@rhogerz@RLOZINSKI Gracias, Rhoger. Totalmente. En vivo esas cosas pasan; lo importante es reconocerlo, corregirlo y seguir adelante. Y, sobre todo, nunca tomarse a uno mismo demasiado en serio.
Estar en una entrevista con @RLOZINSKI y de repente soltar “resolvido un problema” era algo que no estaba en mi agenda de hoy. Pero bueno, uno se prepara para hablar de educación financiera, ahorro e inversión, no para evitar inventarse conjugaciones en vivo😂
@44Jesteller@RLOZINSKI Gracias, Jesús. Sí, la verdad es que tengo varios años viviendo en EE. UU., así que capaz se cruzó. Pero creo que fue más un lapsus del momento. En la entrevista dije varias veces “resolver” y “resuelto”, así que por lo menos el error lo agarré on the fly y lo corregí ahí mismo😂
En medio de la discusión de estos días sobre la dolarización, siento que una lectura de Mises puede ayudar a poner el problema venezolano en términos menos sentimentales y más institucionales. La pregunta, en mi opinión, no es si el bolívar representa soberanía o si el dólar representa dependencia. La pregunta es por qué los venezolanos han tenido que buscar refugio fuera de su propia moneda y qué reglas pueden impedir que el Estado vuelva a transformar sus desequilibrios fiscales en pérdida de poder adquisitivo para el resto de la economía.
Después de décadas de déficits financiados con emisión monetaria y expansión del crédito, controles cambiarios, devaluaciones, reconversiones, expropiaciones y cambios arbitrarios de reglas, la discusión no puede reducirse a prometer que esta vez habrá una política monetaria más responsable. La confianza se destruyó porque el bolívar fue subordinado repetidamente a la urgencia fiscal y a la discrecionalidad política. Recuperarla exige límites verificables: que el fisco no pueda recurrir al banco central para cubrir sus desequilibrios, que la oferta monetaria no se expanda para sostener gasto político y que salarios, ahorros y obligaciones contractuales no queden expuestos a devaluaciones, conversiones compulsivas o controles de cambio.
En ese contexto, la dolarización puede ser una herramienta de estabilización, pero no una solución completa. Puede dificultar que el déficit se convierta inmediatamente en emisión doméstica y devolver una unidad de cuenta más estable para precios, crédito, ahorro y obligaciones de largo plazo. Pero no crea capital, no corrige la estructura productiva deformada por controles, no recupera productividad, no sanea balances ni convierte automáticamente a los tribunales en instituciones confiables. Una moneda más dura puede ayudar a restaurar el cálculo económico; no puede sustituir la reconstrucción del marco jurídico e institucional en el cual ese cálculo ocurre.
El límite es evidente: si el Estado deja de emitir bolívares, pero conserva déficit crónico, opacidad presupuestaria, discrecionalidad tributaria, controles de precios, restricciones de importación, intervención sobre el crédito y capacidad de alterar contratos, seguirá trasladando recursos desde el sector productivo hacia la política por otras vías. La reforma monetaria puede cerrar una vía de expolio; la reforma institucional tiene que cerrar las demás.
Mi idea final es que Venezuela necesita una arquitectura monetaria que vaya más allá de imponer una moneda única. El dólar puede ser un ancla útil durante una fase de estabilización, especialmente después de décadas en las que el bolívar estuvo subordinado a la urgencia fiscal. Pero la meta debería ser restituir la libertad monetaria: que personas y empresas puedan ahorrar, contratar, facturar y pagar en la unidad que acuerden; que ninguna moneda sobreviva por curso forzoso, controles o prohibiciones; y que el bolívar solo recupere espacio si vuelve a ganarse, con hechos sostenidos y en competencia abierta, la confianza que perdió.
P.D. No soy economista; solo alguien que durante muchos años ha disfrutado leer a Mises y a otros autores de la tradición austriaca. No tengo una fórmula cerrada para Venezuela, pero sí creo que, después de todo lo vivido, cualquier solución monetaria debería empezar por poner límites reales al poder de volver a destruir el ahorro de la gente. Y, como siempre, abierto al debate y al intercambio de ideas.
Casi todo lo que uno da por sentado es prestado y temporal, aunque no lo sienta así. La salud, la gente que uno quiere, la etapa que está viviendo. Uno lo trata como si fuera permanente porque pensar lo contrario incomoda, y entonces lo descuida, lo pospone, lo deja para cuando haya tiempo. Después algo se acaba y uno entiende de golpe lo que tenía, pero ya sin la posibilidad de haberlo disfrutado con esa conciencia. La única forma que he encontrado de no llegar tarde a eso es recordar, de vez en cuando y sin dramatismo, que nada de lo que tengo tiene garantía de seguir ahí mañana.
@El_liberador_ Nunca he leído nada de Spencer, ¿qué tal?; El hijo de la panadera lo lei el mes pasado y me fascino. Miranda es, posiblemente, el hispanoamericano con la vida más digna de un documental.
¿Qué están leyendo estos días? Yo estoy con el libro más reciente del profesor Diego Bautista Urbaneja. Más que contar la historia del petróleo, sigue la historia de la renta: cómo se fue definiendo quién la reclama, quién la administra y qué se espera hacer con ella. Muy bueno.
Valoro que el SENIAT esté simplificando el RIF y quitando algunas exigencias que, en la práctica, solo hacían perder tiempo. Que no venza, que haya menos papel y que no te pidan documentos que el propio Estado ya tiene parece obvio, pero en Venezuela esas cosas no siempre lo han sido.
Ojalá esto no se quede ahí. Para un pequeño negocio, los impuestos no son solo lo que paga: también son las horas dedicadas a declaraciones, retenciones, facturas, contadores y trámites. Y, sobre todo, la dificultad de planificar cuando no sabes qué regla puede cambiar mañana.
Hay cosas concretas que ayudarían: eliminar el IGTF, dar más tiempo para declarar y pagar el IVA, y revisar las retenciones de ISLR que muchas veces le sacan liquidez a una empresa antes de que siquiera haya cobrado una venta.
No se trata de que nadie pague impuestos. Se trata de entender que un Estado recauda mejor cuando no le hace tan cuesta arriba al ciudadano trabajar formalmente. Si tener un negocio, contratar gente y crecer se vuelve demasiado complicado, lo que termina creciendo no es la economía: es la informalidad.
Hoy me estaba acordando de algo que nos decía Carlos Jaramillo, mi profesor y mentor en el IESA: la deuda puede crear valor si uno sabe cómo usarla.
Es una idea que me ha servido bastante porque cambia la forma de ver el crédito y las opciones de financiamiento. Un préstamo no es bueno ni malo por sí solo. Puede servir para comprar una máquina, ampliar inventario, terminar un proyecto o aprovechar una oportunidad que ya existe. En esos casos, la deuda no reemplaza el trabajo: financia un activo, una operación o una inversión que debería generar un flujo de caja mayor que el costo del crédito.
En lo personal, también puede tener sentido usar deuda para algo que aumente tu capacidad de generar ingresos: una certificación que te abra mejores oportunidades, una computadora para trabajar, una herramienta o un vehículo con el que puedas prestar un servicio. No se trata de endeudarse por cualquier cosa, sino de entender si lo que compras te deja en mejor posición que antes.
El problema empieza cuando usamos el crédito como si fuera ingreso. Cuando sirve para cubrir gastos que vuelven todos los meses, pagar otra deuda o sostener un ritmo de vida que todavía no podemos costear. Ahí deja de ser una herramienta y empieza a apretar, porque las cuotas, los intereses y los vencimientos llegan aunque el ingreso no crezca.
La pregunta no debería ser solo si podemos conseguir un préstamo. Debería ser qué vamos a hacer con ese dinero, cuál será el retorno esperado, en cuánto tiempo se recupera la inversión y de dónde saldrá el flujo de caja para pagarlo.
Y quizá esa era la lección de Carlos Jaramillo: la deuda puede crear valor, pero solo si ayuda a producir más de lo que cuesta. Si se usa para sustituir el ingreso, tarde o temprano se convierte en un problema.