La deshumanización de los otros abre las puertas del infierno. Ha muerto un niño, un adolescente, un menor de edad que estaba en dependencias del Estado bajo responsabilidad del Estado. No un invasor, no un militar, no un integrante de un ejército. Un niño pobre.
Por cierto: no odiáis el verano. Odiáis las ciudades, el asfalto, y el hormigón. Odiáis la dureza con la que nos trata el sistema que hemos aceptado. La falta de refugios climáticos y de dinámicas sociales que prioricen nuestra salud por encima de la economía (de otros).