En Navidad recuerdo
que algunas sillas no están vacías.
Están llenas de recuerdos,
de risas que todavía se nos escapan
cuando brindamos.
De voces que ya no suenan
pero siguen sentándose con nosotros.
Y entonces sonríes.
No porque no duela,
sino porque el amor
también sabe quedarse
cuando falta alguien.
El tiempo pasa rápido.
A veces demasiado.
Por eso no merece la pena
guardar rencor
ni perder días por orgullo.
La vida cambia en un suspiro
y la gente buena no siempre espera.
Di gracias más veces,
cuida a quienes te cuidan,
sé valiente para acercarte
cuando otros se alejan.
Al final, lo único que duele
es lo que no hicimos
cuando todavía estábamos a tiempo.
A mí si me gustan esos planes de salir por ahí a caminar con calma, mirar el atardecer, comer un helado, reír y hablar de la vida. Ojalá más personas con quienes tener planes así.