CARTA ABIERTA AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA.
José Antonio Kast @PresidenteKast
Señor Presidente:
Hay frases que revelan una política. Otras, una ideología. Y algunas, simplemente, una limitación intelectual. Su comentario respecto de la investigación científica —esa caricatura donde un estudio termina apenas en “un libro precioso empastado en una biblioteca”, y que por cierto, según sus palabras, “no genera ningún trabajo”— pertenece, lamentablemente, a esta última categoría.
No porque usted carezca de inteligencia práctica. Sería absurdo afirmarlo de alguien que llegó a La Moneda. Pero sí porque evidencia una comprensión peligrosamente rudimentaria sobre cómo se construye la civilización.
Es curioso. Usted parece exigirle a la ciencia el mismo rendimiento inmediato que un comerciante exige a una caja registradora. Como si el conocimiento debiera justificar su existencia mostrando utilidades trimestrales, contrataciones inmediatas o dividendos visibles antes del cierre contable. Bajo ese criterio, Sócrates habría sido un pésimo proyecto de inversión. Platón, un gasto inútil. Einstein, un académico improductivo jugando con ecuaciones sin retorno laboral observable. Y probablemente Newton habría tenido dificultades para pasar por Hacienda mientras perdía el tiempo debajo de un árbol mirando caer manzanas. Que decir de Kepler, cuyas leyes no dieron trabajo a nadie más allá de enseñarlas por cientos de años y ayudar a mirar el cosmos con mayor precisión.
La ironía es magnífica: usted gobierna un país cuya economía depende, precisamente, de siglos de investigación “inútil”. Desde la electricidad hasta internet; desde la resonancia magnética hasta el GPS; desde los satélites hasta la inteligencia artificial. Nada de eso nació porque un ministro preguntó cuántos empleos generaría en los próximos seis meses. Nació porque alguien tuvo curiosidad. Porque hubo Estados capaces de financiar ideas cuya rentabilidad era invisible para las mentes pequeñas y evidente para la historia.
Reducir la ciencia a empleabilidad inmediata es como evaluar una biblioteca por el peso de sus libros o medir el valor de una sinfonía según la cantidad de estacionamientos ocupados en el teatro. Es la lógica del utilitarismo miope: esa incapacidad de comprender aquello cuyo valor no cabe en una planilla Excel.
Y sin embargo, Chile invierte apenas un 0,4% del PIB en ciencia. Menos que el promedio de la OCDE, e infinitamente menos que las economías que tanto admiramos y copiamos. Somos un país que exporta cobre, desde hace más de 200 años, pero que pretende competir en el siglo XXI cuestionando precisamente aquello que podría sacarnos del subdesarrollo intelectual y productivo.
Hay algo particularmente inquietante en su discurso: la sospecha permanente hacia el pensamiento. Esa incomodidad frente al conocimiento que no puede transformarse inmediatamente en negocio. Como si la filosofía, la astronomía, la sociología o la física teórica fueran caprichos elitistas y no los cimientos mismos de la modernidad.
Resulta fascinante escuchar a un presidente preguntarse cuántos trabajos produjo un libro. El Quijote no produjo empleos inmediatos. Tampoco “La República” de Platón. Ni la teoría de la relatividad. Pero cambiaron la forma en que la humanidad piensa, organiza el poder, comprende el universo y desarrolla tecnología. Afortunadamente, la historia nunca ha dependido exclusivamente de la imaginación de los gerentes.
Quizás el problema de fondo no sea económico, sino cultural. Hay líderes que entienden que gobernar también consiste en elevar el horizonte intelectual de un país. Y hay otros que sólo saben administrar ansiedad presupuestaria disfrazándola de sentido común.
Porque sí, Presidente: el conocimiento muchas veces parece inútil… justo antes de cambiar el mundo.
Y la ignorancia, en cambio, suele parecer muy práctica… justo antes de empobrecerlo todo.
Atte., un ciudadano convencido que el conocimiento es la base del desarrollo. @MisColumnas
LA PICHANGA EN LA MONEDA
Hay gobiernos que se construyen como un club serio: con divisiones inferiores, un esquema táctico claro, refuerzos probados y una idea de juego que trasciende los nombres. Y hay otros —como el actual— que parecen más bien un equipo improvisado para la pichanga del domingo a las once, cuando falta uno, llega otro como galleta, y nadie tiene claro en qué posición juega.
Este no es un equipo: es una convocatoria por WhatsApp.
No se conocen entre ellos, no han entrenado juntos, y lo único que comparten es el entusiasmo inicial, esa energía ingenua del que cree que con ganas basta. Pero el fútbol —como gobernar— no se juega con ganas, se juega con oficio. Y aquí el oficio brilla por su ausencia. No paran la pelota, no la pisan, no cabecean, no tienen estado físico y no leen el partido. Corren, sí, pero corren desordenados, como niños detrás de un balón en el recreo.
La metáfora no es casual. Porque en esta pichanga, además, ni siquiera hay camisetas iguales. Cada uno llegó con la suya, con su propia agenda, su propio relato, su propio libreto. Y así es difícil siquiera reconocerse dentro de la cancha, menos aún coordinar una jugada colectiva. El resultado es predecible: pases al vacío, choques entre compañeros, y una sensación permanente de que nadie sabe bien qué está haciendo ahí.
Lo más preocupante no es la falta de talento —eso se puede trabajar—, sino la ausencia total de estrategia. No hay sistema, no hay estructura, no hay una idea de juego. Es puro impulso. Y cuando el rival —la realidad— aprieta un poco, el equipo se desarma. Aparecen los offside absurdos, las faltas innecesarias, las amarillas evitables. Apenas va comenzando el primer tiempo y ya hay varios ministros condicionados, jugando con miedo, midiendo cada paso para no salir expulsados.
Los cambios tampoco ayudan. Algunos seremis salen lesionados a los pocos minutos, otros simplemente desaparecen del partido sin que nadie los extrañe demasiado. El banco es corto, y los recambios no ofrecen ninguna garantía de mejora. Es más de lo mismo, pero con menos aire.
Mientras tanto, la ciudadanía —ese árbitro paciente pero cada vez más escéptico— empieza a darse cuenta de que algo no cuadra. Que este equipo no domina el balón. Que no entiende el reglamento. Que confunde intensidad con dirección. Y lo más grave: que parece haber olvidado que la cancha no le pertenece.
Porque ahí está el punto de quiebre de esta pichanga: algunos jugadores actúan como si hubieran venido a llevarse la pelota para la casa. Como si el partido fuera un trámite personal, una excusa, un escenario pasajero. Pero no. La cancha tiene dueños, y no son los que están dentro, sino los que miran desde fuera, los que pagan la entrada todos los días con paciencia, impuestos y expectativas.
El director técnico, por su parte, prometió en campaña un juego vistoso, ofensivo, casi revolucionario. Habló de un cambio de paradigma, de una nueva forma de entender el fútbol. Pero lo que vemos en la cancha es otra cosa: desorden, improvisación y una preocupante desconexión con la realidad del partido. No hace falta VAR para darse cuenta.
Porque cuando un equipo no sabe a qué juega, el resultado termina siendo irrelevante. Puede empatar por accidente, incluso ganar alguna vez por un rebote fortuito. Pero a la larga, el desenlace es inevitable: volver a los potreros.
Y no como una injusticia, sino como una consecuencia natural de nunca haber estado realmente preparados para salir de donde jamás debieron.
Cosas del fútbol…
@MisColumnas