Peligroso cóctel español (tan único como los toros):
A) Un policía con absurdo poder unipersonal en misión de salvación nacional
B) Acción “popular” controlada por partidos y fanáticos
C) Jueces de Instrucción que no instruyen: objetos pasivos de A) y B)
D) Judicatura de Derechas
A la izquierda, Kurt Waldheim, miembro de las Camisas Pardas de Hitler y oficial de la Wehrmacht, con su uniforme nazi en la ciudad de Kozara donde exterminaron 25000 yugoslavos. (1943)
A la derecha, Kurt Waldheim, como secretario de la ONU, puesto que ocupó 9 años. (1972-1981)
Imaginen el blanqueo y el reclutamiento de nazis (fue protegido por Reino Unido) por parte del capitalismo occidental después de la Segunda Guerra Mundial, para que un criminal nazi de las Camisas Pardas acabase de jefe de las Naciones Unidas durante 9 años... pasó de quemar vivos a niños yugoslavos en graneros a hablar de paz en la ONU.
49 años de impunidad.
Un día 17 de mayo de 1977 Francisco Javier Núñez, profesor de matemáticas de 38 años, fue al juzgado de Bilbao para denunciar la paliza que había recibido dos días por parte de agentes antidisturbios, durante las cargas en una manifestación de la semana pro-amnistia. Francisco Javier había bajado a comprar el periódico con su hija de 3 años cuando fue acorralado por dos agentes que le dieron una brutal paliza fuera y dentro de un portal.
A la salida del juzgado le estaban esperando dos policías fuera de servicio (presuntamente los mismos a los que había denunciado) que le acorralaron y obligaron a subir a una furgoneta. Le dieron otra brutal paliza, le pusieron un embudo en la boca y obligaron, a punta de pistola, a beber una botella de coñac y después una botella entera de aceite de ricino.
Totalmente reventado, con el estómago, el esófago y el hígado destrozados ingresó en el hospital donde estuvo luchando por su vida durante 13 largos días hasta que acabó muriendo tras una larga agonía.
Miedo, amenazas, mentiras y silencio hicieron que el crimen quedase impune y en el olvido, una víctima mas de la impunidad fascista y parapolicial de la ‘modélica’ transición.
Finalmente, el año 2012, después de 35 años de lucha incansable por la memoria, especialmente de su hija Inés, el Gobierno Vasco reconoció a Francisco Javier Núñez como víctima de la violencia policial. Sus verdugos continúan libres e impunes.
Un padre y su hijo fueron fusilados en 1936. Su delito: retirar un crucifijo. 90 años después, su familia ha encontrado sus restos.
En 1932, Ángel Matarán, un maestro de Alhendín, Granada, retiró el crucifijo de su aula siguiendo una circular republicana que ordenaba la eliminación de símbolos religiosos en las escuelas.
Este acto, aparentemente sencillo, desencadenó una serie de eventos trágicos que culminaron con su desaparición y posterior asesinato, así como el de su hijo Alfonso, de 19 años, durante los primeros días del golpe de Estado de 1936.
Casi 90 años después, sus restos han sido identificados en una fosa común gracias al trabajo del historiador Alfredo Ortega y la Asociación de Memoria Democrática de Granada.
Ángel Matarán, de 49 años, no era un hombre cualquiera. Junto a su esposa, también maestra, y su hijo mayor, Alfonso, de 19 años, que estudiaba magisterio, formaba parte de una familia comprometida con la educación y los valores republicanos. En 1932, el maestro cumplió con la orden de retirar los crucifijos de las aulas, lo que enfureció al cura del pueblo. Este, en respuesta, organizó una misa y un desfile con una estatua de Cristo que pasó frente a la escuela. Matarán, en un acto de discreta rebeldía, cerró las ventanas de su clase. El gesto fue interpretado como una afrenta. El cura y los vecinos invadieron la escuela, la llenaron de crucifijos y persiguieron al maestro a pedradas. La Guardia Civil intervino, pero el daño ya estaba hecho. Cuatro años después, con el estallido de la Guerra, la familia Matarán fue señalada. Ángel y su hijo Alfonso fueron detenidos el 13 de agosto de 1936 y nunca más se supo de ellos.
Durante décadas, la familia Matarán vivió en la incertidumbre, pues nunca supimos qué había pasado con ellos relata nieto del maestro y sobrino del joven asesinado. Su abuela Justa, de hecho, murió sin saber dónde estaban sus restos. «Ella era maestra también. Había tomado posesión de la plaza unos meses antes. La persiguieron y no pudo ejercer de maestra hasta el año 1961. Dos guardias civiles se llevaron a su marido y su hijo y se refugió en una casa con dos salidas. Por las noches subían los falangistas buscando familiares nuestros. Fue terrible lo que tuvo que sufrir sin ingresos y con nueve hijos», ha relatado sobre el sufrimiento de su abuela.
(Publicado originalmente en la web de la Cadena Ser)
[Sus restos fueron recuperados de una fosa común de Nigüelas, en la que había 20 víctimas en total, una de ellas con 14 años.]
El asesinato de Pedro Álvarez (20 años) a manos de la Policía, en L’Hospitalet de Llobregat.
Ese 15 diciembre de 1992, Pedro volvía a casa con su compañera cuando un coche a gran velocidad estuvo apunto de atropellarla.
Ante la protesta de la joven, el conductor del vehículo se bajó y la tiró contra el suelo de un empujón y Pedro intentó defenderla. La respuesta del conductor del vehículo fue sacar un arma y asesinar a Pedro Álvarez disparándole a bocajarro en la cabeza.
Tres días mas tarde, se detiene al policía nacional José Manuel Segovia; la matrícula del coche y el modelo coinciden, las balas utilizadas también y los testigos lo reconocen como el asesino. A pesar de todo esto, 8 días después la jueza decreta su libertad sin fianza.
El caso fue sobreseído en el 2000. Los familiares y solidarios llevan años luchando porque se haga justicia y no se olvide este crimen. Han sufrido amenazas e intimidaciones por parte de las fuerzas de seguridad del Estado.
Incluso se llegó a abrir un proceso judicial contra Juanjo Álvarez (el padre de la víctima) donde se le acusaba de colaborar con ETA.
La @PlataformaPedro lleva años luchando contra la impunidad y el olvido.
‼️El Gobierno valenciano alega falta de fondos para Educación pero baja impuestos a los ricos y rechaza los 3.600 millones extra de la financiación https://t.co/Jw4jbvZTCX
Hoy, Florentino Pérez ha nombrado a José María García. Contó la trama de corrupción de Estado de Florentino Pérez, Aznar y Miguel Blesa para ficharlo con Caja Madrid. La entrevista fue censurada en TVE.
A Catholic priest walked into a house filled with Jewish orphans in fascist Italy and spoke four words that would save 73 lives.
July 1942. Arrigo Beccari. Thirty-two years old. Seminary teacher in Nonantola, a small village near Modena in northern Italy.
He had just heard about the children.
Fifty Jewish orphans, ages six to twenty-one, had arrived at Villa Emma, an abandoned mansion on the edge of town. They came from Germany, Austria, and Yugoslavia. They had fled the Nazis. Many had already lost parents, homes, and entire families.
They could not speak Italian.
They had nowhere else to go.
Beccari walked to the villa, knocked on the door, and stepped inside.
He looked at the frightened faces in front of him and said:
“You are safe now.”
He meant it.
For more than a year, something extraordinary unfolded in fascist Italy.
An entire village quietly chose to protect those children.
Farmers brought food. Shopkeepers donated supplies. Widows opened their homes. A local doctor named Giuseppe Moreali treated the sick. A carpenter built furniture and taught woodworking. Women cooked meals. One room inside the villa became a synagogue.
Beccari visited every day.
He taught lessons. Spent time with the younger children. Tried to give them moments that felt normal again.
Then, in April 1943, another thirty-three Jewish children arrived from Croatia, escaping the massacres carried out by the Ustaše regime.
Now there were seventy-three children at Villa Emma.
Then came September 8, 1943.
Italy surrendered to the Allies.
German forces immediately occupied northern Italy.
The SS began hunting Jews across the region.
In Rome, more than 1,200 Jews were rounded up and deported to Auschwitz. Only sixteen survived.
At dawn on September 9, German troops marched into Nonantola.
Beccari and Dr. Moreali ran to Villa Emma.
“You have to leave. Now. All of you. Tonight.”
More than one hundred people, including counselors and caretakers, had to disappear in less than thirty-six hours.
Beccari did not wait for official permission. He did not hesitate.
Some children were hidden inside the seminary itself, tucked into dormitories, cellars, attics, and storage rooms.
Then Beccari moved through the village knocking on doors.
Farmers.
Shopkeepers.
Widows.
Teachers.
He asked each of them the same thing:
Hide these Jewish children. Feed them. Protect them.
Not one refused.
Within thirty-six hours, Villa Emma was empty.
When German soldiers arrived, they found only an abandoned building.
No children.
No evidence.
No witnesses.
The orphans had been scattered across more than twenty Catholic homes, hidden in barns, haylofts, bedrooms, and church buildings throughout the village.
For weeks, Beccari visited them daily, bringing food, comfort, and information.
But everyone understood they could not stay forever.
The Germans were searching everywhere.
There was only one possible escape route.
North.
Across the Alps.
Into Switzerland.
Beccari and Moreali forged more than 120 identity documents, baptism certificates, travel permits, birth records.
On paper, Jewish children became Catholic Italians.
The children memorized new names, birthdays, and invented family histories in a language many of them barely understood.
Between September 28 and October 16, 1943, they escaped in small groups by train, on foot, and through mountain passes under cover of darkness.
Every one of the seventy-three children reached Switzerland safely except one.
A teenager named Salomon Papo was too sick with tuberculosis to travel. The Gestapo later found him in a sanatorium and deported him to Auschwitz.
One out of seventy-three.
Not because someone betrayed them.
Because illness made escape impossible.
The Gestapo launched investigations.
Who had hidden the Jews?
Who had forged the documents?
No one in the village talked.
Eventually, Beccari himself was arrested and handed over to the SS in Bologna.
He was tortured for months.
Beaten repeatedly.
Interrogated again and again for names, locations, and evidence.
He gave them nothing.
His name appeared on execution lists three different times.
Three different times, the executions were delayed.
Eventually, he was released.
The war was nearing its end, and the Germans still had nothing.
Beccari walked back to Nonantola.
Back to the seminary.
Back to teaching.
And perhaps the most remarkable part of the story is this:
It was never only one priest.
More than forty households helped hide Jewish children.
Not one villager betrayed them.
Farmers. Seminarians. Teachers. Shopkeepers. Elderly widows.
An entire village chose strangers’ children over its own safety.
The children survived the war. Many later emigrated to what became Israel in 1945. They built families, careers, and new lives.
They never forgot Nonantola.
In 1964, Yad Vashem recognized Arrigo Beccari and Giuseppe Moreali as Righteous Among the Nations, the first Italian priest and doctor ever given that honor.
Beccari remained in Nonantola until 1980.
Same village.
Same church.
Same quiet life.
He baptized the grandchildren of families who had once hidden Jewish orphans in their homes.
He never chased recognition.
At one point he reflected simply:
“It would be difficult to erase the memory of the terror and suffering of those days. Or of my joy at doing the small good which was my duty.”
Small good.
That is what he called it.
Arrigo Beccari died on December 27, 2005, at the age of ninety-six, in the same village where he had spent most of his life.
A village priest who helped lead one of the most successful Holocaust rescue operations in Italy.
A man tortured by the Gestapo who never betrayed a single child.
A man scheduled for execution three separate times who returned afterward to ordinary parish life because, to him, that was simply who he was.
Seventy-three children grew old because of thirty-six hours in September 1943.
Because one priest started knocking on doors.
Because one village kept saying yes.
Because ordinary people chose courage when the world around them chose silence.
María Vázquez.
Le cortaron los pezones, entre otras innombrables barbaries, siendo brutalmente torturada y violada en la prisión de Pontedeume, donde fue conducida a palos tras el golpe militar de 1936, sometida también a escarnio público.
Cansados de darle martirio la fusilaron en la playa de Miño – La Coruña el 19 agosto de 1936.
Cuando los fascistas quisieron asesinarla por la espalda, a pesar de estar destrozada, sacó fuerzas para plantarles cara y gritarles: «Cobardes, sed valientes y disparad de frente a una mujer».
Su casa fue saqueada y sus libros quemados. Su vida, su labor y su memoria sepultadas por el franquismo.
El enterrador al ver el estado de su ultrajado cuerpo quedó totalmente conmocionado.
Se llamaba María Vázquez Suárez, ejerció durante 12 años como maestra extendiendo los valores pedagógicos gratuitos, humanistas, feministas y laicistas de la segunda república.
Quienes la conocieron cuentan que era una persona muy sensible y entregada a su labor.
La primera mujer en hablar en público en Miño defendiendo, entre otras causas, los derechos de las mujeres.
María Vázquez no fue la única víctima del golpismo fascista y genocida, alrededor de 60.000 maestros y maestras fueron represaliad@s, siendo ellas las que sufrieron una represión más específica, machista y desproporcionada, para eliminar el modelo de mujer liberada de la segunda república, exterminando por ello un número significativo de maestras con extrema violencia de género, con violaciones y torturas previas a los fusilamientos, sobre todo en zonas rurales.
La consigna del franquismo era: «Escuelas vacías y más de mujeres»
El cura de Miño, Manuel Porta, dijo: «Afirmo con todos los caracteres de la realidad, que las alumnas que ha tenido María llevan en la frente el estigma rojo, que únicamente desaparecerá con la muerte.»
Unos días después del fusilamiento de María Vázquez un falangista le espetó en la cara a una de sus alumnas: «¿veis estos zapatos manchados de sangre? Pues es la sangre de vuestra profesora, la maté yo mismo.»
Después el franquismo, la sección femenina y los curas empezaron a formar mujeres sumisas y serviles a los hombres y útiles al régimen.
P.d. – Dedicado a una alumna mía que dijo hace poco en clase que con Franco se vivía mejor.
(Texto original de Jorge Núñez Jiménez)
"Confieso que nunca he entendido que se pueda valorar del mismo modo una República que formó maestros, abrió escuelas y creó bibliotecas públicas en los pueblos, y un régimen militar fascista que asesinó a maestros, cerró escuelas y bibliotecas y quemó libros" (Josep Fontana).