Lo de Mali es una completa locura.
Si partimos por la mitad el país con una línea imaginaria, el 95% de la población se queda en el sur.
Lo más curioso es que de ese 5% de población desértica, provienen en gran parte las fuerzas rebeldes y extremistas que asediaron la capital.
La abrumadora desigualdad demográfica de Malí se debe principalmente a factores climáticos, geográficos y económicos.
Mientras que el norte está dominado por el desierto hostil, el sur ofrece agua, tierras fértiles y la infraestructura del país.
El desierto del Sáhara es el factor determinante.
El norte de Malí (regiones de Tombuctú, Gao, Kidal y Taoudenni) forma parte del desierto del Sáhara y la franja semiárida del Sahel.
Es una zona hiperárida con lluvias casi inexistentes y temperaturas extremas que superan los 45 °C.
El sur cuenta con un clima tropical que recibe lluvias estacionales suficientes para la vida humana. Además, está cruzado por el Río Níger, la principal arteria de vida del país, que proporciona agua dulce constante.
Más del 70% de la población de Malí depende de la agricultura. Las tierras fértiles del sur permiten cultivar algodón, maíz, mijo y arroz.
En el norte árido, la agricultura es casi imposible, limitando la actividad al pastoreo nómada.
El sur alberga el Delta Interior del Níger, una gran zona inundable que genera terrenos perfectos para la pesca, la ganadería y el cultivo a gran escala.
La capital, Bamako, y las principales ciudades comerciales (Sikasso, Segú, Mopti) están en el sur por este motivo.
El crecimiento urbano y las oportunidades de empleo atraen constantemente a la población hacia esta mitad. Los hospitales, universidades, carreteras pavimentadas y redes eléctricas están fuertemente concentrados en la región sureña.
En las últimas décadas, el norte de Malí ha sufrido una grave inestabilidad debido a rebeliones tuareg y la presencia de grupos extremistas.
Esto también ha provocado el desplazamiento forzado de miles de personas hacia el sur o hacia campos de refugiados en países vecinos.
La fuerza de los rebeldes del Azawad (como el Front de Libération de l'Azawad o FLA) y de los yihadistas de JNIM (filial de Al Qaeda) demuestra que el poder militar en una guerra asimétrica no depende del tamaño de la población, sino del control territorial, la adaptación geográfica y las fuentes de financiación ilícitas.
Aunque provienen de una región donde solo reside el 5% de los malienses, estos grupos han logrado desafiar al gobierno central e incluso golpear con dureza el sur del país.