Así que ya sabes, compa: el maíz es el amante discreto de la humanidad. Lo pelas, lo mueles, lo humedeces, lo metes al fuego… y siempre vuelves por más. Si te quedas con ganas, échate un pozole a medianoche. Pero no digas que no te avisé.
El whisky bourbon es maíz fermentado y añejado en barrica. Lo sirves en vaso bajo, lo hueles, lo sorbes y sientes el calor bajando. Dicen que entre más años, más suave. Como todo en la vida: lo bueno se toma con calma y sin prisas.
Y ni hablar del jarabe de maíz: dulce, pegajoso, se mete en todo refresco y galleta. Los gringos lo aman sin saber de dónde viene. Nosotros nomás nos reímos, porque sabemos que el verdadero néctar se saca con las manos limpias y una buena molienda.
En el extranjero, el maíz se puso fino: la polenta es una masa que se cocina despacio, hay que estar moviéndole sin parar pa' que no se pegue. Al final la sirves en bloque, la cortas y la metes a tu boca. Los italianos le llaman arte; nosotros le decíamos “la masa de ayer”.
Los esquites en vaso: granito por granito, caldito, limón y una cucharada que sube y baja. Al principio dudas si vas a terminar, pero cuando agarras el ritmo, ya te lo chingaste y pides otro. Eso sí: cuidado con el chile de árbol, que luego arde hasta dos días.
El elote en la calle es pura provocación: parado en su palito, cubierto de crema, queso y chile. Le das una mordida y se te escurre por la barbilla. Lo peor es cuando te clavas el palito en el paladar… pero ni así lo dejas.
También salen los tamales: los untas, los rellenas, los envuelves en hoja y los metes al vapor. La espera es larga, pero cuando abres uno y está jugoso… uff, te tiembla hasta el ombligo. Y si es de mole, mejor ni te cuento.
Con esa masa haces tortillas. Las aplaudes, las volteas, las inflas. Y cuando están bien calientitas, las doblas como quieras: para taco, para quesadilla (con o sin queso, según el pleito). Nomás no las dejes secar, porque luego se rompen y nadie quiere eso.
Primero lo pones en la nixtamal: agua y cal pa' que se ablande y se deje querer. Ahí aprendes que pa' entrarle bien, hay que saber la temperatura. Después lo mueles y ya tienes la masa… suavecita, manejable, lista pa' las manos.
LA NOBLEZA DEL MAÍZ.
El maíz es la mera riata de la cocina: desde que lo pelas y lo desgranas, sabes que viene con mucha historia. En México lo respetan como a un padre, porque sin él, ¿qué chingados te metes a la boca?
He tragado buen pan en muchos lados, pero este juega en otra liga. Es de ese pan que acompañado de un café con leche te acomoda el corazón y te hace creer que el mundo todavía tiene cosas bien hechas. Una joya, al chile.
UN ABRAZO RECIÉN HORNEADO.
Caí en una panadería de esas viejitas pensando que iba por un pancito tranqui… y no, salí tocado del alma. Desde que entras te agarra el olor a mantequilla, horno y a tradición. Te recibe un abrazo con aroma a pan.
Lo más cabrón es que se siente el sabor en cada mendiga mordida, en el aroma, en cada miguita. Todo está hecho con una delicadeza que parece abrazo de jefita cuando andas bien madreado por la vida. Puro consuelo comestible, padrino.
Anoche el Azteca no traicionó al Tri. Lo desenmascaró. Lo que más les duele es que la Selección se ha ganado meritoriamente los abucheos. Eso ni la prensa vendida podrá maquillarlo. El respetable ya tomó una decisión desde hace tiempo.
Anoche la gente que asistió al Azteca abucheó al Tri como se abuchea a un funcionario que inaugura una obra chueca y todavía espera aplausos. Y luego vinieron los “oles” para Portugal, que fueron cachetadas con sonido envolvente.
Luego aparecerán opinadores a decir que “la afición no ayuda”. Claro. Porque al parecer el deber patriótico consiste en pagar, consumir, asentir y sonreír mientras te venden un equipo inflado como si fuera una potencia mundial. Qué conveniente patriotismo de taquilla.