Venezuela ante el doble terremoto: duelo, negligencia, heroísmo y la posibilidad de un renacer
por Juan Carlos Sosa Azpúrua
El 24 de junio, con apenas treinta y nueve segundos de diferencia, dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron el litoral central venezolano. La geología, que no entiende de dolores acumulados ni de calendarios políticos, eligió un país que llevaba veintisiete años esperando que alguien, desde el poder, mirara hacia abajo con la misma atención con que mira hacia el cargo vitalicio.
La Guaira, Caraballeda, Catia La Mar, San Bernardino: nombres que hasta ayer evocaban playas y balcones, hoy son sinónimos de escombros, de cifras que el Gobierno actualiza a cuentagotas, miles de fallecidos en apenas una semana, con decenas de miles de desaparecidos que ninguna vocería oficial se atreve a sumar, y de una pregunta que no es solo sísmica, sino moral: ¿cuánto de esta tragedia es obra de las placas tectónicas y cuánto es obra de la desidia humana?
A los muertos, a los heridos que aún saturan hospitales de campaña, a quienes perdieron cada objeto que daba forma a su memoria: una casa, una foto, un piano, una colección de cartas; no les debemos explicaciones geológicas.
Les debemos, primero, el pésame más hondo, y después, la verdad completa. Vayan estas letras, ante todo, como un abrazo a los sobrevivientes y como una reverencia a los que ya no volverán: que la tierra que los cubrió sea, al menos, tierra que algún día vuelva a dar frutos.
Ningún terremoto es solo natural. Lo dice la sismología venezolana en un ejercicio de honestidad que la política rara vez iguala: la magnitud del daño depende menos de la falla que se rompe: Boconó, San Sebastián, El Pilar, las tres arterias tectónicas que atraviesan el país, que de la calidad de lo construido sobre ella.
Puesto en perspectiva, el doblete de junio de 2026 se suma a una lista que Venezuela lleva registrando desde 1530, cuando un sismo destruyó el asentamiento español en lo que hoy es Cumaná. Le siguieron el terremoto de San Bernabé de 1641; el de 1766; el de 1812 (Jueves Santo, un sismo devastador golpeó Caracas, La Guaira, Mérida, Barquisimeto y San Felipe en plena guerra de independencia. Entre 10.000 y 26.000 muertos según estimaciones de la época. El más letal); el de Cumaná en 1853; el Gran Terremoto de los Andes en 1894; el de San Narciso en 1900 (7,7. Despertó Caracas con un tsunami de cinco metros en la costa. Más de mil muertos y una ciudad que volvió a levantarse); el de Cumaná en 1929 con su tsunami de varios metros; el terremoto de Caracas de 1967 (6,5-6,6 cerca de Caracas dejó entre 245 y 300 fallecidos y demostró que incluso las construcciones “modernas” podían fallar si no respetaban estándares antisísmicos. Se aprendieron lecciones que luego se olvidaron bajo el peso de la demagogia y la rapiña); el de Cariaco en 1997; el de Carabobo en 2009; el de Sucre en 2018; y el doblete de Zulia y Lara en 2025, apenas nueve meses antes de estos que hoy sufrimos.
Cada tragedia fue también una oportunidad. Cada vez, el pueblo venezolano demostró una resiliencia casi sobrehumana.
Pero la clase política, en sus distintas encarnaciones, rara vez estuvo a la altura de ese coraje popular. La memoria institucional se debilitó con los años, hasta que la próxima sacudida encontró de nuevo edificios levantados sin rigor, en costas donde la prudencia debía haber impuesto otros materiales y otras alturas.
En 2026 esa historia se repitió con un agravante inédito: veintisiete años de un Estado que desmanteló capacidades técnicas, ahuyentó ingenieros, premió la lealtad sobre la competencia y gobernó usando la opacidad como método.
Por eso, un día después del sismo, los cuerpos de bomberos y protección civil apenas cubrían zonas limitadas; por eso fueron vecinos de La Guaira quienes excavaron con las manos desnudas, sin maquinaria pesada, mientras esperaban una ayuda estatal que no llegaba; por eso un locutor que transmitía los rescates en vivo fue amenazado con ser entregado a los servicios de inteligencia si no apagaba la cámara.
No hace falta imaginar la negligencia: basta con describirla. Un Estado que teme más a la información que a la muerte bajo los escombros ha invertido el orden natural de sus prioridades.
Y sin embargo, entre esas mismas ruinas, ocurrió lo que ni la ingeniería ni la estadística logran normalizar del todo. Un bebé de apenas dieciocho días, junto a su madre, sobrevivió treinta y dos horas bajo un edificio derrumbado en Playa Grande, protegido por esa bolsa de aire minúscula y providencial que los rescatistas llaman, sin ironía, «un milagro». Un niño de tres años fue extraído con vida al sexto día por un equipo jordano, cuando la ciencia del rescate ya daba por agotada la ventana de las setenta y dos horas.
Una mujer de sesenta años, sepultada entre dos paredes durante ochenta y seis horas, contó después que rezó sin pausa y golpeó las piedras con un pedazo de metal hasta que la oscuridad absoluta se convirtió en luz: dijo, con una precisión que ningún poeta hubiera mejorado, que sintió volver a nacer.
Entre los héroes de esta historia hay uno que no eligió el rescate como vocación, sino como redención: «Tsunami», un border collie que en su juventud sufrió maltrato y abandono antes de ser recuperado por una asociación protectora, se formó como perro de búsqueda certificado y ya había trabajado en Turquía y Siria en 2023, y en los deslaves de Las Tejerías.
En La Guaira, guiado por su entrenador Jorge Beens, localizó a un hombre de sesenta años atrapado en un edificio de San Bernardino y participó en la localización de cientos de personas más. Ladraba con insistencia, señalaba con el cuerpo rígido y guiaba a los equipos hasta el milagro.
Hoy, tras esta misión, se jubila. Su historia, de víctima a salvador, es la mejor metáfora de lo que Venezuela puede hacer consigo misma.
«Tsunami» evoca, más de dos décadas después, a «Orión», el rottweiler que se convirtió en símbolo de la tragedia de Vargas de 1999: la memoria animal de este país, resulta, es más leal que la memoria de sus instituciones.
Junto a Tsunami trabajaron más de tres mil rescatistas de casi treinta países: brigadas de Estados Unidos, El Salvador, Chile, México, Colombia, República Dominicana, España, Jordania, Portugal, Ecuador, Argentina, Brasil, Suiza, Qatar, y tantos otros que convirtieron la solidaridad en la única política exterior eficaz que ha tenido Venezuela en años recientes.
El presidente salvadoreño Nayib Bukele no se limitó a enviar palabras de aliento. Despachó más de trescientos rescatistas, cincuenta toneladas de ayuda humanitaria en múltiples vuelos y asumió responsabilidad directa sobre facturas médicas de afectados.
Catar tendió un puente aéreo. Corea del Sur destinó millones en ayuda. Argentina envió binomios caninos. Y tantos más.
Cada uno de esos gestos: carpas médicas, centros de acopio, plantas potabilizadoras, cirujanos trabajando a la intemperie, desmiente la peor tentación de estos tiempos: pensar que la generosidad ha desaparecido del mundo.
No ha desaparecido; solo esperaba, como espera siempre, una tragedia que la convocara. Esa eficiencia y esa empatía concreta contrastan de manera brutal con la parálisis y la improvisación que caracterizaron durante décadas la respuesta oficial dentro de Venezuela.
Nada de esto ocurre en el vacío. El tres de enero de 2026, en una operación militar relámpago, Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro y lo trasladó a Nueva York para enfrentar cargos por narcoterrorismo, comenzando a cerrar veintisiete años de un poder que se creía perpetuo.
Fue, para muchos venezolanos, el primer terremoto bueno: uno que no sepultó vidas sino un statu quo que llevaba demasiado tiempo sepultando esperanzas. Las relaciones con Washington comenzaron, entre tropiezos, a normalizarse; las sanciones al sector energético empezaron a relajarse; la embajada estadounidense reabrió en marzo después de siete años de silencio diplomático.
Y en medio de esa reconfiguración, en marzo, ocurrió algo que nadie había anticipado: la selección de béisbol de Venezuela, con Eugenio Suárez, Maikel García y Willson Contreras al frente, derrotó a Estados Unidos en la final del Clásico Mundial y se coronó campeona por primera vez en su historia. Treinta mil venezolanos rugieron en Miami como si en ese estadio se estuviera jugando algo más que un partido. Y en efecto se jugaba algo más: una catarsis colectiva para una nación golpeada por la agitación política, la emigración y el aislamiento.
Si el tres de enero fue el augurio de que Venezuela podía librarse de una prisión, marzo fue la prueba de que también podía ganar. Ambos episodios preceden a los terremotos de junio, y por eso importan: porque un pueblo que ya había empezado a incorporarse no es un pueblo que el desastre pueda devolver del todo al suelo.
Reconstruir el litoral central no puede significar levantar, otra vez, sobre la misma imprudencia. La historia ofrece ejemplos de cómo una tragedia sísmica se transforma en oportunidad de reinvención.
Lisboa, arrasada por el terremoto de 1755, fue reconstruida por el Marqués de Pombal con la célebre «gaiola pombalina», un armazón de madera flexible incorporado a los edificios que amortiguaba el movimiento sísmico: la ciudad que hoy fascina a millones de turistas nació, de forma literal, de sus propias ruinas y de una decisión de ingeniería valiente.
San Francisco, devastada en 1906, reconstruyó su código de edificación y hoy es uno de los destinos más codiciados del planeta.
Kobe, en Japón, convirtió el trauma de 1995 en el motor de una de las normativas antisísmicas más avanzadas del mundo.
Concepción, en Chile, resurgió del terremoto de 2010 con estándares que hoy se estudian como modelo regional.
La Guaira tiene, en su tragedia, la misma materia prima que esas ciudades: playa, montaña, historia colonial, cercanía con la capital. Lo que necesita no es solo ladrillo nuevo, sino una arquitectura sismorresistente real, códigos de construcción exigibles y fiscalizados; no solo escritos, como ocurrió después de 1955, y una planificación urbana que entienda que el turismo y la seguridad estructural no son enemigos, sino condición mutua.
Convertir a Vargas en un emporio turístico no es una fantasía optimista: es, lo que ya han hecho otras ciudades que un día fueron polvo.
Ningún geólogo serio puede llamar sorpresa a lo ocurrido en junio: lo sorprendente es que, después de cinco siglos de advertencias sísmicas, el país siga construyendo como si la tierra no tuviera memoria. La tiene, y la ejerce con una paciencia geológica que no perdona la imprudencia humana.
Ese es, quizás, el punto más incómodo de este momento, pero también el más urgente. Estados Unidos, que ya asumió un rol determinante en la transición política venezolana desde enero, tiene ante sí la oportunidad de acelerar, junto a organismos multilaterales, la depuración de instituciones que durante casi tres décadas fueron vaciadas de capacidad técnica: cuerpos de bomberos, protección civil, códigos de construcción, sismología aplicada. Y en paralelo, también depurar el resto de las instituciones republicanas sin las cuales no puede existir ni libertad ni democracia.
No se trata de una intervención simbólica, sino de una tutela operativa que convierta la reconstrucción en la primera política de Estado, por encima de cualquier otra agenda.
Y aquí conviene ser explícito: la ambición electoral debe esperar. Venezuela enfrenta, de manera simultánea, una transición política y una catástrofe humanitaria, y la tentación de convertir cada decisión de reconstrucción en moneda de campaña sería una traición a los muertos.
Antes de discutir quién gobernará mañana, hay que decidir quién construye hoy, con qué materiales, sobre qué normas y bajo qué fiscalización. Un país no se reconstruye desde el cálculo partidista; se reconstruye desde el consenso mínimo de que la vida, primero, debe estar protegida de la próxima sacudida.
Hay una lectura posible de esta tragedia que la reduce a pérdida, y hay otra que la entiende como purga. No para minimizar el dolor, que es real, irreparable, y merece llanto sin condiciones, sino para reconocer que a veces la destrucción despeja lo que la inercia nunca hubiera movido: interés internacional renovado por invertir en el país, licencias petroleras que empiezan a fluir, una diplomacia que reabre después de siete años de silencio, un liderazgo interino obligado a mostrar resultados bajo la mirada del mundo entero.
Nada de esto compensa a quienes hoy lloran a los suyos. Pero todo esto puede, si se administra con honestidad, convertir el escombro en cimiento.
El Ave Fénix no elige el fuego: lo padece. Pero elige, después, si se queda en cenizas o si alza vuelo. Venezuela ya demostró en enero que podía liberarse, y en marzo que podía vencer.
Le queda demostrar, ahora, que también puede reconstruirse: no como el país que era antes del temblor, sino como uno más sabio, con instituciones más firmes y con una memoria sísmica, y política, que por fin se niegue a repetirse. A los que lloran hoy, este país les debe eso: que su dolor no haya sido en vano.
La expresión «volver a nacer» no es casual ni es solo consuelo. Es, en el fondo, el gesto más antiguo de la humanidad frente a la catástrofe: convertir la destrucción en umbral.
Los griegos lo sabían cuando contaban el mito de Deucalión y Pirra, los únicos sobrevivientes de un diluvio que arrasó el mundo, a quienes los dioses ordenaron arrojar piedras por encima del hombro para que de ellas naciera una nueva humanidad. Cada rescatado de los escombros de La Guaira es, en cierto modo, una de esas piedras que vuelve a ser persona.
En la tradición nórdica, después del Ragnarök no desaparece el mundo: aparece uno nuevo. Incluso Perséfone debe descender al inframundo antes de que la primavera regrese.
Todas las grandes civilizaciones entendieron la misma verdad. No existe renacimiento sin destrucción previa. Tal vez la tierra también habla. Tal vez, cuando rompe su propia corteza, obliga a las sociedades a romper las inercias que las mantenían inmóviles. No porque el sufrimiento sea bueno. Nunca lo será. Sino porque la respuesta humana puede convertirlo en algo extraordinario.
Y el Ave Fénix, que no resurge a pesar del fuego sino gracias a él, es la imagen exacta de lo que le pide este momento a Venezuela: que las cenizas no sean el final del relato, sino su combustible.
Venezuela ha conocido guerras, deslaves, epidemias, dictaduras, crisis económicas y terremotos. Siempre volvió a levantarse. Porque existe algo que ningún desastre ha conseguido destruir. El carácter de su gente.
Esa capacidad casi milagrosa de compartir un plato de comida cuando apenas alcanza para uno. De abrir la puerta al desconocido. De cavar con las manos desnudas durante horas para salvar a alguien cuyo nombre ni siquiera conocemos.
Mientras exista esa Venezuela, habrá futuro. Porque las ciudades pueden reconstruirse. Los puentes pueden levantarse otra vez. Las carreteras pueden rehacerse. Las instituciones pueden reformarse. La economía puede recuperarse. Y hasta el alma colectiva de una nación puede sanar.
Quizá, dentro de muchos años, cuando alguien recuerde estos terremotos, no piense solo en la destrucción. Piense también en el momento en que Venezuela decidió dejar atrás décadas de abandono para convertirse, por fin, en el país que siempre tuvo el potencial de ser.
Que así sea. Que los muertos descansen en paz. Que los sobrevivientes encuentren consuelo. Y que de estas grietas, abiertas por la tierra, nazca por fin una Venezuela más fuerte, más justa, más sabia y más luminosa.
Como Don Quijote que se cae y se levanta, transformando la realidad para cumplir sus sueños. Como la esperanza. Como una nación que, después de tocar el fondo, descubrió que todavía era capaz de volver a elevarse hacia la luz.
Ver con material multimedia: https://t.co/FrouHPj257
Para comprender la magnitud del problema venezolano, cómo llegamos hasta el colapso total del país, hay que escuchar esta magnífica entrevista:
Martín Rodil | Crimen Transnacional, Elecciones y Poder: La verdad detrá... https://t.co/EXue14AVe1 vía @YouTube
Venezuela. Inversión antes que utopía: por qué esperar la “democracia perfecta” es el mayor error estratégico para el capital energético global.
Por Juan Carlos Sosa Azpúrua
En las últimas semanas han reaparecido —como si emergieran de un sombrero— los habituales profetas del desastre (auténticos jinetes apocalípticos), empeñados en sostener que Venezuela es incapaz de atraer inversiones mientras no se transforme en una democracia ideal, con la institucionalidad de Suiza y un liderazgo político que satisfaga sus expectativas ideológicas.
A esa premisa irreal se suma una narrativa construida a base de exageraciones y falsedades: hablan de violencia generalizada cuando, por primera vez en veintiséis años, el país vive un clima palpable de normalidad; minimizan la liberación de presos políticos como episodios marginales, pese a que ya superan los doscientos en menos de un mes; y sostienen que el sistema criminal permanece intacto, cuando lo que subsiste hoy son estructuras debilitadas, subordinadas y funcionales a una estrategia mayor: evitar una guerra interna y conducir un proceso de transición sin derramamiento de sangre.
La motivación de este discurso no es el bienestar de Venezuela, sino el resentimiento político. Se frustró un proyecto que aspiraba a ejercer poder sin control efectivo y sin capacidad real para contener el conflicto que habría estallado de haberse impuesto ese escenario. A ello se suma una animadversión visceral hacia el presidente Donald Trump, tan intensa que algunos prefieren ver a Venezuela colapsar antes que reconocer el éxito de su estrategia hacia el país.
Tampoco se dice —aunque es conocido con amplitud— que muchos de estos voceros están vinculados a redes financiadas por George Soros, promotor de una agenda ideológica que, bajo el pretexto de una “sociedad abierta”, ha contribuido a la desestabilización política y social en diversas regiones del mundo.
La misma agenda que impulsó disturbios en Estados Unidos, promovió movimientos identitarios como política pública, alentó conflictos geopolíticos y respaldó un régimen de sanciones que asfixió a la economía venezolana y agravó la vida cotidiana de millones de ciudadanos.
Menos aún se menciona el beneficio personal obtenido por algunos de estos actores a través del manejo opaco de la deuda pública y de los bonos de la República, durante el período en que estos quedaron bajo control de un gobierno interino marcado por la incompetencia y la corrupción.
Tras décadas viviendo fuera del país, sin conocimiento directo de la realidad venezolana, se presentan en foros internacionales como expertos, sembrando incertidumbre entre potenciales inversionistas.
Conviene entonces recordar una verdad elemental: las inversiones no esperan a que los países alcancen la perfección institucional. La historia del sector energético demuestra lo contrario.
Medio Oriente, el Cáucaso y amplias zonas de África evidencian que, en determinadas fases, resulta más eficaz invertir donde existen reservas, oportunidades claras y una autoridad capaz de garantizar el cumplimiento contractual, reducir la burocracia y acelerar decisiones.
Singapur no esperó a convertirse en una democracia liberal avanzada para iniciar su transformación. Apostó primero por el orden, la seguridad jurídica y el crecimiento económico.
Hoy, Venezuela presenta un escenario atractivo de forma excepcional para las empresas energéticas:
Reservas probadas de petróleo y gas, identificadas, y en una cuantía que, en el caso del primero, supera las reservas de cualquier otro país del planeta; y del segundo, casi lo mismo.
Mano de obra competitiva.
Cercanía a los principales mercados energéticos del mundo.
Ubicación geopolítica estratégica y acceso directo a Suramérica.
Infraestructura natural privilegiada para telecomunicaciones.
Un historial único como potencia petrolera global.
Condiciones climáticas óptimas durante todo el año.
Precedentes exitosos de financiamiento internacional a gran escala.
Un marco legal en construcción orientado a acelerar la inversión.
Todo ello bajo un elemento decisivo: el Gobierno de los Estados Unidos actúa hoy como garante último del proceso y del cumplimiento contractual.
Rara vez la historia ofrece una oportunidad tan clara para el capital energético global. Ignorarla por dogmatismo ideológico sería un error estratégico de gran magnitud.
Venezuela no necesita discursos utópicos: necesita inversión, desarrollo y tiempo.
---------------------------------------------------
https://t.co/4WDEzdM2A5
Venezuela: riesgo exigible, rentabilidad asimétrica y por qué la arquitectura legal actual —a diferencia de 1922— permite a los inversionistas disciplinados actuar con decisión.
Por Juan Carlos Sosa Azpúrua
Cuando las compañías petroleras internacionales ingresaron por primera vez a Venezuela en 1922, lo hicieron en ausencia de instituciones. No existía un marco jurídico consolidado, ni un poder judicial independiente, ni foros confiables de resolución de controversias. El cumplimiento contractual dependía, en gran medida, de la fuerza, del poder político y de una tolerancia extraordinaria a la incertidumbre.
Ese no es el entorno que enfrentan hoy los inversionistas. Si bien Venezuela sigue presentando riesgos políticos y operativos, dichos riesgos son hoy en sustancia menores y, lo que es más relevante, identificables en el plano jurídico y exigibles.
El actual esquema de cumplimiento se encuentra anclado fuera de Venezuela. Los mecanismos de ejecución están respaldados por la autoridad del Gobierno de los Estados Unidos, que ofrece garantías externas inexistentes hace un siglo. Los foros internacionales de arbitraje —hoy pieza central de la inversión energética transfronteriza— proporcionan adjudicación neutral y previsible.
De forma crítica, los recursos financieros de Venezuela disponibles para satisfacer laudos arbitrales se encuentran en la actualidad administrados bajo el control del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, alterando de manera sustancial el riesgo de contraparte.
Desde una perspectiva legal y de inversión, ello constituye un cambio decisivo. La exposición ya no es en esencia política; es contractual. El riesgo se ha desplazado de la fragilidad institucional interna hacia mecanismos de ejecución reconocidos a nivel internacional. Para juntas directivas, asesores jurídicos generales y comités de inversión, esta distinción es fundamental.
No se trata de una hipótesis teórica, sino de un precedente histórico. Tras las inversiones petroleras en extremo riesgosas de 1922, Venezuela evolucionó muy rápido hacia una nación moderna, convirtiéndose en una de las economías más abiertas y llenas de oportunidades del hemisferio.
Lo que hoy marca la diferencia es la claridad y la velocidad. El horizonte jurídico es más transparente que en cualquier otro momento de la historia moderna del país, y el ritmo de normalización —impulsado por los mercados globales de capital, la tecnología y la convergencia regulatoria— será más rápido de forma exponencial.
La industria de los hidrocarburos nunca ha sido construida por quienes esperan certezas absolutas. Recompensa a actores disciplinados que comprenden el riesgo, lo valoran de manera correcta y actúan en puntos de inflexión. No es una industria para los adversos al riesgo, sino para quienes saben gestionarlo mediante estructura, derecho y mecanismos de exigibilidad.
Quienes estén dispuestos a comprometer capital en esta etapa podrían capturar una de las oportunidades más relevantes de las últimas décadas, porque —como observó Virgilio— «la fortuna favorece a los audaces».
--------------------------------------------------
Nota del autor / Descargo de responsabilidad
El presente artículo se proporciona solo con fines informativos y no constituye asesoría legal. Las decisiones de inversión deben adoptarse sobre la base de hechos específicos, del derecho aplicable y de un análisis jurídico y regulatorio adecuado. Las opiniones expresadas son las del autor y no reflejan necesariamente las de ninguna firma ni de sus clientes.
https://t.co/tpjTFGgWT5
Te agradezco en nombre de millones de venezolanos que te llames a silencio y desaparezcas de la vida pública. Nuestra libertad se ha tardado varios años debido a tu irresponsabilidad, complicidad y corrupción. Todo el lobby que estás pagando con ese dinero no borrará el desprecio que sienten por ti millones de venezolanos.
Y te agradezco, la próxima vez que me veas en público, no te atrevas a venir saludarme, la última vez te estreché la mano para no parecer grosero o maleducado con el staff de las oficinas de los senadores y congresistas, pese a la repulsión que sentí, pero en una próxima oportunidad me veré obligado a dejarte la mano extendida y explicar en el acto tu traición a millones de venezolanos.
Eres la principal razón por la que la Administración Trump todavía desconfía del nuevo liderazgo opositor en Venezuela, eres una desgracia en nuestra historia.