Acompaño a #mujeres a fortalecer su autoconfianza, abonar su flexibilidad y cultivar la armonía en su vida personal y profesional para lograr sus metas.🌎
Mis queridos venezolanos en Chile, qué emoción poder vernos este jueves 12 de marzo en Santiago.
Nos daremos ese anhelado abrazo que pronto repetiremos en Venezuela y con nuestras familias!
Encontrémonos TODOS, preparándonos para la reconstrucción de nuestro país que lograremos JUNTOS.
La lucha contra el totalitarismo no siempre tiene forma de batalla épica; a veces es una aventura que se niega a callar. Es la voz que insiste cuando todo alrededor reprime para imponer silencio. (1/4🧵)
Durante mucho tiempo creímos que liderar implicaba dureza, control y presión constante.
📰 En este artículo reflexiono sobre ello.
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A veces dudamos de si somos suficientes para nuestros sueños. Pero la verdadera pregunta es otra: ¿son nuestros sueños dignos de nosotros? Cuando confiamos en la grandeza que llevamos dentro, ocurren cosas que la lógica no explica, pero el corazón reconoce.
¿Eres de los que en Europa come pizza, pasta y pan sin sentirse inflado? No te lo estás imaginando. Este video te explica por qué el gluten allá suele caer mejor. Hablamos del trigo, de la fermentación, de los aditivos y de la forma de cocinar.
Cuando darle prioridad a la estabilidad erosiona la democracia
La cúpula que se mantiene en el poder no intenta gobernar, sino sobrevivir
Las democracias rara vez colapsan de manera abrupta.
Al contrario, a menudo se debilitan cuando las élites aceptan
arreglos transitorios que preservan estructuras autoritarias
en nombre de la estabilidad, incluso después de que esas
estructuras han perdido toda legitimidad social.
La situación política venezolana ha derivado en una tensión entre la continuidad administrativa del poder y la legitimidad moral que emana de la soberanía popular. No se trata de una anomalía, sino de un patrón bien documentado en procesos de erosión democrática: cuando las transiciones se diseñan para preservar estructuras heredadas, se apoyan en acuerdos deliberadamente ambiguos y descansan en actores que han perdido autoridad, pero conservan control institucional. El resultado no es estabilidad, sino desgaste.
Venezuela, en enero de 2026, evidencia con claridad cómo la decisión de Washington de no respaldar militarmente al gobierno electo en 2024 y la determinación de la oposición democrática de evitar costos humanos han generado un vacío político en el que actores desprovistos de legitimidad ya no gobiernan en sentido pleno, pero continúan controlando el Estado.
La captura de Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York, junto con su esposa, marcó un quiebre histórico. El régimen que durante años pareció inamovible perdió súbitamente su vértice. Sin embargo, la caída del líder no produjo, como muchos esperaban, una restauración inmediata del orden democrático. En su lugar, emergió una transición tutelada, administrada por figuras del mismo aparato que había vaciado de contenido a la democracia venezolana.
En ese contexto se inscribe la reunión reciente entre María Corina Machado y Donald Trump, acompañados por el vicepresidente, JD Vance; el secretario de Estado, Marco Rubio y la jefa de gabinete, Susan Wiles. El encuentro, descrito como cordial y empático, fue recibido con optimismo cauteloso por la líder opositora y premio Nobel. “Contamos con el presidente Trump para la liberación de Venezuela”, afirmó. La frase es poderosa, pero también revela la tensión central del momento: ¿liberación en qué condiciones y a qué costo democrático?
Gobernar desde el miedo
Para entender la lógica de los actores que hoy controlan el Estado venezolano es necesario abandonar la idea clásica de que buscan maximizar poder o estabilidad. Su comportamiento se parece más al de jugadores que han perdido la partida principal y ahora intentan evitar el peor desenlace. La prioridad ya no es gobernar, sino sobrevivir.
La liberación “a cuentagotas” de presos políticos ilustra esta lógica. Cada excarcelación parcial no es un gesto humanitario genuino, sino una ficha retenida para retrasar decisiones irreversibles. El tiempo se convierte en el recurso estratégico más valioso. Ganar días, semanas o meses permite negociar salidas individuales, reacomodar lealtades internas y, sobre todo, evitar un colapso inmediato del sistema de protección mutua que ha sostenido al narcorrégimen durante años.
Esta conducta no es nueva. Desde Oslo hasta Barbados, el madurismo perfeccionó una técnica: aceptar demandas democráticas en el papel y posponer o ignorar su cumplimiento en la práctica. Lo novedoso ahora es que esa táctica se ejecuta desde una posición de debilidad estructural, no de fuerza.
Un juego que se descompone desde adentro
La transición venezolana no enfrenta un conflicto binario entre autoritarismo y democracia, sino una lucha interna dentro de un régimen fragmentado. Delcy Rodríguez, presidente interina, intenta cumplir parcialmente con las exigencias de Washington para mantenerse en el poder y evitar las consecuencias ya advertidas por Trump -”un final peor que el de Maduro”, advirtió el jefe de la Casa Blanca-, mientras enfrenta resistencia de los sectores más duros del aparato de seguridad, encabezados por figuras como Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López.
El resultado es un equilibrio inestable. Cumplir demasiado rápido con demandas como la liberación total de presos políticos o el desmantelamiento de los cuerpos represivos podría desencadenar una implosión interna. Cumplir lentamente, en cambio, incrementa el riesgo de una intervención externa más dura o la pérdida total de respaldo internacional. Ninguna de las opciones es sostenible a largo plazo.
La oposición democrática, liderada por María Corina Machado, juega un rol distinto. No controla instituciones ni fuerzas armadas, pero domina un recurso clave: la legitimidad social. Desde las elecciones del 28 de julio de 2024, cuya victoria de Edmundo González Urrutia fue ampliamente reconocida por la ciudadanía, la narrativa democrática dejó de ser aspiracional para convertirse en mandato popular.
El umbral que ya fue cruzado
Las encuestas recientes muestran que la sociedad venezolana ha atravesado un punto de no retorno. Ideas que durante años fueron presentadas como radicales —la liberación plena de presos políticos, la disolución de los aparatos de represión, la ruptura con el narcotráfico y las guerrillas— hoy no solo son un deseo, sino exigidas. En cambio, propuestas como un “chavismo reformado” o una reconciliación sin justicia han quedado socialmente deslegitimadas.
Este desplazamiento del sentido común colectivo tiene consecuencias profundas. Los regímenes autoritarios pueden sobrevivir durante años sin elecciones libres, pero no sin algún grado de aceptación social. Cuando esa aceptación desaparece, el poder se reduce a pura coerción, y la coerción, por definición, es costosa e inestable.
Esta es una de las principales causas por las cuales la estrategia estadounidense ha generado tensión. Washington prioriza la estabilidad inmediata: evitar un vacío de poder, un conflicto civil o la consolidación de un narcoestado ingobernable. La sociedad venezolana, en cambio, exige una ruptura clara con el pasado. Ambas racionalidades chocan.
Cuando el Estado pierde la hegemonía
El aparato represivo venezolano —la Dgcim, el Sebin, la Policía Nacional Bolivariana, los sistemas de vigilancia interna— sigue funcionando, pero ya no produce obediencia duradera. Produce miedo, resentimiento y deserción silenciosa. Incluso dentro de las fuerzas armadas, tradicionalmente vistas como el sostén del régimen, los datos electorales muestran un apoyo mayoritario al cambio político. Los militares no son aliados ideológicos del madurismo-rodriguismo; son, en muchos casos, rehenes de un sistema que los vigila y castiga.
En este escenario, la oposición democrática ha logrado algo que pocas veces se reconoce a tiempo: construir una autoridad moral antes de acceder al poder institucional. Los presos políticos, el relato del 28 de julio y la insistencia en la justicia no son consignas retóricas, sino los cimientos de una nueva legitimidad.
La ilusión de la transición controlada
La historia reciente ofrece lecciones claras. Las transiciones diseñadas para preservar casi intactas las redes autoritarias suelen fracasar. Pueden producir una calma momentánea, pero no reconstruyen la confianza ciudadana ni el Estado de derecho. Sin legitimidad, cualquier orden es provisional.
El caso venezolano recuerda que las democracias no solo mueren por golpes de Estado, sino también por acuerdos que sacrifican principios en nombre de la gobernabilidad. Cuando la estabilidad se convierte en un fin en sí mismo, la democracia deja de ser el horizonte y pasa a ser una variable negociable.
Una advertencia final
La pregunta que enfrenta hoy Venezuela no es si el viejo régimen puede sobrevivir. Todo indica que no. La verdadera incógnita es si la comunidad internacional, y en particular Estados Unidos, comprenderá que no se puede administrar indefinidamente una transición sin legitimidad. El tiempo que el régimen intenta ganar es el mismo que erosiona la posibilidad de una reconstrucción democrática sólida.
María Corina Machado lo entiende. Su optimismo no proviene de concesiones inmediatas, sino de una lectura más profunda: el poder real ya se desplazó. No está en los despachos, ni en los cuarteles, sino en una sociedad que cruzó el umbral y no está dispuesta a retroceder.
Las democracias mueren en silencio. Pero también, a veces, renacen cuando quienes las reclaman se niegan a aceptar una estabilidad construida sobre el miedo. Venezuela está en ese punto crítico. Y el desenlace dependerá de si se escucha, o no, a quienes ya decidieron que el pasado no es una opción.
Los familiares de los presos políticos llevan 11 días exigiendo libertad a las afueras de las cárceles del régimen. Están en la calle, pernoctando en grupos, aguantando sol y lluvia, sin moverse, sin rendirse, esperando que liberen a nuestros héroes.
Mi reconocimiento, mi admiración y mi profundo cariño a las madres, esposas, hijos, familiares, amigos y estudiantes que hoy se paran firmes ante al sistema represor para exigir sus derechos. La libertad de cada compañero secuestrado es nuestra absoluta prioridad.
Algo ha cambiado desde el 3 de enero…..Todos lo sabemos, todos lo sentimos.
Con apoyo de nuestros genuinos aliados y la organización de todos los venezolanos, dentro y fuera de nuestro país, esto se acelera cada día.
Venezuela será LIBRE.
El camino hacia la paz verdadera comienza con un acto esencial de justicia: la liberación de todos los presos políticos. No puede haber reconciliación mientras existan ciudadanos encarcelados por pensar distinto, ni futuro compartido donde se castiga la conciencia. Liberar a quienes fueron privados de su libertad por razones políticas no es una concesión, es un primer paso ético para sanar heridas, reconstruir la confianza y abrir las puertas a un diálogo sincero. La paz no se decreta: se construye con verdad, justicia y libertad.
El mundo entero se ha dado cuenta de algo: hablar de Venezuela genera viralidad, pero por favor, no conviertas el dolor de un país en una estrategia de crecimiento en redes:
El bravo pueblo de Venezuela salió a las calles en 30 países y 130 ciudades del mundo para celebrar un paso enorme que marca la inevitabilidad e inminencia de la transición en Venezuela.
Los venezolanos agradecemos al Presidente Donald Trump (@POTUS) y a su administración por la firmeza y determinación en el cumplimiento de la ley. Venezuela será el principal aliado de Estados Unidos en materia de seguridad, energía, democracia y derechos humanos.
La libertad de Venezuela está cerca y pronto vamos a celebrar en nuestra tierra. Vamos a gritar, orar y abrazarnos en familia, porque nuestros hijos regresarán a casa.