Las confusiones de la Izquierda con la visita del Papa
La visita del Papa ha provocado reacciones que merecen ser analizadas con calma, y no precisamente porque el Pontífice haya dicho algo especialmente novedoso o polémico.
La Iglesia católica lleva siglos sosteniendo posiciones conocidas sobre la vida humana, la familia o la dignidad de la persona. Aquí lo verdaderamente interesante ha sido la respuesta de una parte de la izquierda.
Según hemos visto estos días, la mera presencia del Papa en el Congreso sería incompatible con un Estado aconfesional y que su discurso habría supuesto un ataque a los derechos fundamentales.
Su intervención constituiría una forma de adoctrinamiento. Y los diputados que le aplaudieron estarían legitimando posiciones incompatibles con la democracia moderna.
Sin embargo, detrás de estas críticas aparece algo más profundo que una simple discrepancia con la Iglesia. Aparece una forma de interpretar la política que lleva años ganando terreno, y que se caracteriza por una serie de confusiones cada vez más visibles.
La confusión entre Estado aconfesional y Estado laico
La primera confusión consiste en creer que un Estado aconfesional debe expulsar la religión de la vida pública.
Sin embargo, eso no es lo que significa la aconfesionalidad. Un Estado aconfesional es aquel que no adopta una religión oficial y que no somete las instituciones civiles a ninguna autoridad religiosa.
No significa que los creyentes pierdan su derecho a participar en el debate público. No significa que las religiones deban encerrarse en las sacristías. No significa que las cuestiones morales sólo puedan abordarse desde perspectivas seculares.
Curiosamente, quienes sostienen esta interpretación rara vez la aplican a otras organizaciones. Nadie considera una amenaza para la democracia que sindicatos, asociaciones empresariales, grupos ecologistas, organizaciones feministas, fundaciones ideológicas o plataformas de activismo intenten influir en las decisiones públicas.
La influencia se considera legítima cuando coincide con determinadas sensibilidades. Sólo se vuelve sospechosa cuando procede de tradiciones religiosas.
Lo que se presenta como neutralidad suele ser, en realidad, una forma encubierta de discriminación ideológica.
La confusión entre escuchar y obedecer
La segunda confusión consiste en interpretar la mera presencia del Papa como una forma de sumisión política.
Las Cortes Generales han recibido durante décadas a reyes, presidentes, primeros ministros, líderes internacionales, representantes diplomáticos y personalidades de toda clase, desde Gorbachov hasta Zelensky.
Escucharlos nunca ha implicado adoptar sus posiciones ni convertir España en una extensión de sus respectivos sistemas políticos.
Cuando un mandatario extranjero habla en el Congreso, nadie supone que el Parlamento haya renunciado a su soberanía.
Sin embargo, cuando quien interviene es el Papa, algunos reaccionan como si se hubiera restaurado el poder temporal de la Iglesia.
Esta reacción revela que el problema no es la intervención en sí misma. El problema es el contenido de determinadas ideas.
La confusión entre ley y verdad
Quizá la confusión más importante sea la que identifica la legalidad con la verdad moral. Buena parte de las críticas se resumen en una idea muy simple, en que el Papa no debería cuestionar derechos reconocidos por la legislación española.
Pero una democracia no funciona porque determinadas leyes sean consideradas indiscutibles. Funciona precisamente porque todas las leyes pueden ser debatidas, criticadas, reformadas o derogadas.
Las leyes expresan decisiones políticas. No constituyen verdades eternas. La historia está llena de ejemplos de prácticas perfectamente legales que hoy consideramos aberrantes.
La esclavitud fue legal. La segregación racial fue legal. La discriminación de la mujer fue legal. La censura también fue legal.
Por eso resulta tan inquietante la tendencia a convertir ciertas leyes contemporáneas en dogmas inmunes a la discusión.
Cuando una sociedad deja de distinguir entre legalidad y verdad, empieza a sustituir la política por la ortodoxia.
La confusión entre discrepancia y agresión
Otro rasgo característico del debate actual consiste en interpretar cualquier desacuerdo moral como una forma de violencia.
Si alguien cuestiona el aborto, se afirma que está atacando a las mujeres. Si cuestiona la eutanasia, se dice que pretende imponer sufrimiento. Si defiende determinadas concepciones de la familia, se le acusa de odiar a quienes no las comparten.
La discrepancia deja de entenderse como una diferencia legítima de criterio y pasa a convertirse en una agresión moral.
Sin embargo, una democracia madura no puede funcionar de esa manera. Las sociedades libres no se construyen sobre el consenso permanente. Se construyen sobre la capacidad de convivir con desacuerdos profundos sin convertir al discrepante en un enemigo.
La confusión entre moral y política
La cuestión migratoria ofrece un ejemplo especialmente ilustrativo. Cuando el Papa recuerda que los inmigrantes merecen dignidad y protección, una parte de la izquierda interpreta inmediatamente sus palabras como una condena de la derecha.
Pero esta interpretación sólo es posible si se caricaturiza previamente la posición del adversario. La mayoría de quienes defienden controles migratorios más estrictos no desean que los inmigrantes sean maltratados. No celebran las tragedias humanas. No consideran que los extranjeros valgan menos que los nacionales.
Lo que plantean son preguntas relacionadas con la capacidad de integración, la sostenibilidad de los servicios públicos, la seguridad, la presión demográfica o la cohesión social.
Son preguntas políticas. Y aquí aparece la confusión. La izquierda suele transformar una exigencia moral general, tratar dignamente a toda persona, en una política concreta. Después presenta cualquier desacuerdo con esa política como una prueba de insensibilidad moral.
De este modo, la discusión deja de producirse entre distintas soluciones posibles y pasa a producirse entre supuestos buenos y malos.
La desaparición del principio de caridad
Todas estas confusiones comparten una misma raíz. La desaparición del principio de caridad intelectual.
Tradicionalmente, este principio exigía interpretar las posiciones ajenas en su versión más razonable antes de criticarlas. Era una norma elemental de honestidad intelectual.
Hoy ocurre exactamente lo contrario. La izquierda suele pedir que sus propias posiciones sean interpretadas según sus mejores intenciones.
Cuando habla de inmigración, quiere ayudar a los vulnerables. Cuando habla de feminismo, quiere igualdad. Cuando habla de redistribución, quiere justicia social. Cuando habla de ecología, quiere proteger el medio ambiente.
Sin embargo, rara vez concede esa misma cortesía a sus adversarios.
Cuando la derecha habla de inmigración, se supone que odia a los inmigrantes. Cuando habla de seguridad, se supone que quiere recortar libertades. Cuando habla de identidad nacional, se supone que es xenófoba. Cuando habla de familia, se supone que pretende controlar la vida privada de los demás.
El adversario deja de ser alguien que puede estar equivocado para convertirse en alguien moralmente sospechoso. Y cuando eso sucede, el debate desaparece.
La nueva religión civil
La paradoja final es que muchos de quienes denuncian la influencia de la religión en la política han terminado reproduciendo estructuras sorprendentemente parecidas a las que dicen combatir.
Existen dogmas que no pueden discutirse. Existen herejías que deben ser castigadas. Existen pecados ideológicos que exigen arrepentimiento público. Existen autoridades morales encargadas de señalar quién pertenece al campo de los justos y quién debe ser excluido.
La diferencia es que ya no se habla en nombre de Dios. Se habla en nombre del progreso pero la estructura mental es extraordinariamente parecida.
Una polémica reveladora
Por eso la discusión sobre el Papa resulta mucho más interesante de lo que parece.
No revela tanto la posición de la Iglesia como las dificultades de una parte de la izquierda para comprender a quienes no comparten sus ideas.
Todo se interpreta mediante categorías morales simplificadas. Si alguien discrepa, es porque odia. Si alguien cuestiona una ley, es porque ataca derechos. Si alguien propone límites, es porque carece de compasión. Si alguien defiende una tradición, es porque rechaza la libertad.
La política deja entonces de ser un espacio de confrontación racional entre proyectos distintos y se transforma en una representación teatral donde unos encarnan el bien y otros el mal.
Y cuando una sociedad llega a ese punto, el problema ya no es que el Papa hable en el Congreso.
El problema es que hemos empezado a perder la capacidad de comprender a quienes piensan de manera diferente.
Y una democracia que pierde esa capacidad empieza a parecerse cada vez menos a una democracia y cada vez más a una iglesia secular convencida de poseer la única verdad posible.
El problema aquí es que das por resueltas precisamente las cuestiones que están en discusión.
Afirmas que el aborto es un derecho humano, que la eutanasia es pura dignidad humana y que cualquier crítica a ambas cosas constituye automáticamente un ataque a las mujeres o a los derechos fundamentales.
Pero eso no es un argumento, es una conclusión presentada como punto de partida.
Porque la cuestión filosófica y política nunca ha sido si las mujeres tienen dignidad, sino qué ocurre cuando entran en conflicto dos realidades que también reclaman consideración moral.
Y resulta curioso que se presente la posición contraria como una extravagancia religiosa cuando históricamente han existido corrientes de izquierda que rechazaban el aborto precisamente en nombre de la protección del más débil.
La izquierda antes hablaba constantemente de explotación, vulnerabilidad y defensa de quienes carecen de voz o poder para defenderse.
La izquierda no consideraba automáticamente progresista todo aquello que aumentara la autonomía individual. Se preguntaba también quién podía resultar perjudicado por esa autonomía.
Por eso hubo socialistas, laboristas, marxistas humanistas e intelectuales de izquierdas que contemplaron el aborto con enormes reservas.
Y no porque fueran católicos ni conservadores precisamente, sino porque entendían que el debate afectaba precisamente a un ser humano radicalmente dependiente e indefenso.
Lo que ocurre hoy es que la izquierda ha sustituido la pregunta por el más débil por la pregunta por la autonomía individual.
Y una vez hecho ese cambio, cualquier objeción queda automáticamente expulsada del campo progresista, pero la historia de la izquierda es mucho más compleja que eso.
También es llamativo que se considere intolerable escuchar al Papa en el Congreso mientras se celebra la presencia constante de activistas, grupos de presión, organizaciones ideológicas o movimientos sociales que intentan influir en la legislación.
Parece que el problema no es que alguien defienda una posición moral. El problema es que defienda una posición moral distinta.
Además, se insiste en que el Papa atacó derechos conquistados tras siglos de lucha. Como si toda conquista histórica fuera necesariamente irreversible y moralmente perfecta.
La jornada laboral de ocho horas fue una conquista. La libertad de expresión fue una conquista. La igualdad ante la ley fue una conquista.
Pero llamar conquista a una ley no la convierte en sagrada. En democracia todo puede debatirse, incluso aquello que algunos consideran definitivamente resuelto.
Lo más preocupante del texto, sin embargo, es otra cosa. La idea de que escuchar una opinión discrepante ya constituye una agresión.
El Papa habló. No legisló, ni derogó ninguna ley, ni obligó a nadie a obedecerle, ni convirtió España en una teocracia.
Simplemente expuso una posición conocida desde hace siglos. Y si una democracia no puede soportar que una opinión contraria sea pronunciada en voz alta sin que se la considere una amenaza existencial, entonces el problema no está en el Papa.
El problema está en una cultura política que ha confundido el debate con la adhesión y la discrepancia con la agresión.
Por eso la verdadera pregunta no es por qué el Papa habló en el Congreso. La verdadera pregunta es por qué la izquierda parece haber llegado a la conclusión de que ciertos asuntos sólo pueden discutirse mientras todos estén de acuerdo.
Solo un filósofo como Slavoj Žižek sabría conectar la Inteligencia Artificial, el sexo y el descenso de coeficiente intelectual que está dándose en todo el mundo desde 2010.
@arropT Un estatuto marco común sanciona un falso igualitarismo laboral en SNS, ya denunciado en el informe Abril de 1991!, y otorga a los sindicatos “ de clase” competencias – poder- que sobrepasan las relaciones laborales.
Este es el auténtico problema que que no quieren abordar
@arropT Las grietas del sistema sanitario no se arreglaran rellenándolas de masilla ideológica.
A ningún sindicato de "clase" les interesaron los abusos laborales a los médicos. Los avances llegaron por resoluciones judiciales en España y en Eu. por demandas de los propios médicos.👇
Es la respuesta a un Twit. Que problemas dormidos,
Guardias, horas contabilizadas, pensiones, número de pacientes, reprentatividad de los médicos,... Y mucho más.
Aplauso para la ministra
Empujón a las empresas privadas sanitarias, rejón a la sanidad pública 👏👏
Si después de la FELONÍA de hoy algún médico sigue perteneciendo o colaborando con los sindicatos generalistas, ya sabéis en quién no debéis confiar.
Asco y vergüenza. Venga ¡otra de gambas!
@CCOO@UGT_Comunica
Menudo PAPELÓN, señora ministra.
Como decía mi padre y Maestro: “el esclavo siempre escoge al peor de sus amos”.
Parece que hay quien le ha cogido el gusto a besar sus cadenas.
@Sanidadtodoa100 El muñeco de trapo del otro afirma que los defensores de lo público son burócratas ideologizados a los que no les importan las listas de espera récord ni el colapso de las urgencias, sino simplemente mantener un monopolio estatal ineficiente.
@Sanidadtodoa100 El muñeco de trapo de un lado consiste en afirmar que el gobierno quiere destruir la universalidad y adoptar el modelo de Estados Unidos, donde la gente se arruina por una ambulancia 👇
Camus vs Sartre.
Es la claridad vs la ideología, la decencia vs. la pedofilia, la humildad vs. la petulancia. Otra vez @brivael trae a la mesa de conversación ejes de temas profundos que nos llevan a cuestionarnos el por qué del mundo hoy. Lean.
Je veux présenter mes excuses, au nom des Français, pour avoir enfanté la French Theory (qui a enfanté la pire des merdes idéologiques : le wokisme).
Nous avons donné au monde Descartes, Pascal, Tocqueville. Et puis, dans les ruines intellectuelles de l'après-68, nous avons donné Foucault, Derrida, Deleuze. Trois hommes brillants qui ont fabriqué, dans l'élégance de notre langue, l'arme idéologique qui paralyse aujourd'hui l'Occident.
Il faut comprendre ce qu'ils ont fait. Foucault a enseigné que la vérité n'existe pas, qu'il n'y a que des rapports de pouvoir déguisés en savoir. Que la science, la raison, la justice, l'institution médicale, l'école, la prison, la sexualité, tout n'est qu'une mise en scène de la domination. Derrida a enseigné que les textes n'ont pas de sens stable, que tout signifiant glisse, que toute lecture est une trahison, que l'auteur est mort et que le lecteur règne. Deleuze a enseigné qu'il fallait préférer le rhizome à l'arbre, le nomade au sédentaire, le désir à la loi, le devenir à l'être, la différence à l'identité.
Pris isolément, ce sont des thèses discutables. Combinées, exportées, vulgarisées, elles forment un système. Et ce système est un poison.
Car voici ce qui s'est passé. Ces textes, illisibles en France, ont traversé l'Atlantique. Les départements de Yale, de Berkeley, de Columbia les ont absorbés dans les années 80. Ils y ont trouvé un terreau qui n'existait pas chez nous : le puritanisme américain, sa culpabilité raciale, son obsession identitaire. La French Theory s'est mariée à ce substrat, et l'enfant de ce mariage s'appelle le wokisme.
Judith Butler lit Foucault et invente le genre performatif. Edward Said lit Foucault et invente le post-colonialisme académique. Kimberlé Crenshaw hérite du cadre et invente l'intersectionnalité. À chaque étape, la matrice est française : il n'y a pas de vérité, il n'y a que du pouvoir, donc toute hiérarchie est suspecte, toute institution est oppressive, toute norme est violence, toute identité est construite donc négociable, toute majorité est coupable.
Voilà comment trois philosophes parisiens, qui n'ont probablement jamais imaginé leurs conséquences pratiques, ont fourni le logiciel d'exploitation à une génération entière d'activistes, de bureaucrates universitaires, de DRH, de journalistes, de législateurs. Voilà comment on a obtenu une civilisation qui ne sait plus dire si une femme est une femme, si sa propre histoire mérite d'être défendue, si le mérite existe, si la vérité se distingue de l'opinion.
C'est de la merde pour une raison simple, et il faut la dire calmement. Une civilisation se tient debout sur trois piliers : la croyance qu'il existe une vérité accessible à la raison, la croyance qu'il existe un bien distinct du mal, la croyance qu'il existe un héritage à transmettre. La French Theory a entrepris de dynamiter les trois. Pas par méchanceté. Par jeu intellectuel, par fascination du soupçon, par haine de la bourgeoisie qui les avait nourris. Mais le résultat est là. Une génération entière a appris à déconstruire et n'a jamais appris à construire. Une génération entière sait soupçonner et ne sait plus admirer. Une génération entière voit le pouvoir partout et la beauté nulle part.
Je m'excuse parce que nous, Français, avons une responsabilité particulière. C'est notre langue, nos universités, nos éditeurs, notre prestige qui ont donné à ce nihilisme son emballage chic. Sans la légitimité de la Sorbonne et de Vincennes, ces idées n'auraient jamais traversé l'océan. Nous avons exporté le doute comme d'autres exportent des armes.
Ce qui se construit maintenant, en silicon valley, dans les labos d'IA, dans les startups, dans les ateliers, dans tous les lieux où des gens fabriquent encore des choses au lieu de les déconstruire, c'est la réponse. Une civilisation se reconstruit par les bâtisseurs, pas par les commentateurs. Par ceux qui croient que la vérité existe et qu'elle vaut qu'on s'y consacre. Par ceux qui assument une hiérarchie du beau, du vrai, du bon, et qui n'ont pas honte de la transmettre.
Alors pardon. Et au travail.
Alguien entiende cómo los médicos españoles que son tan dedicados y trabajadores y yo les estoy eternamente agradecido porque cuando tuve mi golpe de calor en la bici me salvaron la vida, cómo esta gente tan trabajadora, después viene alguien que les dice que le duele el tobillo, la cabeza, y les dan de baja por días, semanas. Es decir la gente más trabajadora de España se dedica en parte a que el resto de España no trabaje. En otros países, los médicos no tienen este rol. El tema es entre el empleador y el empleado. El empleado le explica al empleador que no puede trabajar porque está enfermo y no va.
Inmensa mamarrachada para hablar de inmunidad.
Ya sea de individuo o de rebaño, natural o adquirida, la inmunidad es la respuesta a un ataque externo.
Por su naturaleza, nunca pasa por ser "solidaria", es justo lo contrario.
Periodismo rosa pero no de presidente de la OMS
El 'dedómetro' reina en la Sepi: un 62% de los consejeros no tenía experiencia en el sector en el que le nombraron y un 45% venía de un vínculo político previo
@HayDerecho analiza los vocales de la Sociedad Estatal desde 2004
https://t.co/41S44UsrdN
La privatización que verdaderamente importa y que parece importar poco a quienes no paran de hablar de la privatización de la sanidad. No confundir la "privatización" que denuncian algunos que podría estar más cerca de la corrupción que de la verdadera privatización que es esta.