Cuando termina la pelea, los boxeadores, que se estuvieron dañando la salud durante largos minutos, se abrazan. ¿Por qué? Porque entienden que durante el combate hay que dejarlo todo, pero cuando termina, dejan de ser rivales y vuelven a ser personas. Por eso, durante el partido, cuando Mbappé se rio ante cada patada, cuando mostró la pelota o cuando tiró un lujo ya con la ventaja en el marcador, hizo lo que debía: responder con personalidad y fútbol. Pero, cuando no saludó a Gill una vez consumada la victoria y prácticamente se la gritó en la cara, pasó a ser automáticamente un estúpido, un cobarde y un deshonorado. Estúpido, por provocar a alguien recién vencido; cobarde, porque sabía bien que Paraguay no podía revertir el resultado y que el arquero guaraní no podía dormirlo de una piña; y deshonrado porque rompió con todos los códigos que rigen el fútbol y que atraviesan desde los potreros hasta la Copa del Mundo. Un crack Kylian, pero un imbécil de época
Este partido es un robo. Una pena que pase esto. ¿Hasta cuando más lo quiere jugar el arbitro?
Van 20 minutos, hermano. Ya está, termínalo. Vamos a los penales.
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