No me escondo: durante todo el Mundial he querido que la selección de la RFEF palme. Eso sí, es el primer Mundial que mis hijos viven conscientes y están ilusionados. Ilusión que yo no les quito. Los cuartos los vi con mi padre, que también se alegró, muy comedidamente, claro, con el gol de Merino. Yo no quiero quitar la ilusión de los inocentes o creyentes en esta secta laica; simplemente, yo ya no creo en nada de esto. Hace tiempo que me quitaron la ilusión: no quiero ver sonreír a los corruptos, de dentro y fuera del deporte.
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Este día me enamore de él. Y desde ese mismo instante, supe que lo nuestro era algo diferente; algo especial.
13 años después, y con distancia de por medio, mi amor por él sigue siendo incondicional.
Siempre suyo.
Siempre soldado de Mourinho.
Cuando hacemos deporte, todos tenemos un amigo gordo. O, en su defecto, somos el gordo. El gordo no necesariamente es gordo por su contextura física; no se trata de tejido adiposo ni abdomen prominente.
Es una cuestión de aceptación del caso y voluntad: el gordo no corre.
'No hay nada que más me moleste en el mundo que ver a alguien pegando patadas a un balón de baloncesto'.
¡Eso es sagrado! Viendo el vídeo podréis entenderlo aún mejor.
Hemos llegado a un punto en el que los cumpleaños son bautizos, los bautizos son comuniones, las comuniones son bodas y las bodas son ceremonias de inauguración de unos juegos olímpicos.