Mi empresa contrató a un chico de 23 años recién graduado.
El primer día le entregaron un proyecto que normalmente llevaba un empleado con cinco años de experiencia.
No recibió capacitación.
Tampoco tenía un compañero que pudiera orientarlo.
A la semana empezó a quedarse hasta las diez de la noche.
Al mes, nuestro jefe anunció que el chico había renunciado.
—Los jóvenes de ahora no soportan la presión —comentó.
Nadie respondió.
Hasta que el empleado más antiguo de la oficina levantó la mano.
Y le hizo una pregunta que dejó la sala completamente en silencio.