Me gusta mi mente cuando no está ocupada. No compite, no recuerda, no redacta excusas. Solo flota, respira y se deja mirar. Es un suspiro donde lo simple recupera su peso. Qué delicia es no pensar en lo que sigue, no medir lo que falta, no corregirme todo el tiempo. Me gusta cuando se calla, cuando camina descalza y se acomoda en lo invisible como si ya hubiera estado ahí antes. No hay nada que entender, no hay relojes que me empujen. La memoria se queda quieta y el deseo no interrumpe. Es un pulso sin causa, sin meta, sin deuda. Allí no soy brillante ni torpe: solo estoy, sin demostrar, sin traducir. Qué descanso es ser, sin ser útil y sin sentirse inútil.