ℹ️ Jordi Puig i Montse Alimón són una parella de Sabadell que viu des de fa set mesos al seu cotxe, un Dacia Duster, després que se’ls acabés el contracte de lloguer del pis on pagaven 650 € al mes.
👉🏻 Ell té 69 anys i cobra una pensió; ella, 61, cobra l’ingrés mínim vital.
👉🏻 Han demanat ajuda i habitatge públic, però denuncien que l’accés a pisos d’emergència és un laberint de tràmits i esperes de mesos o anys.
👉🏻 No tenen un entorn familiar que els pugui acollir.
👉🏻 Han treballat tota la vida i, tot i així, han acabat dormint dins d’un cotxe.
🤔 Després se’ns queda cara de babaus quan veiem com les administracions troben recursos, allotjaments i dispositius d’emergència per a uns casos, però deixen catalans que han cotitzat tota la vida tirats al carrer.
I Salvador Illa se’n refot dels catalans utilitzant com a eslògan “el Govern de tothom”…
Aquello que no tiene nombre no existe, porque las palabras configuran nuestro pensamiento, nuestra realidad, nuestro mundo. Y en el mundo de mi infancia, las niñas salíamos a la calle a jugar o a comprar el pan con una única orden: bajo ningún concepto debíamos pararnos a hablar con desconocidos ni aceptar ningún dulce, porque había hombres malos que hacían daño a las niñas. En el mundo de mi adolescencia, las órdenes mutaron en advertencias: María Pilar, si algún hombre te sigue, entra en la primera tienda que encuentres y pide ayuda. Ningún otro aviso: tuve que esquivar manos sin cuerpo en los transportes públicos, tuve que huir de la insistente invitación del profesor de filosofía a acompañarlo a su despacho, tuve que escapar de palabras sucias susurradas al oído. Y ya adulta, viví con un punzante (ahora sé que infundado) sentimiento de culpabilidad, un episodio de pesadilla en el ámbito laboral. Todo eso y mucho más pasaba en mi mundo de mujeres y no conozco a ninguna que se librara de nada de lo relatado. Y no nos gustaba. Nos asustaba. Nos asqueaba. Pero habíamos escuchado las conversaciones de nuestras madres sobre aquel tipo de hombres que desde el inicio de los tiempos habitaba en nuestro mundo, hombres de los que debíamos huir. Nunca oímos que el comportamiento de estos hombres transgrediera ninguna ley. “Hay hombres que son así, Siempre los ha habido. Debes evitarlos”. Era, pues, “normal” todo lo que nos pasaba. Y más. Pasaba mucho más. Silenciado. Ocultado. Y un día alguien encuño un nombre. Alguien puso nombre a aquello que había pasado siempre, a aquel comportamiento que la sociedad había normalizado. Sí. Alguien le puso nombre: Violencia machista. Y, poco a poco, pasó de “normal” a “intolerable” y de “intolerable” a “denunciable”. Y empezamos a no aceptar la mano en el culo, la guarrada gritada desde un andamio, la insinuación insistente del profesor de filosofia o la proposición insultante. “Violencia Machista”. Y la presión social obligó a legislar, a detener, a juzgar y a castigar. Y gracias al bendito concepto, mi hija dispuso en su adolescencia y, ahora, en su juventud, de armas de las que yo nunca dispuse. Pero otra forma de violencia derrumbó la puerta de nuestro hogar, una violencia sin nombre, sin culpables. Una violencia “normalizada” que mata, que destroza miles de vidas año tras año, una violencia que sufrimos cada día en las calles de nuestras ciudades, en nuestras carreteras. Es la violencia que ejercen los conductores que no respetan la distancia de seguridad, ni los límites de velocidad, los conductores que conducen bebidos o drogados, que utilizan el teléfono mòbil desatendiendo la conducción. Es la violencia que ejercen los conductores que no respetan la vida ajena. Violencia vial es su nombre. Y es un delincuente quien la ejerce. Y necesitamos que la sociedad deje de percibir como “normal” que haya conductores que conviertan sus vehículos en armas, que debamos compartir nuestras carreteras con personas para las que respetar las normas sea una opción y no una obligación moral. Necesitamos que los medios de comunicación utilizen la palabra “siniestro” y no la inocua “accidente”, que la sociedad no iguale a la víctima con su verdugo.
Las palabras no son triviales.
Y cuando eso suceda, cuando la “violencia vial” exista en nuestro pensamiento, en nuestro mundo, pasará de “normal” a intolerable. Y la presión social obligará a legislar, a detener, a juzgar y a castigar. Y será entonces cuando ni la ley ni los jueces que la aplican humillarán a las víctimas. Será entonces cuando los delincuentes viales como Asier González Silva, el hombre que derribó la puerta de nuestro hogar y se llevó la vida de mi hijo, rendirán cuentas ante la justícia y su delito no quedará impune.
Cuando ese día llegué, vereis sonreir de nuevo a Josep.
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