Argentina ejerció soberanía efectiva en Malvinas desde el 30 de mayo de 1810 (pagó sueldos adeudados por la Corona).
En 1820 Argentina izó el pabellón nacional.
En 1829 Argentina nombró a Luis Vernet comandante político y gobernó Malvinas hasta 1831. En ese tiempo celebró un casamiento bajo ley Argentina, nació su hija "Malvina" en las islas, dió permisos de pesca y dictó sanciones por incumplimiento.
En 1831 EEUU atacó las islas.
En 1833 UK las invadió, y evaluó a la población local argentina. Un ejemplo de ellos es el gaucho Antonio Rivero, quien resistió, fue llevado a Londres para ser juzgado, y luego llevado a Montevideo tras declararse el tribunal incompetente en materia territorial (Malvinas no es UK).
En 1833, 1834, 1839, 1841, 1842, y tantas otras veces Argentina, a través de su embajador en Londres Manuel Moreno, protestó por esa ocupación ilegal.
MENSAJE DE LA FAMILIA DE GASPI:
Queremos aclarar que no existe ninguna colecta oficial para cubrir los gastos relacionados con Gaspi.
Gracias a la solidaridad de un grupo de personas y a la ayuda recibida de manera privada, ya se lograron cubrir los costos necesarios para que Gaspi pueda regresar a Argentina en los próximos días y descansar en paz.
Por este motivo, cualquier colecta, campaña o pedido de dinero que vean circulando en su nombre no es oficial y se trata de una estafa. Lamentablemente, hay quienes intentan aprovecharse de situaciones tan dolorosas como esta. Les pedimos que no colaboren con ninguna iniciativa.
Sabemos que muchísima gente sigue teniendo la intención de ayudar, y eso habla del cariño enorme que Gaspi y Lucas supieron generar en tantas personas con su arte.
Hoy, la mejor manera de honrarlos es mantener vivo su recuerdo, compartir lo que nos dejaron y acompañar a sus seres queridos con respeto y cariño.
Gaspi y Lucas vivirán por siempre en nuestros corazones.
VOLVÍA DE TRABAJAR Y MURIÓ TRAS UNA BRUTAL PALIZA POLICIAL
Samuel Tobares, de 34 años, fue golpeado hasta desvanecerse por dos policías en un “control de rutina” en Villa Parque Síquiman, cerca de Villa Carlos Paz. Testigos relataron que “lo mataron como a un perro” y que el joven suplicaba que dejaran de golpearlo. Los agentes Guillermo Serafín Arce (35) y Franco Sebastián Romero (49) quedaron detenidos por homicidio preterintencional, pero la familia reclama cambiar la carátula.
El colectivo LGTB+ denuncia un “crimen de odio” y convocó a una marcha este sábado. “No tiene explicación tanta violencia”, dijo su hermana, quien exige justicia y que la causa refleje la gravedad del ataque.
Testimonio de un testigo
“Vi que lo insultaron, lo agredieron, le pegaron una piña, lo tiraron contra el móvil. Cuando se cayó, no fue suficiente: lo patearon varias veces". Agregó que los oficiales se sentaron encima de Samuel “entre 15 y 20 minutos” mientras intentaban reducirlo.
(+) en Clarín: https://t.co/57ZyIjPliV
Mi hija me pidió que la cambiara de colegio.
Así. Sin lágrimas. Sin enojos. Sin rabia.
Solo se me acercó mientras yo preparaba la cena y dijo despacio:
—“¿Puedo estudiar en otro lugar?”
Le pregunté si había pasado algo.
Me dijo que no.
Le pregunté si no tenía amigas.
Me dijo que no sabía.
Entonces le pregunté si alguien la trataba mal.
Y se quedó callada.
Esa noche no pegué los ojos.
Al día siguiente inventé que tenía que hablar con la directora.
Pero en realidad fui a mirar.
Me quedé en un pasillo y esperé al recreo.
Y ahí la vi.
De pie junto a la verja, con el termo en la mano, mirando al suelo.
Un grupo de niñas pasó y se empujaron entre ellas riéndose.
Un niño le tiró el jugo en la blusa y salió corriendo.
Otra niña le sacó una foto escondida con el celular y la mostró entre risas.
Ella no dijo nada.
Solo apretó los labios.
Como si ya estuviera acostumbrada.
Pero lo que más me dolió no fue eso.
Fue ver que una profesora pasó justo en ese momento.
La miró.
Miró a los otros.
Y siguió caminando como si nada.
Como si mi hija fuera invisible.
Después escribí al colegio.
Les conté lo que ella me había insinuado.
Que en el aula le escondían los cuadernos.
Que en los pasillos le ponían sobrenombres.
Que en el grupo de WhatsApp se burlaban de sus fotos.
Me respondieron con la típica frase:
—“No se preocupe, son cosas de muchachos. Lo estamos manejando.”
Pero no hicieron nada.
Nada.
Esa tarde, al volver a casa, me preguntó bajito:
—“¿Ya lo pensaste?”
Le respondí que sí.
Y que no tenía que volver más a ese colegio.
No preguntó por qué.
Solo dej�� su mochila en la esquina y respiró profundo.
Como quien por fin suelta un peso que llevaba cargando sola.
Ahora estudia en otro lugar.
Ni más grande.
Ni más moderno.
Solo más humano.
Donde la miran a los ojos.
Donde la llaman por su nombre.
Y donde no tiene que hacerse pequeña para no ser molestada.
Porque un niño —o una niña— no pide un cambio de colegio por antojo.
Lo pide cuando ya no puede más.
Y lo más desgarrador no es lo que hacen sus compañeros…
sino lo que no hacen los adultos que se supone debían cuidarla.
Y ojalá esto no fuera tan común.
Ojalá no fuera yo una de tantas madres que aprendió demasiado tarde.
Porque hay algo que nunca se olvida:
el día en que tu hija te pide, casi en susurros,
que la saques del único lugar donde debería sentirse protegida.
Historia anónima