Menos estrépito político y mayor atención a los hechos más simples, pero vivos,... tomados de la vida y contrastados en la vida: tal es la consigna que debemos repetir...
Lenin, junio de 1919
@4RC4N1 El problema q no se ve es q para un marxista el trabajo debe estar garantizado siempre, es una obligación. Si no lo da el sector privado lo debe dar el Estado productivo planificador.
En los '90 creía que el problema del debate de los movimientos marxistas pasaba por revisar la relación entre gobierno socialista, planificación y democracia obrera. Vale.
Pero resulta que la cuestión estaba en cómo los marxistas construían sus "nichos" partidarios.
@RedPlaneta2 Está muy bien este debate...
En Argentina los espacios troskos son "quioscos" de un par de personajes que lo administran. No van a debatir.
Lo importante es cómo se construye hoy una orga revolucionaria y con qué programa, atento a las condiciones subjetivas de hoy.
A ver, a ver… que utilizar la máxima de “¿para qué enzarzarse en debates sobre trotskismo y estalinismo si Trotsky y Stalin llevan muertos más de medio siglo?” para imponer la narrativa anti-Stalin —que, curiosamente, aúna a trotskistas, leftcoms, liberales, anarquistas y fascistas— es más viejo que la catapulta, que parecéis nuevos.
Además, el argumento tiene una trampa bastante evidente. Se asegura que está superado el debate histórico para, inmediatamente después, asumir como sentido común y lo racional una de las interpretaciones surgidas precisamente de ese debate, que es la interpretación oficial anti-Stalin. Stalin y Trotsky llevan muertos décadas, pero no han desaparecido las cuestiones materiales que se ponen sobre la mesa a la hora de cruzar a estos dos personajes históricos. Por eso reducir estas discusiones a una pelea sentimental entre admiradores de dos dirigentes soviéticos es una forma bastante cómoda de evitar aquello que realmente está en juego.
No es una simple disputa entre la admiración por una figura comunista u otra, sino una disputa político-ideológica e incluso ontológica dentro del comunismo, que determina el análisis de distintas organizaciones y militantes sobre la URSS, el Estado, la relación entre la revolución internacional y la nación, la violencia y la represión ejercidas por poderes revolucionarios, la burocracia que emerge en estos procesos y, en definitiva, cómo conquistar, conservar y ejercer el poder de manera revolucionaria.
Con el fin de evitar hombres de paja, voy a admitir las siguientes cuestiones:
a) Es cierto que muchos antitrotskistas han reducido el debate sobre Trotsky y el trotskismo al piolet. Y eso, evidentemente, no es análisis histórico ni político.
b) También es cierto que una buena parte de ellos no ha leído ni un solo texto de Trotsky ni de ningún autor trotskista.
El problema comienza cuando una tendencia real dentro de determinado antitrotskismo vulgar se convierte en una descripción totalizadora de cualquiera que cuestione el relato trotskista sobre la historia soviética y más concretamente sobre los años soviéticos de Stalin. Pero de ahí no se puede concluir que todos hagamos lo mismo ni que quienes defendemos posiciones marxistas-leninistas no hayamos leído a Trotsky y a los trotskistas. Convertir una tendencia real del antitrotskismo vulgar en la descripción absoluta de todo marxista-leninista reproduce, a la inversa, la misma actitud que se denuncia. Se exige rigor, matiz y ausencia de generalizaciones, pero ese rigor y esos matices no se aplican a uno mismo. Y convendría recordar algo todavía más sencillo y en teoría evidente: leer a Trotsky no obliga a darle la razón, del mismo modo que leer a Stalin no obliga a justificar cada decisión adoptada durante su dirección.
Todo esto viene a cuento de la polémica provocada por el texto subido a esta red social por parte de Outsiders y en el que se critica el texto de Volodia publicado en Marx XXI. Y aquí tampoco tengo ningún interés en adentrarme en dicho texto o en la respuesta, puesto que no me compete la defensa del mismo. La crítica al texto original o a la respuesta subida aquí por Outsiders es completamente legítima. Lo curioso viene después, cuando algunos han transformado la crítica al texto original en la afirmación del relato anti-Stalin que ya sostenían antes de que apareciera el texto. Que no se esté de acuerdo con una crítica hecha desde posiciones contrarias a las del relato anti-Stalin no convierte en verdadera la tesis criticada. Parece una obviedad, pero leyendo algunas reacciones da la impresión de que en los tiempos que corren lo obvio se ha convertido en un lujo intelectual.
Antes de que se me echen al cuello, voy a decir que no he leído el artículo original de Marx XXI ni sé si expresa la línea del MS, si forma parte de un debate interno o si representa únicamente la opinión de su autor, porque ya me mareo con estos malabares. Precisamente por eso no voy a atribuir al conjunto del Movimiento Socialista una posición que no sé si formalmente le pertenece. Otra cosa distinta es analizar lo que sí se ha dicho públicamente alrededor de la polémica y el evidente envalentonamiento con el que sectores trotskistas, comunistas “abiertos”, marxistas “revolucionarios”... han aprovechado la crítica a ese texto para presentarse como los únicos representantes del rigor y la madurez frente al supuesto dogmatismo-conspiracionismo “estalinista”.
Ahí está, en mi opinión, lo verdaderamente interesante. Detrás de las distintas reacciones reaparece un relato bien conocido: Stalin habría ido concentrando progresivamente el poder hasta situarse por encima del Partido y del Estado; una nueva burocracia habría sustituido a la clase trabajadora; la institucionalización de la revolución había mutilado el proceso revolucionario; el socialismo en un solo país habría significado el abandono del internacionalismo; la Komintern habría quedado subordinada a las necesidades nacionales de la URSS y la vieja guardia bolchevique habría sido eliminada para consolidar el poder personal de un Stalin paranoico y bonapartista.
Cualquiera es libre de aceptar ese relato, faltaría más, lo que no puede hacerse es presentarlo como si fuera simplemente la Historia. Ese relato, es una interpretación de la experiencia soviética, tiene genealogía, presupuestos teóricos y consecuencias políticas. Que un trotskista, un leftcom o un liberal puedan coincidir en algunos componentes de esa lectura no demuestra por asociación que sea falsa, pero tampoco deja de ser significativo que una parte del comunismo haya naturalizado como crítica revolucionaria un molde interpretativo que comparte elementos fundamentales con el relato anticomunista sobre la URSS.
Si queremos rigor, apliquémoslo en todas las direcciones, porque el verdadero trabajo histórico comienza cuando se pretende estudiar materialmente el objeto que se pretende entender, y no para que ese estudio busque reafirmar la posición que ya habíamos adoptado anteriormente. La narrativa oficial antiestalinista no es, ni ha sido nunca, la versión objetiva sobre la gobernanza de Stalin, y mucho menos en los últimos años. Por eso mismo, resulta incluso obsceno cuando se omiten o ignoran con soberbia todas las nuevas hipótesis de la mal llamada escuela revisionista sobre el periodo de Stalin. Getty no es Conquest, Rittersporn no es Kotkin y la apertura de archivos soviéticos no produjo una confirmación de todos las afirmaciones comunes de la Guerra Fría. Buena parte de la historiografía “revisionista” precisamente complicó aquella caricatura cuasi orwelliana del Estado soviético en los años de Stalin. Esto demuestra que la investigación sobre los años de Stalin es sumamente plural, contradictoria y dinámica.
Ahí tenéis a autores de habla hispana como Jaime Canales Garrido, al que entrevisté y que, en mi opinión, ha realizado el trabajo más amplio y sólido sobre Stalin publicado en castellano. Por cierto, no conozco una refutación sistemática de su obra por parte de quienes califican de conspiracionismo cualquier intento marxista-leninista de explicar los años de Stalin. Supongo que es mucho más sencillo ridiculizar cuatro tuits o una publicación que entrar, fuente por fuente y argumento por argumento. Pues ya sabemos como funcionan las redes sociales.
Pero incluso todo esto sigue siendo secundario, lo que realmente importa es lo que subyace a la discusión porque una parte importante de la crítica anti-Stalin desde el marxismo disfruta de un “privilegio”: puede juzgar las contradicciones del ejercicio real del poder desde posiciones que nunca tuvieron que resolverlas históricamente durante décadas. La URSS no existió dentro de un libro. Después de la Guerra Civil era un país económicamente atrasado, mayoritariamente campesino, devastado, aislado y rodeado de potencias hostiles. Las revoluciones europeas que debían romper ese aislamiento fueron derrotadas. Alemania no se convirtió en socialista. Tampoco el Reino Unido ni Francia y en ese momento apareció una pregunta material ante la que no servía repetir indefinidamente la máxima de la revolución mundial: ¿qué hacer con el poder que sí se había conquistado? Al final del día, el verdadero debate no era quién escribía los mejores documentos y obras teóricas que le permitieran ser lo más puro o comunistamente correcto, sino qué debía hacer una revolución cercada y amenazada por el imperialismo para conservar el poder y construir las bases materiales del socialismo. Ese “privilegio” no es otra que el de la derrota. Una tradición, un movimiento, un autor o un intento revolucionario derrotado conserva intactas todas sus posibilidades revolucionarias. Nunca tiene que demostrar cómo habría administrado la escasez, organizado la coerción, enfrentado conspiraciones, lidiar con Estados imperialistas, gestionado la contradicción entre campo y ciudad o impedido que el aparato administrativo desarrollase sus propios intereses burocráticos. Puede señalar cada contradicción de quienes sí conservaron el poder y afirmar que ella habría actuado de otra manera. Pero ojo, eso no significa que los que sí ejercieron el poder tienen automáticamente la razón. Una revolución puede triunfar y cometer errores enormes.
Por tanto, está más que claro que no se trata de la afinidad o defensa de un muerto u otro, el problema es mucho más profundo y se centra en qué hacer teniendo en cuenta las verdaderas condiciones materiales y la materia prima existente, y no apelar a un ideal revolucionario abstracto, incluso cuando ese ideal va en contra de la realidad misma. Esas preguntas no murieron con Stalin ni con Trotsky, sino que forman parte del debate comunista actual.
@robertotaboada5 Si, es terrible la situación de la enseñanza. La casi nula socialización primaria de los gurises, las dificultades de lecto comprensión y escritura, la falta de hábitos de estudio, el cero acompañamiento de padres, de directivos, salarios bajos, pone muy mal a los docentes.
What we perceive as a series of past events is, for the Angel of History, a single catastrophe.
The past is only justified through redemption. This is what Benjamin speaks of.
Everything follows a heliotropic movement, like flowers, we turn toward the sun that is to rise.
@VerbenaJorge Jorge, puede haber insurrección, pero no hay organización revolucionaria ni vanguardia..., sin esto es medio al pedo pelear para cambiar agentes de la burguesía.
Tranqui, en un mundo atravesado por la secularización y el nihilismo, el "sovietwave", poco a poco, con el paso del tiempo, se convertira en la "religión" del futuro. 😉
A la burguesía no le alcanzará su desacreditación, porque el polvo del tiempo purificará aquella experiencia.
#Partido
Es material que en la clase obrera industrial el peso del #despido o la amenaza del mismo, el cierre de empresas y el #empeoramiento de las condiciones de #trabajo, dificultan las labores partidarias.
Leer👇 https://t.co/vvCesHJiIL
Gente del "campo popular", miren que si no dejan de ser peronistas o troskos de quiosquito... vamos a seguir "peludiando"...
E insistir en ello nos va hundir cada vez más.
#81 años del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki
¿FUERON REALMENTE NECESARIOS LOS BOMBARDEOS?
Hoy se cumplen 81 años de uno de los mayores crímenes contra la humanidad. El 6 y el 9 de agosto de 1945, EE. UU lanzó las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, asesinando a cientos de miles de civiles y convirtiéndose, hasta el día de hoy, en el único país que ha empleado armas nucleares contra población humana. Durante décadas se ha repetido que aquellos bombardeos fueron necesarios para obligar a Japón a rendirse y evitar una invasión que habría costado numerosas vidas estadounidenses. Sin embargo, diversos documentos, testimonios de altos mandos militares e investigaciones históricas han cuestionado seriamente esa versión. Con el paso del tiempo, la narrativa estadounidense se deshace de forma cada vez más acelerada, y es más que evidente que las bombas marcaron no solo el final de la Segunda Guerra Mundial, sino también el inicio de la Guerra Fría. +
Las y los #trabajadores debemos ver que, como #clase, aún adolecemos de un problema esencial, que nos traba a la hora de afrontar con más firmeza los desafíos de las nuevas batallas que se nos avecinan: la #lucha “a secas” no alcanza.
Leer👇 https://t.co/FKzJ86k7iu