En ese panteón yo era el sepulturero encargado de cerrar la puerta, o quizá un ánima en pena, la más testaruda, la más embriagada con el poder terrenal.
Trastornada la mente por su ambición enfermiza, ni siquiera supo en qué momento dejó de mover las piezas del tablero y empezó a participar en el juego de otros.