En mayo de 2017 propuse que el Estadio #Monumental sea declarado patrimonio histórico de modo que fuera prioridad institucional la preservación, protección y tutela del Estadio Monumental.
La voz de nuestro club está en nuestra gente; no donde la buscas.
Lo popular rara vez necesita explicación. Lo difícil suele ser reconocerlo. Requiere sensibilidad.
Y en estas horas, el afecto de miles de riverplatenses por el Indio forma parte de esa voz colectiva que es River.
Lamento profundamente la partida de Carlos Alberto “El Indio” Solari.
Se apaga una voz. Permanece para siempre una obra que ya forma parte del patrimonio cultural de los argentinos.
Se va una de las figuras más trascendentes de la cultura popular argentina. Un artista irrepetible, capaz de poner en palabras los sueños, las rebeldías, las alegrías y las heridas de generaciones enteras.
Su obra trascendió la música. Sus canciones acompañaron historias de vida, construyeron identidades colectivas y dejaron una huella imborrable en millones de personas que encontraron en su poesía una forma de mirar el mundo.
La inmensa muestra de afecto popular que hoy lo despide refleja la dimensión de su legado. No es solamente la despedida de un músico: es el reconocimiento a un creador que logró establecer un vínculo único y profundo con su pueblo.
Mis más sinceras condolencias a su familia, a sus seres queridos y a los millones de seguidores que hoy sienten su ausencia.
Su obra permanecerá. Porque hay artistas que mueren y artistas que se vuelven eternos.
La voz de nuestro club está en nuestra gente; no donde la buscas.
Lo popular rara vez necesita explicación. Lo difícil suele ser reconocerlo. Requiere sensibilidad.
Y en estas horas, el afecto de miles de riverplatenses por el Indio forma parte de esa voz colectiva que es River.
Canciones eternas. Muere el hombre, nace el mito.
Por Daniel Kiper.
Las imágenes tienen la textura de esas jornadas destinadas a permanecer en la memoria colectiva mucho después de que sus protagonistas hayan desaparecido.
Desde temprano, en ciudades grandes y pequeñas, en avenidas y calles de barrio, comenzó a reunirse una multitud imposible de contar. Llegaban de todas partes. Algunos caminaban en silencio. Otros llevaban banderas, fotografías gastadas por los años o camisetas que habían sobrevivido a innumerables recitales. Muchos simplemente querían estar allí.
Las veredas se fueron llenando lentamente hasta convertirse en un río humano.
Entre la multitud convivían generaciones enteras. Jóvenes que conocieron al Indio a través de grabaciones heredadas y hombres y mujeres capaces de recordar con precisión el primer recital al que asistieron décadas atrás. Obreros, estudiantes, profesionales, comerciantes, jubilados. Personas que probablemente jamás se habrían encontrado en otra circunstancia y que, sin embargo, compartían una misma necesidad: despedir a alguien que había acompañado buena parte de sus vidas.
Cada tanto, como si obedecieran a una señal invisible, brotaba una canción.
Comenzaba en una esquina, en una fila, en un pequeño grupo de amigos, y poco a poco iba creciendo hasta envolver a centenares de personas. Entonces las voces se confundían en una sola voz. Durante algunos minutos desaparecían las diferencias, las edades y los nombres propios. Quedaba únicamente una comunidad reunida alrededor de melodías que todos conocían de memoria.
Había lágrimas, pero no predominaba la tristeza.
Lo que se veía era algo más complejo y más profundo: una forma de gratitud.
La gratitud de quienes comprendían que estaban despidiendo a alguien que había acompañado sus amores, sus amistades, sus derrotas, sus sueños y sus esperanzas. Porque las canciones poseen un privilegio extraño: logran entrar en la intimidad de las personas y quedarse allí para siempre.
Por eso las grandes despedidas populares nunca pertenecen únicamente a quien parte.
También pertenecen a quienes se quedan.
Durante décadas, el Indio Solari fue mucho más que un músico. Fue una presencia constante en la educación sentimental de varias generaciones argentinas. Sus canciones viajaron en trenes abarrotados, en colectivos nocturnos, en rutas interminables y en habitaciones donde alguien buscaba palabras para nombrar aquello que sentía.
Tal vez por eso la multitud que hoy lo acompaña no parece despedir solamente a un artista.
Parece despedir una parte de su propia biografía.
El domingo, cuando el cortejo avance entre calles colmadas de gente, no caminarán únicamente unos restos mortales. Caminarán también miles de historias personales que durante años encontraron refugio en una canción, en una frase o en una voz.
Y entonces ocurrirá lo que sólo ocurre con los artistas verdaderamente populares: el hombre desaparecerá para siempre, pero el mito seguirá caminando entre la gente.
Porque hay artistas que llenan estadios. Hay artistas que venden millones de discos.
Y hay unos pocos, muy pocos, que logran algo infinitamente más difícil: convertirse en parte de la memoria sentimental de un pueblo.
Esos artistas no mueren del todo. Su arte vence al tiempo.
La voz de nuestro club está en nuestra gente; no donde la buscas.
Lo popular rara vez necesita explicación. Lo difícil suele ser reconocerlo. Requiere sensibilidad.
Y en estas horas, el afecto de miles de riverplatenses por el Indio forma parte de esa voz colectiva que es River.
Comparto mi nueva columna de opinión publicada en Parlamentario:
“La soberanía del devenir: Encrucijadas del tiempo”
Durante siglos creímos que el tiempo avanzaba como una flecha: del pasado al futuro. Sin embargo, los avances de la física moderna y algunas corrientes filosóficas nos invitan a formular una pregunta inquietante:
¿Y si el tiempo no fuera exactamente como lo percibimos?
Una reflexión sobre ciencia, filosofía y condición humana que explora los límites de nuestro conocimiento y una de las mayores incógnitas de la existencia.
Nota completa:
https://t.co/PeN6zIWb4A
El mercado de la ilusión y el balance de la realidad.
Por Daniel Kiper.
Los hinchas de River venimos escuchando la misma promesa: que el próximo mercado de pases resolverá lo que el anterior no pudo. Pasó en 2023, en 2024 y en 2025. Hoy nos vuelven a anunciar una "reconstrucción profunda", instalando una expectativa ficticia para tapar los problemas acumulados.
Sin embargo, hay un patrón alarmante en esta repetición. Durante años, cada frustración deportiva encontró un culpable distinto. Nunca los directivos. Jorge Brito y Stefano Cozza Di Carlo han sido intocables para la prensa hegemónica.
Los intermediarios —esos que solo defienden su propio bolsillo— son promocionados en la euforia de las compras y protegidos a la hora de las críticas. Lo mismo ocurre con los asesores de la Secretaría Técnica: Enzo Francescoli, Leonardo Ponzio y David Trezeguet continúan ahora apalancados por un Director Deportivo que viene de un fracaso en Europa.
El mecanismo de supervivencia oficialista siempre busca un fusible. Primero responsabilizaron a los entrenadores: pasó con Martín Demichelis y pasó incluso con Marcelo Gallardo. Agotadas esas excusas, y ante la imposibilidad de atribuirle a Eduardo Coudet una herencia que él no construyó, el dedo acusador se desplaza ahora hacia los futbolistas.
Pero esos jugadores no llegaron solos.
Fueron seleccionados, contratados y presentados como piezas estratégicas por esta misma conducción. Demandaron inversiones millonarias y nos los vendieron como los salvadores que devolverían a River al protagonismo perdido. Hoy, esos mismos "salvadores" son los culpables de turno.
Mientras tanto, los responsables de diseñar la política deportiva y de dilapidar los recursos del club siguen sentados en sus sillones, blindados de toda critica y sin la menor autocrítica.
Es imperativo corregir errores, pero es imposible esperar resultados diferentes si quienes deciden son los mismos, si los que eligen son los mismos y si los criterios comerciales están por encima de la identidad del club.
A este panorama se suma una alarmante torpeza comunicacional y financiera. Anunciar públicamente que River necesita desprenderse de quince futbolistas equivale a colocarles un cartel de liquidación antes de sentarse a negociar.
Ningún vendedor obtiene un buen precio cuando confiesa su urgencia, y ningún club fortalece su posición cuando le avisa al mercado que sus jugadores ya no tienen lugar en su proyecto.
River de este modo ha perdido dos veces: en la cancha y en el patrimonio.
De hecho, el promocionado superávit del balance 2025 tuvo dos soportes que hoy quedan al desnudo: la venta de Franco Mastantuono y el valor asignado en el activo a los mismos futbolistas que hoy entran en remate. Destruir el valor del plantel para después liquidarlo es, lisa y llanamente, un daño patrimonial.
¿Quién se hará cargo?
River se hizo grande cuando tuvo una idea institucional definida. Cuando las divisiones inferiores fueron el corazón del proyecto. Cuando los dirigentes condujeron el fútbol sin gerentes externos y las decisiones respondieron al interés socio futbolístico del club, no a los negocios de los representantes.
En estos últimos años se confundió cantidad con calidad. Se amontonaron nombres sin construir una identidad, cambiando figuritas para tapar fallas estructurales.
Por eso, el debate no debe centrarse únicamente en los quince jugadores que se van, sino en el modelo que los trajo.
¿Se va a terminar la influencia de los empresarios e intermediarios en el fútbol de River?
¿Van a asumir su responsabilidad quienes diseñaron este fracaso deportivo?
¿Volverá River a construir desde sus inferiores y desde su propia filosofía de juego?
¿O simplemente asistiremos a otro mercado de pases presentado como "extraordinario" para escuchar, en un año, exactamente el mismo diagnóstico?
Los grandes clubes se recuperan recuperando su identidad.
El verdadero desafío institucional consiste, simplemente, en volver a ser River
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Esta apertura popperiana nos obliga a trazar un límite crucial: el hecho de que la física matemática construya modelos de estructuras atemporales no anula el territorio de la acción humana. La libertad y la emergencia de lo nuevo, lejos de ser anomalías, constituyen fuerzas creadoras de una dimensión de la realidad que responde a sus propias reglas.
Existe, en este punto, un puente filosófico indispensable para devolvernos la soberanía de la experiencia. Edmund Husserl sostuvo que la realidad no constituye un dominio único y homogéneo, sino que se organiza en distintas ontologías regionales, cada una regida por sus propias categorías y modos de existencia. Décadas más tarde, Carlos Cossio retomó esa noción para demostrar que el mundo del derecho y de la conducta humana posee una lógica propia que no puede ser comprendida mediante las mismas categorías que explican los fenómenos físicos.
Es precisamente allí, en la región ontológica de la conducta y de la conciencia, donde el tiempo recupera su estatuto de realidad. La física teórica podría estar revelándonos que, en los estratos fundamentales de la naturaleza, el tiempo no es un ingrediente primario. Pero de ello no se sigue que el fluir experimentado por la conciencia sea una simple ilusión o un defecto cognitivo.
Así como el color no existe en los átomos aislados y, sin embargo, el azul del cielo constituye una experiencia perfectamente real, el transcurrir temporal puede ser una propiedad emergente y legítima de la existencia humana.
La memoria que nos constituye, la espera que nos tensa, la esperanza que nos sostiene y el proyecto que orienta nuestras decisiones no son errores de percepción. Son las condiciones de posibilidad para que la libertad, la creatividad y la novedad defendidas por Popper puedan encarnar en el mundo.
El cosmos subyacente puede ser una geometría eterna. Pero la vida humana sigue siendo duración, historia y proyecto.
La ciencia contemporánea no tiene respuestas definitivas para estas encrucijadas. Y quizás esa sea su enseñanza más alta. Cuanto más profundamente investigamos la naturaleza, más descubrimos que nuestras certezas cotidianas son menos sólidas de lo que parecen.
Tal vez el misterio mayor no consista en saber cómo nació el cosmos hace miles de millones de años. Tal vez el verdadero prodigio acontezca cada mañana, cuando abrimos los ojos, miramos el reloj y nos descubrimos sumergidos en la absoluta, reconfortante e inexplicable convicción de que sabemos qué es el tiempo.
Porque acaso el enigma no sea que el universo tenga tiempo.
Acaso el enigma más profundo sea que nosotros mismos somos tiempo intentando comprenderse a sí mismo.
Y tal vez estemos profundamente equivocados.
La soberanía del devenir : Encrucijadas del tiempo.
Por Daniel Kiper.
Durante milenios, la humanidad ha vivido bajo el amparo de una certeza invisible pero implacable: la soberanía del tiempo.
Experimentamos la existencia como una sucesión lineal y fatal: nacemos, crecemos, envejecemos y morimos. Bajo ese prisma, el pasado es un cementerio de hechos fijos, el futuro una cantera de posibilidades y el presente el único filo real donde la existencia acontece. Pocas intuiciones parecen más evidentes, más necesarias, más hondamente arraigadas en nuestra manera de comprender el mundo.
Sin embargo, una de las corrientes más fascinantes de la física contemporánea ha comenzado a erosionar ese refugio cognitivo, sugiriendo que nuestra percepción del transcurrir temporal quizá no sea una ventana directa a la realidad fundamental, sino una construcción parcial de la conciencia: una forma humana, limitada y persistente, de ordenar el universo.
La raíz del misterio se esconde en las matemáticas de la naturaleza. Las ecuaciones fundamentales del cosmos —desde la mecánica clásica de Newton hasta la relatividad de Einstein, pasando por buena parte de la mecánica cuántica— poseen una propiedad sorprendente: en gran medida son indiferentes a la dirección del tiempo. Funcionan con la misma precisión matemática tanto si los acontecimientos avanzan hacia el mañana como si retroceden hacia el ayer.
Aquí emerge una paradoja monumental: si las leyes profundas del universo no distinguen claramente entre pasado y futuro, ¿por qué nuestra conciencia sí lo hace? ¿Por qué recordamos el ayer pero somos ciegos ante el mañana? ¿Por qué vemos una copa de cristal quebrarse contra el suelo, pero jamás observamos que sus fragmentos se coordinen espontáneamente para reconstruirla?
La respuesta clásica proviene de la termodinámica. Según esta interpretación, el tiempo parece avanzar no por un mandato inscrito en cada partícula, sino por una propiedad colectiva: el aumento de la entropía, es decir, la tendencia de los sistemas hacia estados más probables y desordenados. La llamada “flecha del tiempo” no sería entonces una ley elemental, sino un fenómeno estadístico: las cosas se desordenan porque existen muchas más formas de estar desordenadas que ordenadas.
Pero esta explicación nos arroja a un abismo mayor. Si la dirección del tiempo depende del aumento de la entropía, el universo debió comenzar en un estado extraordinariamente ordenado. ¿Por qué el origen del cosmos tuvo esas condiciones iniciales tan especiales? La física actual no ofrece todavía una respuesta definitiva. La flecha del tiempo podría no ser un ingrediente intrínseco de la realidad, sino una consecuencia del modo en que comenzó el universo.
La trama se vuelve definitivamente metafísica cuando interviene la relatividad de Einstein. Al destruir la idea de un tiempo absoluto, la relatividad mostró que no existe un “ahora” universal. Dos observadores en distintos estados de movimiento pueden discrepar legítimamente acerca de qué sucesos son simultáneos. Si el presente no es una frontera objetiva para todo el cosmos, entonces la separación entre lo que fue, lo que es y lo que será comienza a perder la solidez que le atribuye nuestra intuición.
De esa demolición conceptual surge una de las hipótesis más inquietantes de la física y la filosofía contemporáneas: el Universo Bloque. Según esta concepción eternalista, el espacio y el tiempo forman una única estructura tetradimensional. El universo no sería una película que se está filmando cuadro por cuadro, sino la cinta completa, existente de una vez y para siempre.
Así, la ejecución de Sócrates, la llegada del ser humano a la Luna, este preciso instante en que usted lee estas líneas y el último suspiro de nuestras vidas ocuparían distintas regiones de una misma arquitectura cósmica. No seríamos puntos móviles navegando en una corriente temporal, sino trayectorias completas extendidas en la geometría del espacio-tiempo.
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Si esta interpretación fuera correcta, la pregunta inevitable sería otra: ¿por qué experimentamos movimiento, cambio y devenir?
Mucho antes de que estas discusiones alcanzaran la física contemporánea, Henri Bergson formuló una objeción célebre a la identificación entre el tiempo de la ciencia y el tiempo de la experiencia humana. En su histórico debate con Einstein sostuvo que los relojes miden intervalos, pero no capturan la experiencia íntima de la duración. Una hora puede ser idéntica para la física y radicalmente distinta para la conciencia. La espera de una noticia, el recuerdo de una infancia o la expectativa de un encuentro no transcurren como simples magnitudes cuantificables. El tiempo vivido posee una textura propia. Bergson llamó a esa experiencia duración: una corriente continua en la que memoria, percepción y expectativa se entrelazan de manera inseparable.
Desde esta perspectiva, incluso si la física descubriera que el tiempo no existe en los niveles más profundos de la naturaleza, seguiría pendiente explicar por qué la conciencia lo vive con tanta intensidad.
Algunos filósofos de la mente han recurrido a otra poderosa metáfora: la conciencia actuaría como el proyector de una película. Todos los fotogramas existirían simultáneamente en el rollo, pero la ilusión del flujo surgiría cuando la mente los recorre secuencialmente. Nuestra psique, limitada por una interfaz biológica diseñada para la supervivencia, fragmentaría una realidad más amplia para construir la experiencia subjetiva del tiempo.
Pero esta metáfora encierra su propia dificultad: si el universo fuera fundamentalmente atemporal, ¿cómo podría la conciencia “recorrer” una secuencia sin reintroducir el tiempo que intenta explicar?
En la frontera más avanzada de la física teórica, algunas formulaciones de la gravedad cuántica exploran una posibilidad todavía más radical: que el tiempo sea una propiedad emergente. Así como la temperatura no existe en una molécula aislada y solo aparece cuando observamos enormes conjuntos de partículas, el tiempo podría no figurar en los planos fundamentales de la naturaleza. Tal vez sea un efecto macroscópico, una apariencia surgida de procesos más profundos que todavía desconocemos.
Las consecuencias de estas ideas desbordan los laboratorios y sacuden las columnas de la filosofía, la ética y nuestra propia concepción de la vida.
Si el porvenir ya estuviera inscrito en la geometría cósmica, el libre albedrío enfrentaría un desafío severo. Quizás la libertad no consista en alterar un futuro indeterminado, sino en que nuestra voluntad sea el eslabón indispensable para que ese futuro acontezca. Aun dentro de un universo bloque, nuestras decisiones no serían irrelevantes: serían parte constitutiva de la trama.
Pero es en nuestra relación con la finitud donde el impacto se vuelve más íntimo. Bajo la mirada del Universo Bloque, la muerte dejaría de ser una aniquilación absoluta. Ningún instante vivido se disolvería en la nada; cada conversación, cada victoria, cada pérdida y cada destello de felicidad permanecerían inscritos en la arquitectura profunda del cosmos.
No seríamos seres efímeros arrastrados por una corriente destructora, sino estructuras completas. El niño que fuimos, el adulto que somos y el anciano que seremos coexistirían en el mapa del universo. La muerte no sería el final de la cinta, sino el límite de nuestra geometría.
Frente a las interpretaciones deterministas que sugieren un destino clausurado, Karl Popper aportó una advertencia fundamental: las teorías científicas describen el mundo, pero no deben confundirse con el mundo mismo. Popper defendió la idea de un universo abierto, en el que el futuro conserva un elemento irreductible de novedad. El crecimiento del conocimiento humano, la creatividad y la aparición de ideas genuinamente nuevas no pueden ser previstas por completo desde el presente.
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Comparto mi columna de opinión:
“La niña que desapareció entre los relojes del poder”.
Una reflexión sobre el caso de Agostina Vega, el deber del Estado frente a la desaparición de una niña y el valor irremplazable del tiempo cuando una vida está en riesgo.
Porque la responsabilidad pública no comienza cuando aparece un cuerpo. Comienza cuando desaparece una persona.
Un texto sobre justicia, prevención, responsabilidad institucional y la obligación de actuar antes de que sea demasiado tarde.
Nota completa:
https://t.co/pCO976S4yv
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El mismo fin de semana en que Agostina desaparecía y su familia iniciaba una búsqueda desesperada, miles de efectivos policiales eran desplegados en Córdoba para operativos vinculados al fútbol. Muchos hinchas denunciaron maltrato, golpes y procedimientos desmedidos en los accesos al estadio Mario Alberto Kempes.
La comparación no busca restar importancia a la seguridad de un espectáculo masivo. Busca interrogar al Estado sobre aquello que considera urgente.
Porque las prioridades de un gobierno no se expresan únicamente en sus discursos. También se revelan en la forma en que distribuye su atención, sus recursos y sus esfuerzos.
Y una sociedad tiene derecho a preguntarse si la misma energía desplegada para controlar multitudes fue aplicada con igual intensidad cuando estaba en riesgo la vida de una adolescente de catorce años.
Porque la seguridad no consiste solamente en custodiar estadios.
La verdadera seguridad comienza protegiendo a quienes son más vulnerables.
Agostina ya no volverá.
La Justicia deberá avanzar hasta conocer toda la verdad. Si hubo autores, cómplices u omisiones, deberán responder ante la ley.
Pero cuando el ruido de las cámaras se apague, cuando los titulares desaparezcan y el expediente continúe su marcha silenciosa, seguirá flotando una pregunta imposible de ignorar:
¿Se hizo todo lo posible para encontrarla con vida?
Responder honestamente esa pregunta es la única forma de honrar su memoria.
Porque la función esencial de un Estado no es solamente castigar después de la tragedia. Su misión más noble es impedirla.
Y cuando una niña desaparece, cada minuto perdido puede ser la diferencia entre una puerta que vuelve a abrirse y una silla que quedará vacía para siempre.
Agostina merece verdad y justicia.
Pero también merece que aprendamos de su muerte.
La niña que desapareció entre los relojes del poder.
Por Daniel Kiper.
Hay dolores que pertenecen a una familia y dolores que terminan perteneciendo a una sociedad entera.
Hoy el dolor por la muerte de Agostina Vega es nacional.
Tenía catorce años. Una edad en la que la vida suele medirse en cumpleaños, amistades, descubrimientos y sueños todavía intactos. Una edad en la que el futuro debería ser una promesa y no una ausencia.
Nada de lo que se diga podrá reparar el sufrimiento de su madre, de su padre, de sus abuelos y de quienes la amaban. Ninguna sentencia devolverá una vida. Ninguna explicación alcanzará para llenar el vacío que deja una hija muerta.
Pero precisamente porque una vida no puede ser devuelta, la sociedad tiene el deber de formular la pregunta que más incomoda: qué ocurrió, qué falló y qué debemos aprender para que otra familia no vuelva a atravesar el mismo infierno.
La Justicia deberá determinar quién o quiénes fueron responsables de este crimen y aplicar la ley con todo su rigor. Sin embargo, reducir el debate a la identificación y castigo de los culpables sería una forma insuficiente de justicia.
Porque el verdadero deber del Estado no comienza cuando aparece un cuerpo.
Comienza cuando desaparece una niña.
Desde ese instante el tiempo adquiere otro significado. Los relojes dejan de medir horas y comienzan a medir oportunidades. Cada minuto puede acercar el rescate o acercar la tragedia. Cada decisión puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.
Por eso los errores, las demoras y las deficiencias en una investigación nunca son neutros. Nunca favorecen a las víctimas. Favorecen a los culpables.
Cada hora perdida dificulta la recolección de pruebas, permite borrar rastros, altera testimonios, debilita evidencias y amplía los espacios de impunidad. La eficacia de una investigación no es una cuestión administrativa. Es una herramienta para proteger vidas y para impedir que el crimen encuentre refugio en el paso del tiempo.
Es verdad que jamás sabremos qué habría ocurrido si la búsqueda y la investigación se hubieran desplegado con toda su intensidad desde el primer instante. La historia no admite segundas oportunidades ni experimentos retrospectivos. Nadie puede afirmar con certeza que una actuación más rápida habría salvado a Agostina.
Pero tampoco nadie puede sostener lo contrario.
Y precisamente porque nunca lo sabremos, ninguna eventual demora puede justificarse mediante argumentos contrafácticos.
Cuando desaparece una niña, el deber del Estado es actuar como si cada minuto pudiera salvar una vida. Porque muchas veces la salva. Y porque cuando existe siquiera una posibilidad de hacerlo, toda vacilación resulta injustificable.
En casos como este, el objetivo principal no debería ser reconstruir la tragedia después de consumada. El objetivo debería ser impedirla.
Encontrar a la víctima con vida. Llegar antes que el crimen. Llegar antes que la muerte.
Por eso resulta preocupante la ausencia de autocrítica observada tras el hallazgo de los restos. Ante preguntas legítimas sobre el desarrollo de la investigación, la respuesta institucional fue afirmar que no había nada que revisar, nada que corregir, nada que aprender.
Esa postura no fortalece a las instituciones. Las debilita.
Ninguna organización humana es infalible. Ningún funcionario está por encima del examen público. La autocrítica no es una confesión de culpa; es una condición necesaria para mejorar.
Cuando una niña aparece asesinada, el Estado tiene la obligación moral de preguntarse si hizo todo lo humanamente posible para encontrarla viva.
La empatía tampoco es una cortesía.
Es una responsabilidad inherente al ejercicio del poder.
La sociedad esperaba dolor, reflexión y compromiso con la mejora de los mecanismos de prevención y búsqueda. Esperaba respuestas. Esperaba aprendizaje. Esperaba humanidad.
Y detrás de esta tragedia emerge además una pregunta más amplia sobre las prioridades públicas.
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Otra vez la violencia contra el hincha.
Me informan que en la zona de Monroe y Montañeses efectivos policiales con escudos y palos reprimieron y golpearon a simpatizantes de River que simplemente se encontraban reunidos, tomando algo en la previa del partido.
Nada justifica la violencia indiscriminada contra ciudadanos que ejercen pacíficamente su derecho a reunirse y acompañar a su club.
El fútbol no puede convertirse en un escenario donde se naturalicen los abusos, los excesos represivos y el maltrato permanente al hincha.
El socio y el simpatizante de River merecen respeto, no hostigamiento.
Exigimos que se esclarezcan inmediatamente los hechos y se determinen las responsabilidades correspondientes.
River no está en crisis por un resultado.
Está en crisis porque perdió el rumbo.
Cambiar solo al técnico puede descomprimir. Cambiar el modelo, salva.
Porque si no cambia el modelo, todo seguirá igual. Cuando los errores se repiten —mercados incoherentes, superposición de perfiles, falta de identidad, empresarios influyendo— el problema no es circunstancial: es estructural.
Por eso las preguntas no pueden seguir esquivándose:
¿Quién define la política de fútbol?
¿Quién controla a los gerentes y con qué evaluación?
¿Quién mide resultados más allá del relato?
¿Quién asume el costo institucional cuando las decisiones fallan?
River necesita volver a creer en sus inferiores: que vuelvan a ser el corazón del proyecto, no una vidriera para intereses ajenos.
River necesita terminar con la lógica en la que los empresarios condicionan decisiones dirigenciales.
Y necesita dirigentes que conduzcan el fútbol y se hagan responsables, sin delegar y sin excusas.
No se trata solo de nombres.
Se trata de proyecto.
River fue grande cuando tuvo identidad, autoridad y planificación.
Eso es lo que debemos recuperar.
Porque River no es un shopping.
River es el club de fútbol más grande de la Argentina, con una historia que exige seriedad.
Este es el momento:
de asumir responsabilidades,
de ordenar el área,
de transparentar cada decisión,
de volver a las inferiores como eje estratégico,
y de recuperar conducción real.
River necesita proyecto.
Necesita identidad.
Y el socio merece conducción, no excusas.
River necesita recuperar su identidad.
Por Daniel Kiper.
Desde 2019 hasta hoy, River disputó veinticinco competencias oficiales de relevancia nacional e internacional. En ese período obtuvo apenas dos ligas locales: la Liga Profesional 2021 y la Liga Profesional 2023.
El resto del recorrido expone una sucesión de eliminaciones, frustraciones y objetivos incumplidos: Superliga 2019/20, Copa Libertadores 2020, Copa DAM, Copa de la Liga 2021, Copa Argentina 2020/21, Copa Libertadores 2021, Copa de la Liga 2022, Copa Libertadores 2022, Copa Argentina 2022, Liga Profesional 2022, Copa Argentina 2023, Copa de la Liga 2023, Copa Libertadores 2023, Copa de la Liga 2024, Copa Argentina 2024, Copa Libertadores 2024, Liga Profesional 2024, Torneo Apertura 2025, Mundial de Clubes 2025, Torneo Clausura 2025, Copa Argentina 2025, Copa Libertadores 2025 y Torneo Apertura 2026.
El dato no admite maquillaje: River pasó de discutir la supremacía continental a naturalizar campañas irregulares, eliminaciones prematuras y frustraciones repetidas.
Pero lo más grave no es solamente la cantidad de títulos perdidos. Lo verdaderamente alarmante es la pérdida progresiva de identidad futbolística.
River fue reconocido históricamente por su juego, por su talento individual y colectivo, por su vocación ofensiva, por sus inferiores y por una idea estética del fútbol. River no sólo buscaba ganar: buscaba jugar como River. Incluso en la derrota, conservaba personalidad.
Hoy, demasiadas veces, aparece un equipo fragmentado, sin rebeldía, sin funcionamiento estable y sin la jerarquía colectiva e individual que distinguió al club durante generaciones.
La política futbolística merece una revisión profunda. El proyecto deportivo fue reemplazado por un proyecto mercantil y burocrático. Se venden jóvenes antes de consolidarlos. Se compra cantidad antes que calidad. Se incorporan futbolistas sin un criterio rector claro. Se arman planteles extensos, desbalanceados, con superposición de nombres en algunos puestos y carencias evidentes en otros.
A esa confusión deportiva se suma una burocracia futbolística que multiplica cargos y diluye responsabilidades: gerencia de fútbol, secretaría técnica, dirección deportiva, embajadas, asesores, intermediarios. Demasiadas oficinas para tan poca claridad futbolística.
River no necesita elegir entre empresarios. Necesita sacar a los empresarios del centro de las decisiones. Ninguno debe condicionar el destino deportivo de nuestro club.
El hincha de River exige algo más profundo que ganar todos los partidos: carácter, protagonismo, pertenencia y una idea futbolística reconocible.
River puede perder. Lo que nunca debería perder es su esencia.
La historia del club no fue construida desde la resignación ni desde el conformismo estadístico. Fue construida desde la excelencia, la ambición y el inconformismo permanente.
Por eso hacen falta cambios urgentes: en la planificación deportiva, en los criterios de incorporación, en la relación entre inferiores y Primera División, en la estructura de conducción del fútbol profesional y en la defensa de un modelo propio.
River necesita volver a pensar primero en el fútbol. Recuperar su identidad. Volver a formar, volver a jugar, volver a competir, volver a emocionar.
Porque River no atraviesa simplemente una mala racha: comienza lentamente a dejar de parecerse a River.
Pero también sabemos algo más profundo: River siempre vuelve.
Vuelve cuando su gente se levanta. Vuelve cuando el socio exige. Vuelve cuando la camiseta pesa más que los negocios. Vuelve cuando la historia deja de ser recuerdo y se convierte otra vez en mandato.
River tiene memoria, hinchada, inferiores, estadio, pasión y grandeza. Tiene todo lo necesario para reconstruirse.
Sólo falta una decisión: poner nuevamente al fútbol en el centro.
Y cuando River vuelva a jugar como River, cuando recupere su identidad y su coraje, no volverá solamente a ganar partidos.
Volverá a emocionar. Volverá a ser River.
Comparto mi nueva columna de opinión:
“El casino en el bolsillo”.
Una reflexión sobre apuestas online, adolescencia, fútbol y la cultura del dinero rápido en la Argentina contemporánea.
Hoy el casino ya no tiene puertas ni horarios: vive dentro del teléfono celular de millones de adolescentes.
¿Qué ocurre cuando el azar comienza a reemplazar al esfuerzo como horizonte cultural?
¿Qué sociedad construimos cuando millones de jóvenes crecen rodeados de apuestas, algoritmos y promesas de riqueza instantánea?
Nota completa:
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¡Feliz Día de la Patria! 🇦🇷
La Patria no es una idea abstracta: son millones de argentinos que cada día producen, estudian, emprenden, enseñan, curan e investigan. Es cada persona que sueña y trabaja por un país más justo, desarrollado y unido.
Ninguna nación se construye desde el odio o la resignación. Los grandes países se levantan con unión, esfuerzo y una esperanza compartida. Con esa convicción, celebremos hoy el legado de la Revolución de Mayo.
¡Viva la Patria!
125 años de una identidad inquebrantable.
Ser de River no es sólo mirar un partido. Es una forma de entender el fútbol y la vida.
Es la exigencia permanente de superarse. Es el respeto por el paladar negro y el fútbol bien jugado. Ganar, gustar y golear: nuestra filosofía y nuestro contrato de honor con la historia.
Es un legado que atraviesa generaciones: el hilo invisible que une la emoción de nuestros abuelos con la voz de nuestros hijos en la tribuna.
Y es, sobre todo, resiliencia. La certeza de que la grandeza no se destruye: se defiende, se reconstruye y se agiganta en cada generación.
Las derrotas duelen. Y deben doler en un club que nació para competir en lo más alto. Pero la historia de River enseña que los tropiezos jamás definieron nuestra identidad: siempre nos definió la forma de levantarnos.
A un siglo y cuarto de su nacimiento, River sigue siendo mucho más que un club deportivo.
Es escuela de vida, faro social y orgullo popular.
River es nuestra historia, nuestra identidad y nuestro futuro.
Felices 125 años al más grande de todos.
Daniel Kiper
//continuación.
Y esa factura hoy se le adjudica sucesivamente a Demichelis, a Gallardo, a Coudet o al entrenador circunstancial. Pero la responsabilidad principal es dirigencial. Pertenece a quienes diseñaron este modelo: la conducción política del club, la gerencia de fútbol, la secretaría de fútbol, la embajada futbolística y el recientemente designado director deportivo.
La caída ante Belgrano es apenas la fotografía de un paisaje mucho más complejo.
Mientras el fútbol profesional de River siga bajo el mando de una burocracia que no comprende el juego y analiza la pasión desde la comodidad de una oficina, los resultados seguirán siendo espasmódicos y las frustraciones, recurrentes.
Lo venimos advirtiendo desde hace tiempo.
River necesita una profunda autocrítica institucional. Necesita recuperar conducción futbolística real. Necesita devolverle el fútbol a quienes entienden el juego, sienten la historia del club y comprenden que River es, antes que nada, excelencia deportiva, identidad popular y carácter competitivo.
De lo contrario, seguiremos pagando en el verde césped las consecuencias de un modelo que confundió gestionar un club con administrar una sociedad anónima.
Y River no distribuye ganancias. Distribuye alegrías.
River es un club de fútbol. El más grande.
Dale River
La herencia de Jorge Brito.
Por Daniel Kiper.
La derrota frente a Belgrano duele. Era una final. Y toda final perdida admite distintos niveles de análisis.
Podemos hablar de la alarmante previsibilidad del equipo. De un River de posesión estéril, que acumula pases hacia los costados pero carece de profundidad, agresividad y fuego sagrado. Podemos señalar errores individuales, discutir decisiones del entrenador de turno o incluso revisar fallos arbitrales.
Pero quedarse únicamente en el reproche táctico, en el error puntual de un defensor o en la responsabilidad inmediata del técnico sería incurrir en una miopía peligrosa.
El análisis verdadero debe raspar la superficie.
Lo que el socio y el hincha presenciaron en Córdoba no fue un hecho aislado. Fue la consecuencia de una crisis estructural gestada desde 2021 en los despachos dirigenciales. Es el costo de una herencia que transformó el manejo del fútbol profesional de River en una estructura burocrática, mercantil y cada vez más alejada de nuestra historia.
River dejó de pensar el fútbol desde el fútbol.
La gestión de Jorge Brito consolidó un modelo en el que la conducción deportiva quedó desplazada por una burocracia ejecutiva. Se reemplazó el ojo clínico de la vieja escuela dirigencial —capaz de formar futbolistas, comprar jerarquía y defender una idea de equipo— por una lógica de marketing: pagar caro para generar expectativas y vender rápidamente a los mejores talentos como si esa operatoria constituyera, por sí misma, un éxito institucional.
Ese es el error de matriz.
El fútbol no es un banco. No se gana incidiendo artificialmente sobre el mercado ni comprando caro para hacer subir una cotización simbólica. En la cancha son once contra once. Allí no juegan los balances, los anuncios ni las presentaciones de mercado. Allí triunfan el talento, el temple, el juego colectivo, la personalidad y la conducción.
Y River, desde hace tiempo, carece de una política futbolística profunda.
Quienes toman las decisiones centrales en el armado del plantel parecen desconocer las leyes no escritas del juego. No alcanza con detectar “oportunidades de mercado”. Hay que saber cómo se construye un vestuario, cómo se complementan las características de los jugadores, qué puestos necesitan jerarquía real y qué tipo de personalidad exige vestir la camiseta de River.
El resultado está a la vista: un plantel costoso, desbalanceado, cargado de nombres, pero sin una estructura futbolística sólida.
Se gastaron millones.
El equipo no apareció. El juego bonito tampoco. Y los títulos importantes quedaron lejos.
La pérdida de mística es evidente.
Históricamente, los grandes ciclos de River combinaron paladar negro con líderes de fuerte temperamento. Jugadores capaces de plantarse en cualquier cancha. Pero también dirigentes con autoridad para defender a River en AFA, en Conmebol y frente a cualquier poder externo. Dirigentes capaces de conducir incluso a los caudillos del plantel. No les temían: los conducían.
Eso también se perdió.
Al delegar la conducción del fútbol en gerentes, tecnócratas y estructuras impersonales, el club se fue despersonalizando. River no puede ser administrado como una corporación que prioriza palcos, recitales y agenda comercial por encima del espíritu deportivo.
Tener superávit financiero y un estadio moderno es valioso. Por supuesto que lo es. Pero las copas no se levantan con balances contables. El éxito económico no juega a la pelota.
El superávit del último ejercicio resulta elocuente: nació, en gran medida, de la venta de Mastantuono.
Ganaron dinero. Perdieron fútbol.
Cuando la prioridad se invierte, cuando el escritorio desplaza al potrero y la planilla reemplaza la sensibilidad futbolística, el equipo termina pagando las consecuencias en el césped.
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