Recopilatorio de hilos y de historias que he ido contando los últimos meses:
1.- Mi historia con @Alsa_autobuses (Que todavía sigue sin hacerse responsable. Ni lo hará)
https://t.co/VYJ6s3tzVB
Normalmente suelo viajar bastante con @ALSA_Autobuses y nunca había tenido ningún problema hasta el viernes 22 de mayo cuando viajé entre Madrid y Coruña. Pagué el suplemento de 10€ por el servicio de transporte deportivo, ascendiendo el total del billete a unos 60€.
Si pasáis por Alicante no dejéis de visitar la librería 80 mundos en su nueva sede, después de ser expulsada de la anterior para convertirla en apartamentos turísticos
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
Fueron 8 años que parecieron 20 pero finalmente el @RCDeportivo vuelve al lugar del que nunca debió salir. Se levantaron, lo buscaron y lo encontraron.
Tendremos otra vez derbi gallego en la élite. El fútbol español es hoy un poco mejor que ayer. ¡Felicidades, Dépor!
Es como si todos los fantasmas del Deportivo de La Coruña se estuvieran reuniendo de golpe para verle volver a Primera: primero fue el Fuenlabrada descendiendo, ayer el RCD Mallorca bajó también y hoy Borja Jiménez está ganando 2-0 al Almería. Las meigas haberlas haylas.
Sería estupendo que @Adif_es explicase cómo es posible que en la flamante nueva estación de tren de Santiago de Compostela no quepan los viajeros.
Que las colas lleguen a la calle cada vez que sale un AVE. Varias veces al día. En una estación nueva.
Que se colapse toda la estación cuando el AVE coincide con los trenes de Vigo y A Coruña, cosa que ocurre varias veces al día.
Que el control de seguridad sea diminuto para la carga de viajeros normal y el personal tenga que hacer milagros para el control de billetes.
Que la gente que necesita coger todos los días el corredor atlántico para trabajar o estudiar se vea inmersa en un caos diario de una estación tremendamente mal diseñada donde un andén lleno de viajeros se evacúa por UNA SOLA ESCALERA MECÁNICA (más un ascensor y una escalera convencional).
Que en una ciudad gallega alguien brillante haya decidido que una estación totalmente abierta es una buena idea.
Que a una de las ciudades con más tráfico turístico por tren de España (por los miles de peregrinos que llegan o se marchan CADA DÍA) se le construya una estación nueva más pequeña que la de ciudades que apenas tiene tráfico de alta velocidad.
He leído elogios al diseño de esta estación. Supongo que son personas que no la usan a diario. Ignoro si la culpa es de quien puso las condiciones o de quienes han hecho un diseño arquitectónico totalmente absurdo (en la línea, eso sí, de otras estaciones inútiles y carísimas que se han construido últimamente o están en construcción).
Lo que parece claro es que ninguna de las personas responsables coge el tren con cierta frecuencia. La estación vieja cubría esta misma demanda de forma notablemente más cómoda, lo que resulta bastante llamativo tras el coste y el tiempo de obras de este desastre de infraestructura que se ha perpetrado en Santiago.
No soy de quejarme de cosas de mi día a día en redes. Pero como la mayoría de gente que viajamos en tren con frecuencia en Galicia, creo que alguien tendría que dar alguna explicación por haberse gastado el dinero en una estación nueva que empeora las prestaciones de la vieja y ha nacido ya obsoleta en su capacidad.
Eso sí: han reservado espacio para una tienda de una conocida cadena de regalos. Esperas el tren hacinado pero puedes comprarte cacharritos low cost.
Enhorabuena.