Escuchaba la lluvia cayendo sobre los tejado, la quietud de la noche, el silencio de la habitación. Mi cama se convertía parsimoniosamente en una esquina recóndita de la selva paranense; la humedad abordaba la atmósfera y la temperatura se desplomaba. Todo mientras afuera llueve
Piérdete, si quiere, la vida buscando,
Pero no me busques acá, ni en este verano.
Porque para cuando tú hayas llegado,
yo ya habré cruzado, hasta la muerte, dos veces el Verrazano.
Búscame, si quieres, en cada estrella desbloqueada,
En cada gaviota de Montauk cada tarde fría de Febrero.
En cada cama rústica al lado de cada ventana sin marco.
En cada atenuante, impresionista, fugacidad de nostalgia.
Ya parece ser una costumbre que en momentos en los que busco escapar de la realidad, me recuerdo desbloqueando estrellas bajo las luces del anochecido cielo en mi tardío verano andaluz.
Y recuerdo el Sal Gorda, la patatas bravas, las extrañas en las barquitas, y la serenidad en mi cama por la Sales y Ferré, cuyas luces ámbar se colaban por las ventanas hasta las doce en punto cuando por fin conciliaba el sueño.