Algo sobre “los buenos”.
Cuando se descubre la profunda monstruosidad del ser humano en otros, también se nos ofrece la oportunidad de sentirnos buenos —o, al menos, mejores. En la moralidad conveniente del ser humano existe una jerarquía del mal: se puede ser malo, pero menos malo que otros, y así salvarse en la cómoda medianía moral de “los buenos”.
La noticia verdaderamente horrible es que, para estar por completo fuera de este sistema depravado, tendríamos que renunciar a todo lo que este nos provee. Ya nos compraron a todos. Ya nos dejamos comprar. Ya nuestros cuerpos y pensamientos le pertenecen al oscuro poder global de unas empresas también monstruosas. Habría que vivir como el cínico Diógenes para no ser cómplices del horror que tanto aterra a los buenos.
Parece importar más publicitar el sentimiento de repudio que reconocer el horror en su dimensión real, porque hacerlo implicaría admitir que no podemos excluirnos de aquello que, paradójicamente, estamos llevando al clímax de su exhibición. En estos tiempos, hacer de todo un espectáculo (hasta de la renuncia) es uno de los mandatos del sistema de degradación humana, regido únicamente por el dinero y su poder.
Ya hemos conseguido convertirnos en individuos mercadeables en todos los sentidos posibles. Cada uno de nosotros es un ítem en la lista de la compra. No queda nada ni nadie que no tenga precio. Circulamos dentro del circuito cerrado del también monstruoso organismo bancario. Ni siquiera sabemos qué hacen realmente con el dinero de “los buenos”, tan juiciosamente ahorrado en “portafolios de inversión”. Participamos activa y pasivamente de un sistema que es horrendo y criminal en su raíz. No nos salvamos, por muy morales que queramos ser.
Pensemos en esto antes de lanzarnos a creer que somos mejores moralmente que otros.