En el sagrado umbral de la Casa Azul, donde aún sangra el alma de Frida, aparece @marthadebayle posando con frivolidad.
A sus espaldas, mudas y acusadoras, las muletas de Frida se alzan como testigos del dolor que ella convirtió en arte inmortal.
No son decoración.
Son el hierro que sostuvo su cuerpo roto, el símbolo vivo de su martirio y su rebeldía.
¡Qué contraste tan vil!
Una sonrisa de pasarela frente al altar del sufrimiento.
Un espacio sagrado convertido en mero set para vanidad.
La Casa Azul no es pasarela.
Es templo de resistencia, útero de rebeldía, santuario del dolor hecho color.
Como mexicana
esta imagen me quema el alma.
¡Frida merece respeto!
No flashes.
No poses.
No vestidos que bailan sobre su sufrimiento.
Su legado es fuego. No accesorio de moda.
@marthadebayle@ccurieldeicaza@cultura_mx@Claudiashein
#RespetoAFrida
#CasaAzulNoEsPasarela
#FridaNoEsDecoración
🤬💔🖤
No la aceptaron como cirujana, así que inventó una prueba que hoy salva a cada bebé que nace en el mundo.
En los años cuarenta, a Virginia Apgar le cerraron las puertas de los quirófanos debido a las limitaciones de género de la época.
Pero en lugar de rendirse, cambió de rumbo y se convirtió en anestesióloga, un campo donde aún podía marcar la diferencia.
Trabajando en maternidad, notó algo que la inquietó: muchos recién nacidos no recibían atención inmediata, y los médicos no tenían una forma rápida de saber quién estaba en peligro.
Así que una mañana tomó una hoja, escribió cinco criterios (respiración, ritmo cardíaco, tono muscular, reflejos y color de piel) y los transformó en una escala simple pero revolucionaria.
La prueba Apgar comenzó a aplicarse en 1952 y en menos de una década, se usaba en hospitales de todo Estados Unidos.
Desde entonces, millones de bebés fueron atendidos a tiempo gracias a esos cinco números.
Virginia también fue profesora en la Universidad de Columbia, escribió un libro sobre el embarazo y trabajó en la March of Dimes, impulsando programas de salud materna en todo el mundo.
Falleció en 1974, pero cada dos segundos, cuando un médico evalúa a un recién nacido, se escucha en silencio el eco de su trabajo: el nombre de Virginia Apgar.