Venezuela, crudo y Trump.
A ver si te enteras.
Cuando Maduro regalaba petróleo a la dictadura de Cuba —unos 57.000 millones de dólares en dos décadas, mientras PDVSA pagaba hasta 12 dólares más por barril importado de lo que le cobraba a La Habana— lo llamaban "soberanía".
Cuando vendía el Merey a China con descuentos de 14 a 21 dólares por barril bajo el Brent, a través de intermediarios opacos, lo llamaban "soberanía".
Cuando regalaba crudo a Rosneft, no por dinero, sino para amortizar 6.500 millones de dólares en préstamos rusos a cambio de cobertura política, lo llamaban "soberanía".
Cuando 21.000 millones de dólares de exportaciones quedaron sin cobrar entre 2020 y 2023 —solo se pagó el 16% de lo facturado— y 42.000 millones se esfumaron en tramas de corrupción en PDVSA, lo llamaban "soberanía".
Ahora Estados Unidos aporta 100.000 millones de dólares de inversión 100% privada, empleo e infraestructuras, con un régimen fiscal transparente de hasta 30% de regalía más 15% sobre el ingreso bruto, que supondrán 209.000 millones de ingresos para el pueblo venezolano, gestionados por EE. UU. para evitar que el chavismo lo robe.
El dinero que antes desaparecía en intermediarios y empresas pantalla de la mafia chavista ahora es auditable y trazable.
... Y ahora —sí, ahora— se "indignan".
Fascinante.
Como muchas personas, mi corazón está a la izquierda. Siempre he votado por alguna variación de ella. Mi forma de entender el mundo tiene raíces profundas tanto en el marxismo como en sus críticas desde la misma izquierda, de Camus a Orwell. Pero descubro que lo que me separa de la izquierda oficial —o al menos de su versión tuitera— es precisamente el corazón.
Porque soy de izquierda, mi primer impulso ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la provocó —Trump no despierta en mí ninguna simpatía— sino por los millones de venezolanos que llevan años huyendo de una parodia grotesca del socialismo. Por las madres que no han visto crecer a sus hijos. Por los profesionales manejando Uber en Santiago. Por los que murieron cruzando el Darién.
La izquierda que conozco en Twitter piensa al revés: primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego la no injerencia, y al final —si queda espacio— los venezolanos. Como si el principio de no intervención pesara más que los cuerpos torturados en El Helicoide. Como si los derechos humanos del tirano importaran más que los de sus víctimas.
Este reflejo automático se repite en cada crisis. En Cuba, la corrupción dinástica de los Castro siempre pesa menos que el embargo. Cuando las iraníes se quitan el velo y enfrentan a los mulás, la izquierda busca primero denunciar a la CIA. Cuando quemaron el metro en Santiago, había que entender la rabia antes que lamentar a la cajera que no pudo llegar a su trabajo. No importa que los mulás ejecuten homosexuales, que los muyahidines lapiden mujeres, que los Castro encarcelen poetas: si están contra Estados Unidos, merecen comprensión.
Entiendo el razonamiento. Conozco la historia de las intervenciones, los golpes de Estado, la Escuela de las Américas. Sé que Estados Unidos no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no puedo entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria que no se conmueve ante los videos de venezolanos llorando de alegría en las calles de Caracas. Que no siente nada ante las iraníes cortándose el pelo en señal de rebelión. Que siempre tiene un "pero" listo antes que un abrazo.
Preferiría, por supuesto, que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano. Pero sé —porque la historia lo enseña— que pocas dictaduras caen sin alguna forma de presión internacional. La chilena no lo hizo. La argentina tampoco. La española menos. Y de todas las salidas posibles después del fraude brutal de julio, esta es de las menos sangrientas.
Hoy los venezolanos celebran. Las calles de Caracas se llenan de una esperanza que creíamos muerta. Y yo, que sigo siendo de izquierda precisamente porque creo en la dignidad humana antes que en las abstracciones geopolíticas, celebro con ellos.
Mañana habrá tiempo para analizar, criticar, contextualizar. Hoy, solo hoy, déjenme sentir esta alegría sin pedir permiso al manual del buen antiimperialista. Déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas.
🇻🇪| El gran humorista venezolano Oscar Yanes tenía claro ya en 2003 qué tocaba hacer para salir de Chávez
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La base del argumento de Yanes: «no se puede combatir con métodos democráticos a quienes NO ENTIENDEN de métodos democráticos»
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I've just come back from #Venezuela 🇻🇪 where I spent 2.5 weeks, witnessing the run-up to the presidential vote, and what was arguably the most outrageous election steal in the modern history of Latin America.
I'll share some thoughts below 🧵
@DLaraF Saludos hermano. Las actas son el punto de inflexión. Si la página funciona y hacen pública la data, entonces es auditable. Los desarrolladores pueden pacer aplicaciones, estadísticas, y todo tipo de muestreo. Sería algo inédito en Venezuela.