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Padre e hijo mataron y quemaron a menor por robo de bicicleta: el crimen que estremece a Santa María
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🚨EXCLUSIVO
Aquí el momento exacto cuando el niño no saluda a Kast y le da el ataque de histeria contra el niño y su tutor.
“Es su mamá, es su mamá, es su mamá, es su mamá”
No está apto para gobernar.
El primer cliente “corrupto” de Rabat fue Pinochet. En los 2000 integró el equipo que lo blindó en el caso Riggs —cuentas secretas, lavado de dinero— y hasta litigó para anular el comiso de US$5,1M de su fortuna. Hoy es Ministro de Justicia. La impunidad como currículum.
No es experiencia. Es incompetencia
1. Mas de 40 años viviendo de la política
2. 16 años como parlamentario.
3. Tres veces como candidato presidencial.
4. Criticó el gobierno de Bachelet, de Piñera, de Boric, etc.
5. Llega al poder para destruir politica y económicamente el país
El pánico como método: cómo José Manuel Astorga convirtió el desorden del Estado en una novela criminal
Cuando el escándalo real no alcanza, se fabrica uno mejor. Eso hizo José Manuel Astorga con el caso de los niños haitianos no ubicados en el preinforme de Contraloría: tomó un problema cierto y grave —desorden administrativo, bases de datos mal cruzadas, protocolos inexistentes entre organismos del Estado— y lo convirtió en una novela de tráfico infantil con villano político ya identificado de antemano: el gobierno de Boric.
Donde Contraloría habla de niños “no ubicados”, Astorga escribe “desaparecidos”. Donde el informe describe falta de coordinación institucional, él escribe “operación” que “debilitó el sistema desde adentro”. La distancia entre esas palabras no es de estilo: es la distancia entre una falla burocrática y un crimen organizado. Y esa distancia es exactamente lo que permite acusar sin tener que probar nada.
Los datos que Astorga decide no mirar son incómodos para su relato. De 105 niños revisados, 64 no aparecieron en la primera visita; la mayoría fue ubicada después, por cambios de domicilio, vecinos que no abrieron o familias temporalmente fuera. Solo un caso correspondía a una desaparición efectivamente denunciada. La comunidad haitiana, lejos de validar el pánico, declaró que no conocía denuncias de hijos extraviados. Incluso el ministro de Defensa de Kast, Fernando Barros, terminó admitiendo que no había antecedentes serios de tráfico, prostitución infantil ni órganos.
Nada de eso impidió que Astorga instalara imágenes de niños “metidos en aviones” y “hechos desaparecer”. Porque su objetivo no era informar: era producir una atmósfera. Y esa atmósfera cumple una función política precisa.
Aquí está lo que la prensa chilena se niega a discutir sobre sí misma: el pánico mediático no es un efecto colateral del sensacionalismo, es una herramienta de gobierno. Mientras el país discute una red de tráfico que la propia evidencia desmiente, no discute la reforma tributaria que beneficia a los más ricos, ni el secreto bancario que protege estructuras de crimen organizado, ni los recortes culturales, ni el desmantelamiento silencioso de la memoria histórica. Cada titular de pánico es un día menos de escrutinio sobre lo que el gobierno realmente está haciendo.
Astorga no defendió a los niños. Los usó. Construyó con su sufrimiento potencial una cortina de humo emocionalmente irresistible y políticamente rentable, desconectada de lo que sus propias fuentes —Contraloría, La Tercera, El País— estaban diciendo.
El verdadero escándalo nunca fue una red de tráfico ya probada. Fue un Estado incapaz de cruzar una base de datos. Pero esa verdad no vende portadas ni protege gobiernos. La mentira sí. Y mientras Chile siga confundiendo pánico con periodismo, seguirá sin ver lo que tiene justo enfrente: un país que se desarma mientras todos miran hacia el avión equivocado.