𝐋𝐨 𝐦á𝐬 𝐜𝐫𝐮𝐞𝐥 𝐧𝐨 𝐟𝐮𝐞 𝐞𝐥 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐞𝐦𝐨𝐭𝐨
𝘌𝘯 𝘓𝘢 𝘎𝘶𝘢𝘪𝘳𝘢, 𝘦𝘯 𝘊𝘢𝘳𝘢𝘤𝘢𝘴 𝘺 𝘦𝘯 𝘮𝘦𝘥𝘪𝘢 𝘥𝘰𝘤𝘦𝘯𝘢 𝘥𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘥𝘰𝘴 𝘭𝘢 𝘨𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘥𝘦𝘴𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘳𝘳𝘢 𝘢 𝘴𝘶𝘴 𝘮𝘶𝘦𝘳𝘵𝘰𝘴 𝘤𝘰𝘯 𝘭𝘢𝘴 𝘶ñ𝘢𝘴 𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘴 𝘦𝘭 𝘳é𝘨𝘪𝘮𝘦𝘯 𝘭𝘦𝘷𝘢𝘯𝘵𝘢 𝘳𝘦𝘵𝘦𝘯𝘦𝘴, 𝘦𝘹𝘪𝘨𝘦 𝘳𝘦𝘨𝘪𝘴𝘵𝘳𝘰𝘴 𝘺 𝘴𝘦 𝘧𝘰𝘵𝘰𝘨𝘳𝘢𝘧í𝘢 𝘤𝘰𝘯 𝘨𝘦𝘯𝘦𝘳𝘢𝘭𝘦𝘴 𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢𝘯𝘫𝘦𝘳𝘰𝘴. 𝘋𝘦𝘭𝘤𝘺 𝘙𝘰𝘥𝘳í𝘨𝘶𝘦𝘻, 𝘑𝘰𝘳𝘨𝘦 𝘙𝘰𝘥𝘳í𝘨𝘶𝘦𝘻 𝘺 𝘋𝘪𝘰𝘴𝘥𝘢𝘥𝘰 𝘊𝘢𝘣𝘦𝘭𝘭𝘰 𝘵𝘪𝘦𝘯𝘦𝘯 𝘯𝘰𝘮𝘣𝘳𝘦, 𝘵𝘪𝘦𝘯𝘦𝘯 𝘤𝘢𝘳𝘨𝘰 𝘺, 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘷𝘦𝘻, 𝘵𝘪𝘦𝘯𝘦𝘯 𝘵𝘦𝘴𝘵𝘪𝘨𝘰𝘴.
Por Elizabeth Sánchez Vegas
Hay una imagen de esta semana que ningún comunicado oficial logrará borrar: en La Guaira, a la orilla del mismo mar que durante generaciones fue postal de domingo, hombres y mujeres apartan bloques de concreto con las manos desnudas, sin grúas, sin palancas, sin más herramienta que la desesperación, buscando a los suyos bajo edificios que el miércoles a las seis y cuatro de la tarde se sentaron en el polvo. Habían bastado dos sacudidas, la primera de magnitud 7,2 y, treinta y nueve segundos más tarde, otra de 7,5, la más violenta que el país recuerda en más de un siglo, para partir en dos la vida de millones: un minuto y medio, acaso dos, de una tierra que en vez de calmarse crecía, aunque, como confesó una sobreviviente, nadie estaba contando los segundos mientras el mundo se desfondaba. Veintisiete horas después del doble sismo, los equipos de rescate seguían siendo escasos y quienes excavaban eran, en su mayoría, vecinos. Esa estampa, un pueblo arañando la tierra, es la fotografía verdadera del país. La otra, la que difundieron los canales del Estado, mostraba a la presidenta encargada Delcy Rodríguez recibiendo a un general de los Marines y celebrando una llamada de Donald Trump. Dos Venezuelas separadas por unos pocos kilómetros y por un abismo moral que no abrió ningún terremoto.
Porque tampoco fue solo este litoral: el doble sismo le pasó por encima a media Venezuela. En Caracas reventó el edificio Petunia, veintidós pisos plegados sobre sí mismos en pleno Chacao, se vinieron abajo estructuras en el viejo San Bernardino y se agrietaron Los Palos Grandes y Altamira; en Maracay se desplomaron paredes enteras de la urbanización Andrés Bello; en Valencia se desfondó una vieja sede universitaria; en Morón la carretera se abrió como una herida. Cuando se sumaron los cientos de edificaciones vencidas a lo largo de una decena de estados, quedó claro que esto no tenía un punto en el mapa: tenía la forma de un país entero hincado de rodillas.
Conviene fijar los nombres, porque las tragedias administradas por figuras anónimas se diluyen, y esta no debe diluirse. Quien encabeza el régimen de manera interina, tras la captura de Nicolás Maduro en enero, es Delcy Rodríguez. Quien anunció la cifra de novecientos veinte muertos desde la presidencia del Parlamento es su hermano, Jorge Rodríguez. Y quien tomó las decisiones operativas sobre la zona del desastre es el ministro del Interior, Justicia y Paz, Diosdado Cabello. Tres apellidos, un mismo aparato, una sola manera de entender el mando. Apréndetelos, porque cuando todo esto pase y los voceros intenten reescribir la historia, tú serás el archivo que no se deja corregir.
Detente en lo que hizo Cabello, porque ahí se asoma el alma de un régimen con una nitidez que estremece. Mientras bajo los escombros se consumía el plazo que la medicina considera decisivo para sacar a alguien con vida, su primera gran obra de gestión no fue una excavadora: fue un retén. Ordenó restringir el acceso a La Guaira y montó un registro obligatorio en el Poliedro de Caracas para filtrar quién podía y quién no podía ir a ayudar, con el pretexto de evitar la llegada de personas «sin tarea asignada». Léelo dos veces. En el peor instante, cuando cada par de manos equivalía a una vida posible, el régimen consagró su energía a decidir cuáles manos tenían permiso. La burocracia del control girando a toda máquina mientras la maquinaria del rescate brillaba por su ausencia.
Esa fijación por administrar el acceso en lugar de multiplicar el auxilio no es un tecnicismo logístico: es una declaración de prioridades firmada con todas sus letras. El mismo régimen que admite apenas unos cientos de desaparecidos, cuando Naciones Unidas calcula que podrían ser decenas de miles, halló tiempo y tropas para militarizar el litoral. El mismo que mantuvo bloqueada la red social X durante dos años la liberó de golpe ahora, como si el oxígeno de la información fuese un grifo que ellos abren y cierran a capricho. Se ha denunciado, además, que funcionarios policiales retuvieron insumos humanitarios que la propia gente había recolectado para los damnificados. Y a un hombre que sacó a su hermana en coma de entre las ruinas, en el hospital le cobraron por cada cosa: todo era pagar y pagar. Pregúntate qué clase de Estado convierte una catástrofe en una aduana.
Y aquí conviene detenerse en la ausencia más elocuente de todas. En cualquier país del mundo, cuando la tierra se abre, los primeros en llegar a los escombros son los soldados; la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, que se proclama columna vertebral de la patria, debió ser la primera mano tendida sobre Caraballeda, sobre Chacao, sobre cada lugar golpeado. No lo fue. Durante las horas que de verdad importaban, los vecinos de las zonas más arrasadas removían el concreto por su cuenta porque, sencillamente, no veían cascos ni maquinaria oficial donde más se les necesitaba. Los uniformes se hicieron visibles más tarde, casi en coreografía con el aterrizaje de los aviones extranjeros, como si la tropa hubiese estado aguardando a que llegaran los estadounidenses para salir a la foto. Y cuando el país por fin vio a su ministro de la Defensa, el general en jefe Gustavo González López, no estaba arrodillado sobre una losa tratando de escuchar un latido: estaba en la pista de Maiquetía dándole la bienvenida a un general de los Marines de Estados Unidos. Que cada quien saque la cuenta de a quién acudió primero el régimen, si a su gente sepultada o a la cámara que lo retrataría recibiendo al extranjero.
¿Es maldad o es incapacidad? Durante años nos adiestraron para debatir esa pregunta como si encerrara una hondura filosófica. Pero a la madre que escarba el cemento con los dedos en carne viva, a las dos de la madrugada, buscando el rostro de su hijo, la distinción no le entrega un solo gramo de consuelo. Cuando un poder dispone de recursos para el retén, para el censo de voluntarios, para la cámara y para el general extranjero, pero no para la grúa que salvaría a quien todavía respira bajo la losa, la línea que separa la perversidad de la desidia se vuelve un detalle de abogados. El resultado es idéntico, y de ese resultado se responde ante la historia. A un régimen no se le juzga por lo que dice sentir, sino por lo que elige hacer cuando el reloj corre contra la vida de su gente; y lo que estos eligieron, con plena conciencia de la urgencia, fue decidir quién tenía permiso para ayudar antes que mover un solo escombro.
Por eso ocurrió lo que ningún ministro de propaganda conseguirá maquillar. Cuando Delcy Rodríguez llegó a posar frente al edificio Petunia, esa torre de veintidós pisos que en el este de Caracas se desplomó losa sobre losa, los vecinos que aún aguardaban a sus muertos no la recibieron con aplausos sino con un grito unánime: fuera, fuera. Le reclamaron en la cara que dejara de hacer campaña sobre una tragedia y le gritaron, sin filtro, que «el gobierno no está haciendo nada por el pueblo». Hay abucheos que pesan más que un plebiscito. Detrás de esa cinta amarilla, un país entero le dijo a su "gobernante" lo que las urnas llevan años intentando decirle, y el desprecio de los humildes, cuando es a la cara, no admite operación de imagen que lo borre.
La tierra que hoy se traga a los inocentes ya conoce de memoria el sabor del abandono. En diciembre de 1999, ese mismo litoral, entonces llamado Vargas, fue sepultado por un alud que se llevó a decenas de miles de personas, en una de las peores catástrofes de la historia venezolana. Cambian las décadas, cambia el nombre del estado, cambia el ministro de turno, pero la costa vuelve a quedarse sola frente a la muerte mientras el poder se ocupa de su propio retrato. Hay heridas que no son geológicas, sino políticas, y se reabren puntualmente cada vez que la naturaleza golpea donde el Estado jamás construyó nada, salvo discursos.
Y sin embargo, anota esto donde puedas releerlo en los días sin luz, lo que estos escombros dejaron al descubierto no fue solamente la pequeñez de quienes mandan, sino la estatura descomunal de quienes obedecen sin que nadie se los ordene. Mientras ellos se atrincheraban en sus protocolos, nosotros nos arremangamos. Lo viste y se te cerró la garganta: caravanas de motos y carros desvencijados descolgándose hacia Vargas, cargados de agua, de medicinas, conducidos por gente que no preguntó por quién votabas antes de tenderte una caja. Lo viste en las plazas de Caracas, de Ciudad Bolívar, de Maracaibo, transformadas de la noche a la mañana en almacenes que ningún decreto ordenó, donde una señora que apenas estira lo suyo para la olla del mes dejaba igual sus dos paquetes de harina y se santiguaba. Lo viste en las manos, las tuyas, las de tu hermano, las del desconocido de al lado, pasándose baldes de escombro en cadena hasta que los dedos sangraban y nadie se quejaba, porque debajo todavía podía haber alguien respirando. Y lo viste afuera, en esa diáspora a la que tanto despreciaron por marcharse, empacando cajas en Doral, en Madrid, en Panamá, con el pulso temblando de rabia y de amor a partes iguales, devolviéndole a la tierra que los expulsó cada gramo de lo que el régimen les negó. Esta es la verdad que ningún retén podrá clausurar: donde ellos tendieron un cordón, nosotros tendimos los brazos, y volvimos a descubrir, como si todavía hiciera falta, que somos, los unos para los otros, lo único en este país que no se ha derrumbado jamás.
Y esa voluntad encontró además quien la encauzara desde donde el poder menos lo esperaba. María Corina Machado, premio Nobel de la Paz y la dirigente a quien le arrebataron las instituciones pero no la brújula, no tenía ministerios que movilizar ni cuarteles que comandar ni aeropuertos que abrir: tenía un teléfono, una red de voluntarios y una certeza. Desde fuera de toda estructura oficial puso las plataformas de su movimiento a rastrear desaparecidos, a canalizar el auxilio y a recoser el tejido que el terremoto y el abandono habían desgarrado, y le repitió al país una frase que vale por todo un programa de nación: no estamos solos, nos tenemos. Resulta que para conducir un rescate nunca hizo falta el poder; hizo falta la voluntad de servir. Y esa, en Venezuela, hace rato dejó de tener domicilio en Miraflores.
No voy a mentirte prometiéndote que el dolor terminará pronto, porque habrá que contar a cada muerto con la rabia de saber que a muchos era posible salvarlos, y porque familias enteras cargarán para siempre esa certeza. Pero algo quedó demostrado esta semana con la fuerza limpia de una revelación y es que el régimen que se cree dueño del país acaba de descubrir que ni siquiera es dueño del duelo. Podrán controlar el acceso a La Guaira, registrar a los voluntarios, bloquear y desbloquear las redes a su antojo, posar junto a quien les convenga. Lo único que jamás conseguirán es inscribir en su planilla la dignidad de un pueblo que ya aprendió a rescatarse sin pedirles nada, esa dignidad que no entra en su Poliedro, no cabe en su censo y no se detiene ante su retén.
𝐋𝐚 𝐝𝐢𝐠𝐧𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐧𝐨 𝐩𝐚𝐬𝐚 𝐩𝐨𝐫 𝐬𝐮 𝐫𝐞𝐠𝐢𝐬𝐭𝐫𝐨.
PD: Una nota final, porque no puedo ni quiero cerrar sin decirlo. A esta tierra que se quedó sola frente a su propio régimen no la dejó sola el mundo. Llegaron de todas partes: del país más poderoso y de la isla más pequeña, del que siempre nos abrazó y del que ayer nos daba la espalda, cruzando fronteras, idiomas y banderas que en cualquier otro momento los habrían enfrentado. Vinieron con grúas, con hospitales de campaña, con toneladas de agua y de medicinas, con manos que no hablaban nuestro idioma pero entendían perfectamente nuestro dolor. Y vinieron también sus perros: animales adiestrados para oler la vida donde nosotros ya solo veíamos escombro, que se metieron en los huecos sin preguntar de qué color era la patria que rescataban, moviendo la cola cada vez que debajo de las ruinas encontraban un corazón aún latiendo. A cada rescatista, a cada médico, a cada piloto que voló de noche, a cada perro con las patas heridas de tanto escarbar: gracias. Nos recordaron que la humanidad, cuando quiere, todavía sabe ser una sola.
𝐆𝐫𝐚𝐜𝐢𝐚𝐬, 𝐦𝐮𝐧𝐝𝐨. 𝐕𝐞𝐧𝐞𝐳𝐮𝐞𝐥𝐚 𝐧𝐨 𝐥𝐨 𝐨𝐥𝐯𝐢𝐝𝐚.
@homeroboscan ...y que regresen los ORFEBRES o reabran sus negocios...se generaría un negocio turístico honorable y rentable. Solo así, se podría tener un "anillito" o "crucecita" con oro venezolano
@homeroboscan@AJMundarain ...otra gran noticia...¿Quienes se irán?... mínimo el 90% y el resto se compromete a defender la Patria y Ciudadanos...solo personas honestas y cero militancia política
@kayakestable ...al entrar el padre. El hijo lo mira con desesperación y le dice: "papá, las matemáticas a este nivel me están matando"...se unen en fraternal abrazo y su papá le responde: "eso me pasó a mi también"...
@leoperiodista@Retro_Series Tristeza infinita leer la noticia de la desaparición del Maestro Rafael Saavedra... modernizó la Escuela de Música Miguel Ángel Espinel en San Cristóbal...su influencia educativa musical forjó excelentes músicos y docentes...QEPD
Dijo una vez Anthony Hopkins: “Soy consciente de mi mortalidad. A los 88 años, me levanto cada mañana y digo: ‘Oh, todavía estoy aquí’. Y tengo ganas de hacer travesuras. Sigo trabajando porque amo ser actor. Amo la actividad. El trabajo me mantiene vivo. Cuando envejeces, tienes más conocimientos, al menos un poco más sobre la vida, así que sabes cómo proceder. Cuando eres muy joven, crees que sabes cosas, pero no. Pero cuando llegas a mi edad piensas: ‘Bueno, sé algunos trucos sobre la vida’” .  
Las cadenas del comunismo, tenían atadas a las industrias del vecino país.
Es difícil creer que en Colombia, un minoritario número de incrédulos pidan destrucción para sus vidas, sin saber exactamente qué es el comunismo.
@JorgeEickhoff En mi adolescencia (en el Liceo) significaba un saludo de honor y expresaba: "todo lo que se diga será verdad y cero mentiras". Así se arreglaban los problemas.
@mahebo Ella se presenta ante el Papa con la única arma de los Católicos, Apostólicos y Romanos: el SANTO ROSARIO. En su recorrido por Venezuela muchísimos Ciudadanos le entregaban rosarios como símbolo de FÉ y ESPERANZA. Rezarlo trae consigo: paz, perdón, unión...
@imwaser Te voy a responder a lo gocho...mijitico, la cualidad más hermosa del ser humano es la gratitud. Aquí están tus raíces, tu logro INTELECTUAL que hoy es reconocido en España...el odio 😡 daña el organismo. !aja! Soy de Derecha y Capitalista