@Joacmillo Aunque la bandera italiana es verde, blanca y roja, la Federación Italiana de Fútbol adoptó el azul de la dinastía saboyana en 1922. Desde su primer uso en 1911 frente a Hungría, este color se convirtió en el emblema de la escuadra nacional, dándole su famoso apodo de la Azzurra
Me dice el taxista:
"De los 48 equipos que arrancaron el mundial, solo han quedado 4.
De esos 4, 3 son woke.
Solo Argentina defendiendo los valores occidentales.
No sorprende que la mayoría del mundo woke, populista, socialista y comunista, no quiera que ganemos..."
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En 1441 un error cartográfico dejó una aldea italiana fuera del mapa de dos Estados.
Sus habitantes vivieron 385 años sin gobierno, sin impuestos y sin ejército.
Pero nadie había planificado esto.
Cuando el Papa Eugenio IV decidió venderle la ciudad de Sansepolcro a la República de Florencia, las dos partes acordaron usar un arroyo llamado Rio como frontera.
Pero había dos arroyos con ese nombre, separados por unos 500 metros.
Florencia trazó la frontera en el arroyo del norte.
Los que representaban al Papa la trazaron en el del sur.
En el medio quedó una tierra de 330 hectáreas con una aldea de 350 personas que se llamaba Cospaia.
Cuando los de Cospaia se dieron cuenta de que ninguno de los dos Estados los reclamaba, hicieron algo que cualquier persona racional haría.
Ellos se declararon independientes.
Ni Florencia ni el Papado quisieron reabrir las negociaciones por un pedazo de tierra que consideraban que era insignificante.
En 1448 ambos reconocieron formalmente a la pequeña república.
Cospaia funcionó sin gobierno centralizado, sin legislatura, sin jueces, sin cárceles, sin policía y sin ejército durante casi cuatro siglos.
Los asuntos comunes se resolvían en asambleas informales de jefes de familia y algunos ancianos.
Las disputas se manejaban por consenso, por reputación, por presión social.
Su única ley quedó grabada en la entrada de la iglesia de la Annunziata y decía Perpetua et firma libertas.
Libertad perpetua y firme, eso era todo.
Mientras tanto, la economía funcionaba sin impuestos, sin aranceles, sin monopolios estatales.
Los comerciantes de ambos lados de la frontera iban a Cospaia a comprar sal y otros bienes sin pagar derechos aduaneros.
La población creció de 350 a unas casi 800 personas.
Gente que se mudaba ahí sabiendo exactamente lo que iba a encontrar, sin impuestos, sin servicio militar obligatorio, sin inquisidores.
En 1574 llegó el tabaco.
El obispo de Sansepolcro recibió semillas desde Francia y las plantó en su jardín.
De ahí a Cospaia hay cuatro kilómetros.
En pocos años la pequeña república se convirtió en uno de los primeros centros de cultivo de tabaco en toda Italia.
Cuando el Papa Urbano VIII excomulgó a los fumadores en 1642 y prohibió el tabaco en los Estados Pontificios, Cospaia quedó como el único lugar en la península donde se podía producir y vender libremente.
El negocio claramentre explotó.
Cospaia prosperó vendiendo tabaco de alta calidad a una fracción del precio del producto oficial de los Estados vecinos.
Todo esto sin un solo burócrata, sin un solo regulador, sin una sola agencia estatal supervisando la producción.
Duró 385 años.
Más tiempo del que Europa lleva sabiendo que América existe.
Cospaia cayó en 1826 cuando el Papa León XII y el Gran Duque de Toscana decidieron que la anomalía ya no era tolerable.
Después de las guerras napoleónicas y el Congreso de Viena, el nuevo orden europeo no tenía paciencia para enclaves que complicaban el control territorial y fiscal.
El Papa bloqueó los suministros.
Los catorce jefes de familia que quedaban firmaron un acta de sumisión el 26 de junio de 1826.
Como compensación, cada habitante recibió una moneda de plata papal y el permiso de seguir cultivando tabaco.
Una moneda de plata por 385 años de libertad.
Muchos señalaron que si Cospaia hubiera resistido 35 años más, hasta la unificación italiana de 1861, probablemente seguiría existiendo hoy como San Marino.
Lo que Cospaia demuestra es algo que la teoría del Estado necesita explicar y nunca puede.
El orden social surgió espontáneamente de la comunidad, sin necesidad de coacción institucionalizada.
La prosperidad llegó precisamente porque nadie confiscaba los recursos de los productores.
La convivencia se sostuvo por mecanismos voluntarios, reputación y consenso, durante casi cuatro siglos.
Y terminó solamente cuando dos Estados decidieron aplastarla desde afuera.
Actualmente viven en Europa 50 millones de musulmanes.
Había menos de 500.000 en 2000, hace sólo 26 años.
No es teoría del reemplazo, es reemplazo. Es la conquista de un continente sin disparar una sola bala.
Es un colapso de la civilización.
En 1696 el gobierno inglés inventó una forma ingeniosa de cobrar impuestos sin preguntarle a nadie cuánto ganaba.
Contó las ventanas de cada casa.
La lógica era quw más ventanas significaba más riqueza, así que más ventanas significaba más impuesto.
El resultado fue que durante 155 años los ingleses tapiaron sus propias ventanas con ladrillos para pagar menos.
Y los edificios todavía lo muestran.
Caminás por Bath, por Edimburgo, por cualquier ciudad con arquitectura georgiana y vas a ver algunas paredes con rectángulos de ladrillo donde claramente había una ventana.
Esto también se los dirá el guía turistico.
Lo que pasó después es un caso perfecto de lo que Bastiat llamaba lo que no se ve.
El parlamento veía la recaudación, lo que no veía era lo que estaba pasando adentro de esas casas.
Sin ventanas no hay luz natural, sin luz no hay ventilación, sin ventilación tenés el ambiente perfecto para que se propaguen enfermedades.
Tifus, viruela, cólera.
Pisos enteros de edificios quedaron sin una sola ventana.
En 1766 el gobierno bajó el umbral a siete ventanas.
La cantidad de casas con exactamente siete ventanas se redujo en casi dos tercios de un año al otro.
Porque los dueños tapiaron la séptima ventana para quedar justo por debajo del límite.
El incentivo era transparente, cada ventana que tapabas era plata que te ahorrabas.
Y la gente respondió exactamente como predice la teoría, ajustando su comportamiento al incentivo que el Estado creó.
En 1781 un brote de tifus en un solo edificio de seis familias infectó a 52 personas según registros médicos del Dr. John Heysham.
La causa directa fue la falta de ventilación.
Para 1845 el informe sanitario de Sunderland era que el tapiado de ventanas motivado por el impuesto era en muchos casos la causa primaria de enfermedad y muerte entre los inquilinos más pobres.
Y acá viene lo perverso.
El impuesto se vendió como progresivo, la idea era que pagaran más los ricos
Los ricos tapiaron ventanas en pisos superiores y siguieron viviendo bien.
Los pobres vivían en edificios donde el propietario tapió todo lo que pudo y les pasó el costo restante en alquileres más altos.
El impuesto progresivo terminó siendo un impuesto a la salud de los pobres.
El impuesto a las ventanas duró 155 años.
Se derogó en 1851 después de que los médicos lograron lo que los economistas no pudieron, demostrar que el impuesto estaba literalmente matando gente.
Pero pensalo un segundo.
Durante un siglo y medio, el Estado cobró un impuesto que producía enfermedad y muerte entre los más vulnerables.
Lo sabían desde principios del siglo XVIII, os panfletos y las protestas empezaron casi al instante.
Y el impuesto siguió.
Porque ningún impuesto se deroga fácil, una vez que el Estado tiene una fuente de ingresos, la defiende con la misma lógica que usó para crearla.
Y siempre hay un argumento para mantenerla un año más.
Cada impuesto distorsiona, cada distorsión tiene un costo real que no aparece en ningún presupuesto.
A propósito del cumpleaños de Estados Unidos.
En 1776, cuando trece colonias declararon su independencia, Francia tenía rey e Italia y Alemania todavía no existían como los conocemos hoy. Desde entonces, Francia ha tenido una revolución, dos imperios, dos restauraciones monárquicas, cinco repúblicas y 15 constituciones. Estados Unidos ha tenido una sola, la de 1787. Es la constitución escrita más antigua del mundo.
Estados Unidos nos deja varias enseñanzas y paradojas que los abogados latinoamericanos solemos pasar por alto. Nos formamos mirando a Europa (el derecho romano, el código de Napoleón, la dogmática alemana), pero la arquitectura constitucional que habitamos todos los días es americana. Constitución escrita, supremacía constitucional, presidencialismo, pesos y contrapesos: todo eso se ensambló por primera vez en Filadelfia, no en Roma, ni en París, ni en Berlín. Y el control judicial de las leyes, que hoy consideramos la joya del constitucionalismo europeo, nació en 1803 con Marbury vs. Madison, cuando el juez Marshall sostuvo que una ley contraria a la Constitución debía ser declarada inexequible. Kelsen diseñó el primer tribunal constitucional europeo (el austriaco) apenas en 1920 y el alemán llegaría en 1951. Colombia, dicho sea de paso, siguió la ruta americana antes que la kelseniana: la acción pública de inconstitucionalidad de 1910 es anterior a cualquier tribunal europeo.
Segunda paradoja que muchos pasan por alto es que Europa, cuna del derecho occidental, tuvo que ser reconstruida jurídicamente por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. El Plan Marshall no solo levantó puentes y fábricas, sino que hizo parte de una arquitectura institucional, jurídica y financiera diseñada por Washington: Bretton Woods, el Fondo Monetario, el Banco Mundial y el GATT. Por otra parte, los tribunales constitucionales de la posguerra (el alemán y el italiano) nacieron en una Europa vencida y reconstruida bajo la influencia de Estados Unidos, tomando en serio una idea que ya practicaban desde Marbury v. Madison: que la Constitución no es un programa político, sino una norma aplicable.
Y la tercera paradoja, la más silenciosa: los contratos. Somos herederos de Roma, del consensualismo, de la buena fe objetiva y de la ley supletoria. Pero lea cualquier contrato de fusiones y adquisiciones o financiación en Bogotá, París, Milán o Frankfurt: M&A, due diligence, representations and warranties, condiciones precedentes, cláusulas MAC, indemnidades y closing. El drafting es totalmente americano: la obsesión por cubrir todas las contingencias y no dejar nada a la ley supletoria, ni al juez, ni a la buena fe. El derecho continental ganó en los salones de clase, pero el derecho americano ganó en las salas de juntas, los contratos y los cierres.
Pero volvamos a la Constitución americana. ¿Por qué perduró mientras Francia alternaba entre monarquías, imperios y repúblicas, y el resto de Europa veía caer sus constituciones una tras otra? Quizás porque no nació de la razón ilustrada sino de la desconfianza. Los europeos diseñaron constituciones para realizar ideales, pero los americanos para contener hombres. "Si los hombres fueran ángeles, no haría falta gobierno", escribió Madison. La desconfianza práctica resultó más duradera que la ambición teórica.
Dos siglos y medio después, la república improbable sigue en pie. No solo como la democracia constitucional más antigua del mundo (San Marino no cuenta, lo siento), sino como una de las grandes arquitecturas invisibles de la vida moderna: en los tribunales, en los gobiernos y en los contratos con los que se compran empresas, se financian proyectos y se mueve el capital. Quizás esa sea la mejor forma de medir su triunfo.