coche, una bicicleta. Porque en casa siempre valoramos más el gesto que el lujo.
Por eso, aunque llegué a los estadios más grandes del mundo, nunca olvidé de dónde vengo: de una casa humilde, donde el amor se medía en esfuerzo."