Yo voté por Abelardo. Mi esposo votó por Cepeda.
Hace cuatro años también votamos diferente. Su candidato ganó. Seguimos juntos.
Lo cuento porque desde ayer recibo muchos insultos de -odiadores- que parecen más escandalizados por un matrimonio que piensa distinto que por la incapacidad de respetar a quien no opina igual.
La democracia no consiste en que todos pensemos igual. Consiste en aceptar que el otro tiene derecho a pensar diferente.
Yo no necesito que mi esposo vote como yo para admirarlo. Tampoco él necesita que yo vote como él para apoyarme o acompañarnos en la vida.
Las elecciones terminan. Los afectos, el respeto y la vida REAL siguen. Se infartan si supieran tantos políticos que son amigos y piensan distinto.
Quizás Colombia avanzará el día que entendamos que pensar distinto no convierte a nadie en enemigo. Pilas, la violencia arranca en el lenguaje y no se olviden que la injuria, calumnia y difamación son delito.