Voilà ce qui s'est passé avec le Street medic retrouvé mort non loin de cet endroit...
On ne voit pas sa mort, mais on devine, à la façon dont il est traîné par les flics, qu'il a passé un triste dernier quart d'heure... Si vous avez d'autres vidéos ?
#PRESONS | Les presons catalanes concentren el 72% de les contencions mecàniques a l’Estat espanyol https://t.co/WtDdYoBeLd Tot i la reducció, el 2024 a Catalunya es van aplicar 658 immobilitzacions amb corretges de 912. ✍️ @gemma_g_fabrega i 🎨 @Pau_Fabregat
#8M | Aquest matí 300 persones de diversos col·lectis feministes s'han concentrat davant de l'Hospital de Sant Pau per denunciar que el centre de salut públic "prohibeix la pràctica d’avortaments mèdics per qüestions religioses i morals". https://t.co/l3hOwN3lOT
🗨️"Aquella persona no existia. Era una ficció"
Any 2020. Almenys quatre agents del Cos Nacional de Policia s'infiltren als moviments socials dels Països Catalans #Infiltrats3Cat
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Juan Carlos de Borbón.
Cómo dicen que era y cómo era.
Foto difundida hasta la saciedad de Juan Carlos y su hermano, por la noticia de «memoria» que Juan Carlos mató a Alfonso el 29 de marzo de 1956. Aparecen ambos como niños. Como un trágico resultado de la muerte por juegos de niños…
Pero resulta que Juan Carlos nació un 5 de enero de 1938.
Tenía pues 18 años. Era cadete en la Academia Militar de Zaragoza, y por tanto conocía el manejo de armas. Al funeral de Alfonso, asistió de hecho con uniforme militar.
Solo un detalle ya bibliografiado, Alfonso era el hijo preferido de Juan con diferencia. Le llamaba el Senequita por su inteligencia, y coincidían en gustos y aficiones. A Juan Carlos le apodaba Juanito, y tras la muerte del primero a manos del segundo, jamás se lo perdonó, aunque colaboró en el blanqueo deshaciéndose de la pistola, tirándola al mar portugués.
En esa época, esta es la foto de su aspecto. Todo un hombre. Claro, da qué pensar ¿verdad?…
«Los amigos de Adolf Hitler tienen mala memoria, pero la aventura nazi no hubiera sido posible sin la ayuda que de ellos recibió.
Como sus colegas Mussolini y Franco, Hitler contó con el temprano beneplácito de la Iglesia Católica.
Hugo Boss vistió su ejército. Bertelsmann publicó las obras que instruyeron a sus oficiales.
Sus aviones volaban gracias al combustible de la Standard Oil [hoy Exxon y Chevron] sus soldados viajaban en camiones y jeeps marca Ford. Henry Ford, autor de esos vehículos y del libro El judío internacional, fue su musa inspiradora. Hitler se lo agradeció condecorándolo. También condecoró al presidente de la IBM, la empresa que hizo posible la identificación de los judíos.
La Rockefeller Foundation financió investigaciones raciales y racistas de la medicina nazi. Joe Kennedy, padre del presidente, era embajador de los Estados Unidos en Londres, pero más parecía embajador de Alemania. Y Prescott Bush, padre y abuelo de presidentes, fue colaborador de Fritz Thyssen, quien puso su fortuna al servicio de Hitler.
El Deutsche Bank financió la construcción del campo de concentración de Auschwitz.
El consorcio IGFarben, el gigante de la industria química alemana, que después pasó a llamarse Bayer, Basf o Hoechst, usaba como conejillos de Indias a los prisioneros de los campos, y además los usaba de mano de obra. Estos obreros esclavos producían de todo, incluyendo el gas que iba a matarlos.
Los prisioneros trabajaban también para otras empresas, como Krupp, Thyssen, Siemens, Varta, Bosch, Daimler Benz, Volkswagen y BMW, que eran la base económica de los delirios nazis.
Los bancos suizos ganaron dinerales comprando a Hitler el oro de sus víctimas: sus alhajas y sus dientes. El oro entraba en Suiza con asombrosa facilidad, mientras la frontera estaba cerrada a cal y canto para los fugitivos de carne y hueso.
Coca-Cola inventó la Fanta para el mercado alemán en plena guerra. En ese período, también Unilever, Westinghouse y General Electric multiplicaron allí sus inversiones y sus ganancias. Cuando la guerra terminó, la empresa ITT recibió una millonaria indemnización porque los bombardeos aliados habían dañado sus fábricas en Alemania.»
(Fragmento de Espejos: una historia casi universal, obra de Eduardo Galeano)
En la transición la vida de un anarquista costaba 150 euros.
En la noche del 28 de marzo de 1980 una banda compuesta por 10 fascistas armados con bates, navajas y un machete salieron a la caza de rojos por las calles de Madrid. Entre los fascistas estaban José Juan Llobregat "El Loco", José María Vargas Villalba "El Jerezano" y José Miguel Gómez Gonzáles "El Masa", jefe de centuria de Fuerza Nueva.
Localizaron a un joven obrero de 21 años, Jorge Caballero Sánchez, porque llevaba barbas, pelo largo y vieron su insignia con el emblema anarquista en la solapa, una «A» mayúscula sobre fondo negro. Está afiliado al sindicato de la construcción de CNT de Madrid. Los fascistas le insultaron a su novia y a él cuando salían del Cine Azul de ver la película "La naranja mecánica".
A continuación le dieron una paliza a base de patadas, golpes de bate y puñetazos. Una vez en el suelo, sangrando, Jorge Caballero intentó levantarse, y cuando estaba indefenso y sin posibilidades de eludir el golpe, José Juán Llobregat hundió su machete en el pecho de Jorge hasta la empuñadura.
A Jorge, que tardó en morir quince días, le atravesó el hígado y parte del pulmón derecho. Una vez cumplido su crimen, los fascistas huyeron. El jefe de Fuerza Nueva, Ricardo Alba, ayudó a José Juan Llobregat a salir del país, proporcionándole fondos y medios.
El juicio contra los otros dos se celebró en 1987. Fue otra burla: sólo les acusaron de "desórdenes públicos" y no de asesinato. Les condenaron a pagar 25.000 pesetas (150 euros) de multa a la familia de Jorge. El juez que redactó la sentencia fue Carlos Entrena, antiguo miembro del Tribunal de Orden Público del franquismo, quien ni siquiera mencionó la condición fascista de los acusados, ni reconoció que habían amenazado con sus armas a los transeúntes en varias ocasiones durante aquella misma noche.
Otros colaboradores del asesinato que estaban presentes en el lugar del asesinato fueron Fernando Saliquet de la Torre, Felipe Queipo Zimmerman, Antonio Pagazanturdia Irache, Pascual García Porras y los hermanos Miguel Ángel y Javier Fernando Masia Linaza. Todos ellos eran miembros de Fuerza Nueva.
El tercer asesino, José Juan Llobregat, sigue prófugo. Después de tantos años la policía no le ha querido localizar.
El 13 de marzo de 2004, dos días después del atentado del 11-M en Madrid, el panadero Ángel Berrueta se negó a colgar un cartel en su establecimiento de Iruña que apuntaba a ETA como autora de la masacre, acción que le costaria la vida. Un policía y su hijo lo dispararon y apuñalaron hasta la muerte.
La mujer del policía, María Pilar Rubio, estaba convencida de que ETA era la responsable de los ataques y exigió al panadero que le permitiese poner un cartel en el escaparate de su tienda que apuntaba a la organización armada vasca. Tras discutir con él, la mujer salió de la tienda gritando "voy a matar a ese hijo de puta". Poco tiempo después, el policía nacional Valeriano de la Peña y su hijo Miguel José de la Peña, de 19 años, volvieron a la tienda y lo asesinaron. El agente le disparó hasta cuatro veces y el joven lo apuñaló y le perforó el hígado y el pulmón.
Tras el asesinato, la familia de la víctima sufrió amenazas de muerte continuas por teléfono, rotura de cristales de la tienda, pintadas en la puerta de su casa o la colocación de un ataúd en la puerta del domicilio.
Los asesinos fueron condenados a 10, 15 y 20 años respectivamente. Ella salió a la calle a los meses y los asesinos cumplieron menos de la mitad de sus condenas.
El 15 de enero de 1978 varios cócteles molotov quemaban la sala de fiestas Scala de Barcelona matando a 4 personas. El incendio, detenciones y criminalización de la CNT que desencadenaron, representan uno de los casos más significativos de guerra sucia en la Transición: El caso Scala.
Ese día, la CNT había organizado una manifestación contra los Pactos de la Moncloa, firmados unos meses antes, que apuntalaba el régimen al tiempo que atacaba los derechos de la clase trabajadora. La manifestación transcurrió sin incidentes hasta que unos desconocidos lanzaron varias bombas incendiarias contra la sala de fiestas del Eixample barcelonés.
La prensa no tardó en señalar a los anarcosindicalistas como culpables del incendio y las muertes. 48h después, un comunicado de la policía informaba de la detención de los presuntos autores, a los que habían identificado entre las más de 10.000 personas de la manifestación. El comunicado insistía en la afiliación de los detenidos a la CNT.
Las detenciones, cerca de 170, continuaron los días siguientes, acompañadas de una campaña mediática de descrédito de la CNT, que entonces contaba con decenas de miles de afiliados y representaba una molestia a las fuerzas aceptantes de la transición. El trato de la prensa llevó a gran parte de la opinión pública a creerse el relato de una organización terrorista que quería desestabilizar el 'frágil' proceso de Transición. A pesar de las protestas y la acusación de montaje policial no pudieron evitar las bajas de muchos afiliados.
Tanto la CNT como algunos periodistas de investigación, comenzaron al poco tiempo a sacar a la luz varias cuestiones oscuras de aquel caso, como la preparación y participación en el ataque de un infiltrado de la policía, Joaquín Gambín, que acabaría por confesar. Tampoco cuadraba como se había producido el incendio. Testigos afirmaban que había iniciado en la parte posterior del edificio, muy lejos de donde se lanzaron los molotov.
Durante el juicio los abogados pidieron la comparecencia de Joaquin Gambín y del fascista ministro de gobernación Rodolfo Martín Villa. El juez denegó la petición y condenó a los acusados a 18 años.
Con el tiempo se fue destapando el papel que tuvo el infiltrado, captado por el servicio de Gobernación, dirigiendo el atentado y señalando a los finalmente condenados. En 1981 fue detenido por un tiroteo en Valencia y el Caso Scala se reabrió con una segunda vista donde se le condenó a 7 años. Aunque se hubiera demostrado el montaje policial, el mal ya estaba hecho y la CNT no volvería a tener nunca más el peso político y sindical previo a los hechos, antes de caer víctimas de la represión y la despiadada campaña mediática.
El asesinato de Pedro Álvarez (20 años) a manos de la Policía, en L’Hospitalet de Llobregat.
Ese 15 diciembre, como hoy pero de 1992, Pedro volvía a casa con su compañera cuando un coche a gran velocidad estuvo apunto de atropellarla.
Ante la protesta de la joven, el conductor del vehículo se bajó y la tiró contra el suelo de un empujón y Pedro intentó defenderla. La respuesta del conductor del vehículo fue sacar un arma y asesinar a Pedro Álvarez disparándole a bocajarro en la cabeza.
Tres días mas tarde, se detiene al policía nacional José Manuel Segovia; la matrícula del coche y el modelo coinciden, las balas utilizadas también y los testigos lo reconocen como el asesino. A pesar de todo esto, 8 días después la jueza decreta su libertad sin fianza.
El caso fue sobreseído en el 2000. Los familiares y solidarios llevan años luchando porque se haga justicia y no se olvide este crimen. Han sufrido amenazas e intimidaciones por parte de las fuerzas de seguridad del Estado.
Incluso se llegó a abrir un proceso judicial contra Juanjo Álvarez (el padre de la víctima) donde se le acusaba de colaborar con ETA.
Premio de pensión para criminales de guerra.
Más de 150 millones de euros para pagar las pensiones de la Guardia Mora de Franco.
Aquellos criminales reclutados para «saquear, violar, decapitar, robar, amputar y masacrar» a las y los republicanos españoles, resulta que son para el Gobierno: «Las citadas pensiones son reconocidas según lo dispuesto en la Ley 172/1965, de 21 de diciembre, por la que se regula la situación del personal marroquí que han prestado servicios en las Fuerzas Armadas españolas, como compensación a sus años de servicio prestados en diferentes periodos encuadrados en unidades del Ejército”.
Estos mercenarios, cuyo cuerpo militar existió durante 20 años, son reconocidos en una ley fascista de 1965. Luego hablan de democracia y tal…
La Guardia Mora.
«(…) Cuando la Guardia Mora entró en el pueblo comenzó a degollar a todos los hombres y niños, a las mujeres y a las niñas nos encerraron en la casa del cura, eramos unas treinta, nos custodiaba un hombre negro con tatuajes de la Legión en los brazos, apenas hablaba castellano, con una especie de machete doblado nos arrinconó y cuando Matilde Pozas intentó dialogar para que le diera agua a su niña le arrancó la mano izquierda de un machetazo. Afuera se escuchaban los gritos de nuestros padres, hermanos, maridos e hijos, lo veíamos por una pequeña ventana, en fila los iban asesinando entre las risas de los mandos del ejército español y los jefes falangistas, que disfrutaban del «espectáculo» sentados junto a la escalera de la pequeña plaza de toros. La sangre corría por las cuestas de Alfareque, era como un manantial de agua roja, olía a carne destrozada, las cabezas rodaban hasta el riachuelo que estaba detrás de la casa del cura. El sacerdote también contemplaba los crímenes con gesto sonriente, jamás lo entendí, ya que días antes daba la comunión a muchos de los asesinados.
Más tarde los moros saquearon la bodega de la cooperativa agrícola de la CNT, sacaron las barricas de vino tinto a la calle, entre gritos de ¡Alá es grande! saciaban su sed de sangre, preparados para sacarnos a la plaza y comenzar la violación múltiple. Yo tenía solo diecinueve años, nunca había estado con un hombre más allá de unos besos furtivos en el cine de los viernes noche. Les pedimos, les rogamos por las niñas, pero fue inútil, ellas fueron las primeras en pasar por aquellas bestias y su deseo criminal, varias murieron desangradas, con las entrañas desgarradas. Jamás había visto algo tan terrible, cada noche tengo el mismo sueño, como si para siempre me hubiera quedado atrapada en aquellos tres días terribles, eternos, innombrables, que solo te he contado a ti con tanto detalle, tal vez me sirva para borrar tanto dolor, aunque jamás pueda perdonar a los criminales…»
Fragmento de la entrevista a Lucía Alcaide Quiroz en La Laguna, isla de Tenerife en mayo de 1979, unos meses antes de fallecer esta gran mujer nacida en una aldea de Sanlúcar de Barrameda.
Recogidos del libro de Francisco González Tejera, «Oráculo del olvido», que completa la trilogía «Crónica del genocidio fascista isleño», junto a «Tormenta en la memoria» y «Semilla de memoria».
Doncs resulta que la CGT, mentre criticava a una ponent per "xivata de la policia"... tenia policies afiliats i els presentava a eleccions sindicals 👇🏼👇🏼👇🏼
Hermanas Touza: las tres gallegas que salvaron a cientos de judíos de los nazis.
Pocos conocen la historia de Lola, Amparo y Julia Touza Domínguez, tres hermanas que, desde Ribadavia, un pequeño pueblo gallego, tejieron una red de fuga para los judíos que escapaban del Holocausto nazi.
Todo comenzaba en el año 1941, al abrigo de una pequeña tienda que las tres hermanas regentaban en la estación de tren de Ribadavia, a unos veinte kilómetros de la frontera con Portugal. Un día las hermanas se encontraron con un hombre que estuvo durante horas en un banco de la estación. Lola se acerca al forastero a ofrecerle su ayuda y éste le cuenta que es judío y que está escapando del infierno.
Así se iniciaba una red clandestina que arrancaba en los Pirineos, terminaba a la otra orilla del Río Miño, en Portugal, y que convirtió a Ribadavia en uno de los epicentros mundiales de ayuda a los judíos.
Entre los pasajeros de la línea Hendaya-Vigo se encontraban muchos judíos que huían de los nazis, cruzando la frontera francesa hacia España, con el objetivo de llegar a Portugal para partir rumbo a Estados Unidos o Sudamérica.
Cuando se empezó a correr la voz de que tres hermanas de Ribadavia ayudaban a los suyos a cruzar la frontera con Portugal, los judíos viajaban a España con un destino claro: Preguntar por “La Madre” nombre en clave de Lola Touza. Una vez localizada en la estación, ésta los escondía en su tienda (en la que había un zulo excavado en la tierra) o en el sótano de su casa, hasta que fuese seguro cruzar la frontera y llegar a Portugal.
Pero, además de las hermanas, otros héroes ayudaron a llevar esta gesta a buen puerto, dos taxistas, Xosé Rocha y Javier Míguez, un emigrante retornado, Ricardo Pérez, que hacía de intérprete, y el barquero que les ayudaba a cruzaba el Río Miño, Ramón Estévez.
La historia permaneció oculta hasta que, en 1964, un viejo judío de Nueva York quiso saber qué había sido de aquella mujer que una noche sin luna le había ayudado a cruzar la frontera hacia la libertad. La investigación llegó a las manos del escritor Antón Patiño, que juró no contar la historia hasta que las tres hermanas hubiesen fallecido.
Se estima que las hermanas salvaron a más de 500 judíos entre los años 1941 y 1945 y que la temida Policía Secreta Nazi, la Gestapo, visitó en más de una ocasión el pueblo de Ribadavia preguntando por “La Madre”. Nunca llegaron a saber quién era.
«Alexandros cayó, tras el primer o segundo disparo; seguro que antes del tercero… Después, no sé lo que pasó. La gente gritaba y alguien le levantó la camiseta a Alex. Pude ver que tenía un agujero en medio del pecho, un poco hacia el corazón, y que había sangre en la herida…»