< recitada por el mago hace que carraspee, nervioso.
— ¡Ehem...! Jiang WanYin. ¿Se puede saber por qué quieres casarte conmigo? Quiero decir, uh, los dos somos hombres, Henry.
No querrá tener recuerdos de este momento. Por ahora, aunque está intentando buscar culpables, tampoco puede ignorar que hay algo inquietándole como nunca antes.
El líder YunMeng Jiang sabe cuándo algo va en serio gracias a su nula experiencia en la materia. Conoce el amor >
< — verdad, ¿por qué eres tan extremo? Si te rehúsas con alguna pregunta, lo respetaré y ya. Mh.
Aunque personalmente prefiere saberlo todo sin peros de por medio pese a que él también tiene cosas que ocultar. Mientras piensa en cómo iniciar un interrogatorio, última oración >
Aparta la mano en un súbito movimiento, es algo soez, pero tampoco es de extrañar tratándose del mismísimo Jiang Cheng. Incluso 'enamorado' actúa con cierta hostilidad en un afán de ocultar su verdadero sentir.
— ¿De verdad puedes hacer todo eso? ¿Qué clase de cultivador eres?
>
< de su ropa, y en efecto eso es lo que hace, y rendirse ante su propia lucha de negárselo, pero es racional ante todo. No puede llevar un matrimonio y presentárselo ante sus difuntos padres como "alguien que vi de casualidad un día y me comprometí".
— . . . Estaría encantado >
No volverá a consumir de esos dulces jamás.
Normalmente se apartaría para procurar distancia, en especial cuando se trata de personas que no conoce, estas tienden a ser vistas con sospechas por el cultivador, pero en este caso... Algo dentro suyo agradece que sujeto tomara >
< esas libertades y atrevimientos hacia su persona. Su cuerpo repentinamente quema al tacto que se le está dando sobre sus manos y no sabe cómo actuar.
— ¡¿E-Estás loco?! ¡No puedo aceptar eso aún!
Lo dice de forma tan natural, que ni siquiera cae en la cuenta de que la >
< No obstante, aquel sigue con sus monólogos desagradables.
— No desees estar muerto. No lo permitir... Uh. Olvídalo. —Ya no es propietario ni de sus palabras.
< No es normal en él que algo como esto le suceda, mucho menos ante la presencia de alguien tan ridículamente ajeno.
— ¡¿Puedes callarte?!
Exige una vez retoma el contacto visual. Escucharlo solo aumentaría esa vergüenza y timidez, así que es mejor detenerlo ahora que puede. >
Erróneamente pensó que podría gestionar este sentimiento, pero apenas escucha esas palabras que no paran de salir de tentadores labios, un rubor invade sus mejillas y provoca que se ponga nervioso.
Frunce el ceño, forja los puños y desvía la mirada tras un chasquido de lengua. >