« sensación, y luego se subió a la bicicleta en el asiento principal.
—Hmmm. Pokemon, Mario Kart o Smash… —frunció el entrecejo, cayendo en que gran parte de los juegos que le entretenían eran del tipo competitivos. La repentina idea de desafiar al gemelo y ganarle »
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Kageyama volteó y avanzó en un principio por su cuenta, asumiendo que el mayor le seguiría en el camino. Y pese a que estaba atento a lo que le decía, no le dirigía la mirada directamente; más bien, la tenía fija a su frente, como quien camina concentrado.
Y es que… si »
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Ahora que su cerebro volvía a estar encajado y oxigenado, con las nociones irreales del ritual descartadas, Kageyama comenzó a explorar la posibilidad de que tal vez estaba soñando. Es decir, no podía culparle por pensar que toda aquella situación era surrealista, y en »
« opuesta frenó su propio brazo antes de llegar a levantarlo. Si realmente estaba soñando, no quería despertar aún.
—…Ya veo. —su tono inicialmente sonó igual de impasible que siempre, pero lo cierto es que sus comisuras comenzaban a alzarse apenas sutilmente, »
« mágico.
No importa.
—Miya-san…
Cerró sus ojos antes de respirar una vez más, luego enderezarse y mirarle, ya más compuesto.
—¿Tanto miedo te daba que te dejara de hablar?
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La ingenuidad del azabache podría deberse perfectamente a que entre inhalaciones exhaustas el oxigeno no estaba circulando correctamente hasta su cerebro, porque estaba casi, casi convencido de que realmente le había invocado a través de un ritual hasta la estación. Eso, »
« hasta que procesó un poquito más el tropiezo en las palabras del mayor antes de responder él, e inevitablemente, sus irises fueron inconscientemente a fijarse sobre la mochila que portaba, cayendo en el entendimiento de que aquello parecía algo un poco más preparado que »
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La bajada hacia el centro desde su sector residencial, rural y escondido dentro de la zona montañosa de Miyagi, no era nada sencilla en un horario donde la iluminación era precaria y limitada casi únicamente al asomo remanente de la luna. Afortunadamente, Kageyama se lo »
« andén eran apresurados y cansados, obligándole a detenerse para recuperar el aliento al llegar al último escalón.
Con la cabeza baja y una palma apoyada sobre la muralla, intentó acompasar su taquicárdica respiración, y sólo cuando se sintió más compuesto, alzó la mirada »