Me suda la polla si el corrupto es del PSOE, del PP, de VOX o de su puta madre. Dinero público es dinero de todos; el que meta la mano, a la cárcel.
Lo que me revienta es el fanático que, en lugar de indignarse, se pone a justificar lo injustificable con el "y tú más".
@Inversoracon30 No más ciego que el que no quiere ver, yo me cansé de intentar ayudar a gente que aprecio. Ofrécete y si el no quiere pues nada. Se podría ahorrar muchos miles de euros.
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Hace tiempo que dejé de opinar públicamente sobre la política. No porque no me preocupe, sino porque sé lo que ocurre en cuanto mencionas a un presidente —a favor o en contra—: automáticamente te colocan una etiqueta ideológica. A partir de ahí, el juicio desaparece. Ya no importa lo que digas, sino si eres “de los míos” o “del enemigo”.
Y eso es exactamente lo que les conviene a los políticos: una sociedad que no analiza hechos, que no distingue lo correcto de lo incorrecto, sino que aplaude o condena según quién lo diga. Pensar por uno mismo se ha convertido en una anomalía. La lealtad ciega ha sustituido al juicio crítico.
Así que, a pesar de que este post generará riadas de críticas de unos y otros, creo que es una obligación levantar la voz para opinar libremente y con educación sobre lo que está ocurriendo últimamente.
Cada vez es más evidente una nueva realidad política que empieza a definir el rumbo del mundo: el avance silencioso —y a veces estruendoso— de modelos autocráticos, incluso en contextos formalmente democráticos. China y Rusia han normalizado estructuras de poder vertical y sin fisuras, mientras Israel avanza hacia una deriva iliberal en nombre de la seguridad. Pero lo más llamativo es que este patrón ha empezado a repetirse también en países con décadas de historia democrática como Estados Unidos y España, donde el poder ejecutivo comienza a comportarse como si las reglas del juego fuesen un obstáculo que hay que sortear, no respetar.
Trump no se conforma con ganar. Necesita aplastar. Su estrategia no es sólo vencer a su adversario, es aniquilarlo públicamente, convertirlo en ejemplo. Lo está intentando hacer con Harvard, y ahora va a por California: el Estado más rico —cuya economía, si fuese un país independiente, sería la cuarta más grande del mundo—, y que además es el más poblado, más progresista y más demócrata de EE. UU. Si consigue doblegar al más fuerte, es probable que los demás desistan antes de plantar batalla.
Pero hay algo más profundo. Trump no cree en la separación de poderes. Promueve la teoría del poder ejecutivo unitario, que defiende que el presidente debería tener autoridad casi imperial. Según esta visión, el Congreso y el poder judicial no son más que obstáculos prescindibles. Su tuit lo deja claro: "El que salva su Patria no viola ninguna Ley".
Todo se convierte en emergencia. Desde la crisis de los opiáceos al comercio internacional, pasando por la educación. Y si todo es excepcional, todo justifica medidas extraordinarias. Emergencia tras emergencia, el sistema se erosiona, se debilita, se acostumbra al sobresalto. Hasta que el estado de excepción se vuelve norma.
Pero esto no va de ideologías políticas, sino de la forma en que se ejerce el poder. Y de lo que estamos dispuestos a tolerar.
El paralelismo con Pedro Sánchez en España es evidente para muchos. Ambos líderes comparten una estrategia de confrontación constante, donde la crítica no se responde con argumentos sino con deslegitimación. Sánchez también ha intentado debilitar contrapesos institucionales: desde el cuestionamiento al poder judicial hasta los ataques sistemáticos a medios críticos. Además, ha promovido una colonización progresiva de instituciones públicas clave —como el CIS, RTVE o la Fiscalía— e incluso ha influido en entidades privadas que dependen, directa o indirectamente, de fondos o regulaciones estatales. Como Trump, recurre al relato de la excepcionalidad —ya sea el lawfare, la amenaza de la ultraderecha o el bloqueo institucional— para justificar medidas que amplían su control y reducen los espacios de crítica.
Pero hay un aspecto que refuerza aún más este paralelismo: el desprecio a la coherencia política. Sánchez llegó al poder tras una moción de censura basada en la corrupción del Gobierno anterior. Sin embargo, esa vara de medir ha dejado de aplicarse en su propia gestión. Las líneas rojas que prometió no cruzar —los pactos con determinadas fuerzas políticas, la judicialización del procés, el uso de ciertos decretos— han ido cayendo una tras otra. No porque haya cambiado el contexto, sino porque ha necesitado aferrarse al poder a cualquier precio. En lugar de reconocerlo, ha recurrido al argumento de la convivencia, del pluralismo o de la excepcionalidad de la política española. La justificación ya no está en los principios, sino en la necesidad.
El resultado, en ambos lados del Atlántico, es el mismo: polarización, erosión institucional y una ciudadanía cada vez más enfrentada entre sí.
En un mundo donde pensar por uno mismo se ha vuelto un acto de riesgo, escribir sin alinearse con la derecha o la izquierda es casi una temeridad. Opinar con matices es dar munición a ambos bandos para que te ataquen.
Y a pesar de ello, esta mañana me he levantado pensando, ¿Qué nos queda como ciudadanos si, incluso en democracia, expresar una opinión libre y educada sobre quienes nos gobiernan se convierte en motivo de linchamiento?
Así que adelante, puedes usarme de diana si eso te alivia. Yo necesitaba expresar lo que, a mi parecer, está ocurriendo, aunque eso implique exponerse. Porque vivir con miedo a la reacción de los demás no es vivir, es rendirse. Y rendirse no es una opción.
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Este gráfico muestra la realidad que se vive en España. Mientras mucha gente se queja de que su salario es muy bajo, los empresarios se quejan de lo caro que sale contratar. ¿Quién miente? Probablemente ninguno de los dos, simplemente tenemos una carga de impuestos tan brutal, que los empresarios tienen que pagar mucho pero lo que le llega finalmente al trabajador es poco. Si esos impuestos se notasen en una sanidad pública cada vez mejor, en una educación pública cada vez más eficiente y en una capacidad de atender a los necesitados en momentos de crisis...probablemente la mayoría aceptaríamos esos impuestos con mejor cara, pero por desgracia no es lo que estamos viendo en España desde hace tiempo.
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