Y esto es lo que “vale” un Graduado en Derecho: 8€brutos/hora. Eso si, tendrá la oportunidad de trabajar para Instituto Gallego de Consumo. Para esto formamos a los jóvenes. De esto decimos algo @Yolanda_Diaz_ ? @Xunta@UGTCoruna@CCOO#VerguenzaNacional
🇪🇸 La jugada es ESPECTACULAR.
El PSOE sabía anoche que JUNTS votaría en contra del llamado Decreto Maricarmen. Y esta mañana empieza a circular en la prensa, citando voces y fuentes socialistas, la posibilidad de un adelanto electoral.
¿Casualidad?
La lectura que hago es clara: poner sobre la mesa un posible adelanto electoral mete presión a JUNTS para cambiar su voto, sabiendo que un nuevo escenario electoral podría dejarle con mucha menos capacidad para condicionar un futuro Gobierno.
La jugada ha salido mal para el PSOE porque los decretos finalmente han caído con los votos en contra de PP, Vox y Junts.
Pero, aun así, políticamente pueden intentar ganar de una manera u otra.
Ahora Pedro Sánchez vuelve a tener todo un fin de semana para “reflexionar” sobre si continúa la legislatura o vuelve a reclutar ovejas camino de las urnas.
Y mientras tanto, de cara a la galería y especialmente ante una parte del electorado joven, el PSOE ya tiene construido su relato:
“Nosotros votamos SÍ al cambio en la vivienda. Fueron los demás quienes lo bloquearon”.
MUCHO OJO.
Porque mientras toda España habla de Maricarmen, vivienda, JUNTS y elecciones, quizá deberíamos preguntarnos qué está ocurriendo fuera del foco.
Y aquí va otra de mis hipótesis:
Detrás de lo de Francia y detrás de lo de España, curiosamente, está la OPEN SOCIETY de SOROS…
Seguid ese hilo.
Para mí, esto tiene todos los ingredientes de una enorme CORTINA DE HUMO.
Y puede que lo verdaderamente importante todavía no haya empezado…
Con el IPC subiendo a un 5% es una idea brillante limitar la subida de los alquileres a un 2% y que el propietario se coma la diferencia ¿Qué podría salir mal? 🤔
Se han abortado entre 4 y 20 veces más niños en los últimos 50 años que el total de muertos si sumanos TODAS las guerras de TODA la historia.
A día de hoy, de hecho, cada 2-6 años se alcanza igual número de niños abortados que los muertos de todas esas guerras de la historia.
El TJUE avala recuperar cobros por cláusulas abusivas aunque hayan pasado más de tres años
Considera contrario al Derecho comunitario que el transcurso de ese plazo permita mantener cobros derivados de una condición declarada inválida
https://t.co/v5XYGIcyYX
Today we announced the Claude-led discovery of a molecular machine that we suspect could represent a new gene editing mechanism. Its precise function, biotechnological utility (if any), or level of significance is not yet clear, but at minimum it is work I would have been proud to do as a PhD student. The work was done mostly, though not entirely, by Claude: our life sciences team suggested a broad area of research, Claude read through the literature and a bunch of genome data and discovered something interesting, then Claude proposed experiments to verify the discovery and our team carried them out.
It’s easy to dismiss this as a one-off or curiosity, but we’ve repeatedly seen a pattern where AI performance in new intellectual domains goes from weak to superhuman in a matter of a few years. In 2023 models struggled to do math at the level of an average high-school student. In 2024 they started to do well on math competitions for the best high-schoolers in the country, in 2025 they started to solve minor open problems, in early 2026 more significant open problems, and in late 2026 they are beginning to solve the top few open problems in all of mathematics. We believe AI for biology is on a similar exponential trend.
The main difference between biology and mathematics, of course, is that math can be done purely theoretically, while biology requires experimentation. Some have used this to draw the conclusion that AI’s utility in biology will be limited. We think this is wrong. As we’ve demonstrated today, humans can collaborate with AI to perform the experiments, validate key results in a few weeks and, if necessary, work with the AI to iterate on what they find. Eventually it may even be possible for Claude itself to safely perform the experiments by autonomously controlling lab equipment, with appropriate safeguards in place, but we aren’t doing that today (our lab is also a BSL1/BSL2 facility that doesn't handle materials dangerous to humans).
More broadly, biomedical advancement has many stages — from fundamental biology discoveries, to translational research, to drug discovery, clinical trials, and finally the actual delivery of medicines and health care to patients. We are also interested in these later stages, but even simply accelerating the first stage of fundamental biological discoveries has the potential to speed up and broaden the entire pipeline. Improving our understanding of biology and sharpening biologists’ tools can drive forward all of the later stages, for example by identifying new drug targets, finding new therapeutic modalities, allowing for more precise measurement, and speeding up the experimental loop which itself further accelerates our understanding of biology. This will not in itself speed up clinical trial times, but if it succeeds it could greatly increase the number of promising candidates that go into the pipeline — an increase in throughput even though latency remains.
In Machines of Loving Grace, I wrote about AI’s potential to “cure most diseases in 5-10 years” — a goal that sounds impossible, but one I believe is just barely possible if AI is applied to every stage of the pipeline. The first step is showing that AI can first help with, and then drive, biological discoveries.
Claude’s discovery is the latest in a line of related prior work that goes back decades, beginning with systems like CRISPR, and continuing with discoveries like the bridge recombinase and VIPR in the past few years. Recently, there has been heightened interest in systems based on reverse transcriptase (RT) enzymes, the enzyme underlying the system Claude identified. And most recently, a Stanford team working independently described a novel RT system with an associated non-coding array that is in some ways similar to the one Claude found, though they are distinct systems that evolved independently from each other. I believe that we’re at the very beginning of finding such systems and developing them into powerful tools for biotechnology.
I’m proud of the resources Anthropic has invested in accelerating the public benefits of AI through the life sciences, and we’re aiming both to grow our life sciences team and to work with other scientists to extend this approach to a broad range of problems. If you have a proposal for a research collaboration or are interested in joining our life sciences team, please reach out.
Hoy han desahuciado a Maricarmen.
Tiene 87 años y llevaba 70 en el mismo piso de Retiro. Era el cuarto intento, y anoche acamparon cientos de personas en su puerta para impedirlo.
Es un drama, creo que todos estaremos de acuerdo. Porque Maricarmen es una persona muy mayor. Pero que sea un drama no significa que no sea lo justo.
Durante meses hemos oído la matraca de que la culpa es de Franco y del machismo de la época. Pero con saber un poco del tema o interesarte sin sectarismos, sabrás que la ley que la ha sacado de su casa es de 1994, y la hizo el Gobierno de Felipe González.
Sí, una ley del PSOE. Lo que sí venía del franquismo era la ley de la renta antigua.
Su padre firmó el contrato en 1956 con la ley de entonces, que contenía la prórroga forzosa: aunque el contrato venciera, el casero no podía echarte, y te quedabas mientras quisieras salvo en casos muy concretos.
Cuando el inquilino moría, el contrato podía pasar a su familia mediante subrogación.
Y eso fue lo que ocurrió con su casa. En 1961 murió el padre y el contrato pasó a la madre. Con aquella ley, cuando muriera la madre, Maricarmen se habría quedado el contrato y podría haber seguido de inquilina toda la vida.
En 1985, el decreto Boyer, del primer Gobierno de Felipe González, acabó con la prórroga forzosa, pero solo en los contratos nuevos. Los antiguos siguieron igual.
El cambio que afecta a Maricarmen llega en 1994, con la Ley de Arrendamientos Urbanos.
La sacaron adelante el propio Felipe González y Borrell, que era ministro de Obras Públicas, con la idea de ir cerrando poco a poco los contratos de renta antigua.
Quien ya vivía en el piso podía seguir hasta el fallecimiento, y si el contrato pasaba a su viudo o su viuda, también. Pero si pasaba a un hijo, solo le quedaban dos años.
La ley amparaba dos excepciones. Una, tener una discapacidad del 65% o más. Otra, que el hijo fuera mayor de 65 o estuviera jubilado y se quedara el contrato en los diez primeros años de la ley, o sea, antes de que acabara 2004.
En esos dos casos, el hijo seguía de por vida.
La madre de Maricarmen murió en 2005, cuando ella ya pasaba de los 65, pero ese plazo se había cerrado al acabar 2004. Además, su discapacidad reconocida es del 50%, y no llega al 65% que pide la ley.
Por lo tanto, no entraba en ninguna de las dos excepciones, y su subrogación era de dos años: el contrato se extinguió en 2007.
El argumento del machismo tampoco se sostiene como tal, más allá de que todos estemos de acuerdo en que era indignante que las mujeres no tuvieran los mismos derechos que los hombres.
Es cierto que en 1956 una mujer casada no podía firmar un contrato sin permiso del marido, y el contrato estaba a nombre del padre. El Sindicato de Inquilinas dice que, si hubiera estado a nombre de los dos, lo de Maricarmen contaría como primera subrogación y el contrato seguiría vivo.
Pero con la ley de 1994 eso da igual: al hijo que se queda un contrato antiguo le tocan dos años, sea la primera vez que el contrato cambia de manos o la segunda.
Durante 15 años nadie le dijo nada. Los dueños le siguieron cobrando el alquiler como si el contrato siguiera en vigor. En 2018 se vendió el edificio, y los nuevos dueños le ofrecieron dos salidas: comprar el piso por unos 250.000 euros o quedarse pagando 1.650 al mes. Ella cobra 1.450 de pensión.
Dijo que no, y la empresa la demandó.
Maricarmen ganó en primera instancia, porque el juez entendió que los dueños habían aceptado el contrato durante años. Pero la Audiencia de Madrid no lo vio así en el recurso, y el Supremo tampoco.
Es importante decir que esa regla de los dos años lleva más de 30 años sin tocarse. En ese tiempo han gobernado el PP y el PSOE (en solitario y en coalición) y ninguno la ha cambiado.
Pero ahora el PSOE y toda la izquierda hablan mucho de Maricarmen.
Esta semana su Gobierno pedía a Almeida y a Ayuso que frenaran el desahucio, y la ministra de Vivienda se ha preguntado cuántas Maricármenes se habrían salvado con lo que costó el ático de Ayuso. Tócate las narices con la demagogia.
Pero a Maricarmen la echa una ley del PSOE, y el PSOE no ha cambiado la ley en todos sus años de gobierno. Son unos hipócritas sin fronteras.
Y luego está el Sindicato, que culpa al franquismo y pide ahora contratos de alquiler indefinidos justo como los que había con Franco. Contratos que el dueño no podía terminar y que, por lo tanto, le dejaban en completa indefensión.
Si eso ocurriera, no se pondría ni una sola vivienda en alquiler más. Pero bueno, ya sabéis que los extremos siempre se tocan.
Dicho esto, lo de Maricarmen es un drama evidente, humano y filosófico.
Una mujer de 87 años, que ya necesita silla de ruedas para moverse, sale de la casa en la que ha vivido desde los 17. ¿Estamos abandonando a una persona mayor desvalida?
Maricarmen es adulta. Su familia lleva 70 años disfrutando de una renta antigua que hoy ronda los 500 euros en pleno Retiro, cuando los pisos de su edificio se alquilan por unos 2.650, según el propio Sindicato. Y el Ayuntamiento dice que le ofreció alojamiento y que ella lo rechazó.
La propiedad privada es sagrada y así hay que defenderla, también cuando el caso es duro. Y el cariño que le tengas a tu vivienda no te hace su propietario, por mucho que quieras.
La salida para alguien como Maricarmen puede venir del Estado o de la solidaridad de la gente. Pero si rechaza la alternativa que le ofrecen, ¿qué solución hay?
Lo que no puede ser nunca es que el dueño de algo no pueda hacer lo que quiera con lo que es suyo.
Y aquí hay que decir que se intentaron las dos cosas. El Ministerio intentó comprar el piso y una escritora se ofreció a pagarle 2.150 euros al mes para el resto de su vida.
La empresa no aceptó ninguna. Estaba en su derecho: el piso es suyo.
Una puntualización. La empresa que la ha demandado no es un fondo buitre, como están diciendo, sino una sociedad limitada madrileña fundada en 2005. Se dedica a invertir y asesorar en edificios alquilados y a la compraventa de farmacias. Le compró el piso a Renta Corporación, una inmobiliaria cotizada que había adquirido el edificio en 2018.
Y en realidad da igual que sea Blackstone, Urbagesa o mi primo Paco: es el dueño legítimo de una propiedad.
Lo que está claro es que Maricarmen ha tenido a lo largo de su vida la posibilidad de tomar decisiones alternativas que no hubieran llevado a esta situación y que prefirió no hacerlo. Desde 1994 era ley que esto podía pasar. Tenía 56 años.
Y una cosa es evidente: muchas empresas y familias han estado en la misma situación que Maricarmen y han tenido que cerrar sus negocios, trasladarlos o mudarse a otra vivienda.
No se puede tener una ley a medida de cada situación personal: eso sí que es injusto.
Si Maricarmen no ha tomado decisiones necesarias a lo largo de su vida, la culpa es enteramente de Maricarmen.
Dejemos de infantilizarlo todo. Por mucha pena que nos dé.
Hoy han desahuciado a Maricarmen.
Tiene 87 años y llevaba 70 en el mismo piso de Retiro. Era el cuarto intento, y anoche acamparon cientos de personas en su puerta para impedirlo.
Es un drama, creo que todos estaremos de acuerdo. Porque Maricarmen es una persona muy mayor. Pero que sea un drama no significa que no sea lo justo.
Durante meses hemos oído la matraca de que la culpa es de Franco y del machismo de la época. Pero con saber un poco del tema o interesarte sin sectarismos, sabrás que la ley que la ha sacado de su casa es de 1994, y la hizo el Gobierno de Felipe González.
Sí, una ley del PSOE. Lo que sí venía del franquismo era la ley de la renta antigua.
Su padre firmó el contrato en 1956 con la ley de entonces, que contenía la prórroga forzosa: aunque el contrato venciera, el casero no podía echarte, y te quedabas mientras quisieras salvo en casos muy concretos.
Cuando el inquilino moría, el contrato podía pasar a su familia mediante subrogación.
Y eso fue lo que ocurrió con su casa. En 1961 murió el padre y el contrato pasó a la madre. Con aquella ley, cuando muriera la madre, Maricarmen se habría quedado el contrato y podría haber seguido de inquilina toda la vida.
En 1985, el decreto Boyer, del primer Gobierno de Felipe González, acabó con la prórroga forzosa, pero solo en los contratos nuevos. Los antiguos siguieron igual.
El cambio que afecta a Maricarmen llega en 1994, con la Ley de Arrendamientos Urbanos.
La sacaron adelante el propio Felipe González y Borrell, que era ministro de Obras Públicas, con la idea de ir cerrando poco a poco los contratos de renta antigua.
Quien ya vivía en el piso podía seguir hasta el fallecimiento, y si el contrato pasaba a su viudo o su viuda, también. Pero si pasaba a un hijo, solo le quedaban dos años.
La ley amparaba dos excepciones. Una, tener una discapacidad del 65% o más. Otra, que el hijo fuera mayor de 65 o estuviera jubilado y se quedara el contrato en los diez primeros años de la ley, o sea, antes de que acabara 2004.
En esos dos casos, el hijo seguía de por vida.
La madre de Maricarmen murió en 2005, cuando ella ya pasaba de los 65, pero ese plazo se había cerrado al acabar 2004. Además, su discapacidad reconocida es del 50%, y no llega al 65% que pide la ley.
Por lo tanto, no entraba en ninguna de las dos excepciones, y su subrogación era de dos años: el contrato se extinguió en 2007.
El argumento del machismo tampoco se sostiene como tal, más allá de que todos estemos de acuerdo en que era indignante que las mujeres no tuvieran los mismos derechos que los hombres.
Es cierto que en 1956 una mujer casada no podía firmar un contrato sin permiso del marido, y el contrato estaba a nombre del padre. El Sindicato de Inquilinas dice que, si hubiera estado a nombre de los dos, lo de Maricarmen contaría como primera subrogación y el contrato seguiría vivo.
Pero con la ley de 1994 eso da igual: al hijo que se queda un contrato antiguo le tocan dos años, sea la primera vez que el contrato cambia de manos o la segunda.
Durante 15 años nadie le dijo nada. Los dueños le siguieron cobrando el alquiler como si el contrato siguiera en vigor. En 2018 se vendió el edificio, y los nuevos dueños le ofrecieron dos salidas: comprar el piso por unos 250.000 euros o quedarse pagando 1.650 al mes. Ella cobra 1.450 de pensión.
Dijo que no, y la empresa la demandó.
Maricarmen ganó en primera instancia, porque el juez entendió que los dueños habían aceptado el contrato durante años. Pero la Audiencia de Madrid no lo vio así en el recurso, y el Supremo tampoco.
Es importante decir que esa regla de los dos años lleva más de 30 años sin tocarse. En ese tiempo han gobernado el PP y el PSOE (en solitario y en coalición) y ninguno la ha cambiado.
Pero ahora el PSOE y toda la izquierda hablan mucho de Maricarmen.
Esta semana su Gobierno pedía a Almeida y a Ayuso que frenaran el desahucio, y la ministra de Vivienda se ha preguntado cuántas Maricármenes se habrían salvado con lo que costó el ático de Ayuso. Tócate las narices con la demagogia.
Pero a Maricarmen la echa una ley del PSOE, y el PSOE no ha cambiado la ley en todos sus años de gobierno. Son unos hipócritas sin fronteras.
Y luego está el Sindicato, que culpa al franquismo y pide ahora contratos de alquiler indefinidos justo como los que había con Franco. Contratos que el dueño no podía terminar y que, por lo tanto, le dejaban en completa indefensión.
Si eso ocurriera, no se pondría ni una sola vivienda en alquiler más. Pero bueno, ya sabéis que los extremos siempre se tocan.
Dicho esto, lo de Maricarmen es un drama evidente, humano y filosófico.
Una mujer de 87 años, que ya necesita silla de ruedas para moverse, sale de la casa en la que ha vivido desde los 17. ¿Estamos abandonando a una persona mayor desvalida?
Maricarmen es adulta. Su familia lleva 70 años disfrutando de una renta antigua que hoy ronda los 500 euros en pleno Retiro, cuando los pisos de su edificio se alquilan por unos 2.650, según el propio Sindicato. Y el Ayuntamiento dice que le ofreció alojamiento y que ella lo rechazó.
La propiedad privada es sagrada y así hay que defenderla, también cuando el caso es duro. Y el cariño que le tengas a tu vivienda no te hace su propietario, por mucho que quieras.
La salida para alguien como Maricarmen puede venir del Estado o de la solidaridad de la gente. Pero si rechaza la alternativa que le ofrecen, ¿qué solución hay?
Lo que no puede ser nunca es que el dueño de algo no pueda hacer lo que quiera con lo que es suyo.
Y aquí hay que decir que se intentaron las dos cosas. El Ministerio intentó comprar el piso y una escritora se ofreció a pagarle 2.150 euros al mes para el resto de su vida.
La empresa no aceptó ninguna. Estaba en su derecho: el piso es suyo.
Una puntualización. La empresa que la ha demandado no es un fondo buitre, como están diciendo, sino una sociedad limitada madrileña fundada en 2005. Se dedica a invertir y asesorar en edificios alquilados y a la compraventa de farmacias. Le compró el piso a Renta Corporación, una inmobiliaria cotizada que había adquirido el edificio en 2018.
Y en realidad da igual que sea Blackstone, Urbagesa o mi primo Paco: es el dueño legítimo de una propiedad.
Lo que está claro es que Maricarmen ha tenido a lo largo de su vida la posibilidad de tomar decisiones alternativas que no hubieran llevado a esta situación y que prefirió no hacerlo. Desde 1994 era ley que esto podía pasar. Tenía 56 años.
Y una cosa es evidente: muchas empresas y familias han estado en la misma situación que Maricarmen y han tenido que cerrar sus negocios, trasladarlos o mudarse a otra vivienda.
No se puede tener una ley a medida de cada situación personal: eso sí que es injusto.
Si Maricarmen no ha tomado decisiones necesarias a lo largo de su vida, la culpa es enteramente de Maricarmen.
Dejemos de infantilizarlo todo. Por mucha pena que nos dé.
Curioso que para revisar la formalidad del expediente se vaya a tardar mucho más que para la concesión de algo que debería ser tan importante como la nacionalidad.
ElIMINAD A BIEDMA: Queridos seguidores, ¿es esta la España que conocíamos? Yo no me siento seguro. Pero, por lo menos le diré algo a mi heroína Biedma: ¡No está sola, señoría!
🚨Me gustaría hacer una reflexión muy seria.
1/ Esto es una barbaridad. Y es una barbaridad de las que, si se normalizan, acaban con un país. Un aparato vinculado al poder político contactando con delincuentes para destruir, personal y profesionalmente, a una juez que estaba haciendo su trabajo, para apartarla de la instrucción judicial que afectaba al hermano del Presidente del Gobierno.
Hemos perdido cordura como sociedad cuando una noticia así no produce un rechazo unánime, instantáneo, sin matices partidistas.
AQUELLAS PASTELERÍAS DONDE ENGORDÁBAMOS EN CORUÑÉS
Coruña olía a mantequilla, chocolate y domingos. Bastaba abrir la puerta de una pastelería para que se te fuese la vista al carallo.
Detrás del cristal estaba el arsenal: petisús, bombas de crema, milhojas, merengues, píos, tartaletas y aquellas ranitas de chocolate que eran más feas que pegarle a un padre, pero estaban cojonudas. Nadie fotografiaba el pastel. Nadie preguntaba por los ingredientes. Se señalaba con el dedo, se pedía media docena y se salía de allí con una bandeja bajo el brazo y una felicidad bastante difícil de explicar ahora.
Y daba igual que fuera invierno o ese agosto coruñés en el que sales de casa en manga corta y a los veinte minutos estás buscando una chaqueta. Una bandeja de pasteles arreglaba la tarde.
Hildita, Glaccé, La Vienesa, Hércules, Flory, París… Nombres que no necesitaban poner bakery detrás ni decorar el escaparate como si aquello fuese Copenhague. Algunas aguantan. Otras fueron cerrando y dejaron un agujero bastante más grande que el local que ocupaban.
Porque un día se nos fue la cosa de las manos.
El petisú se convirtió en éclair. La magdalena apareció con papeles nuevos y ahora es muffin. La tarta de queso se largó de Erasmus y regresó llamándose cheesecake. Y al bizcocho de zanahoria, que toda la puta vida fue eso, le pusimos carrot cake y ya pudimos cobrarlo a precio de percebe.
Solo falta que cualquier día rebauticen la ranita como Coruña Chocolate Frog Experience, te la sirvan encima de una piedra de Riazor y te cobren doce euros por ella.
Y nosotros tragamos.
Muy de aquí también.
Protestamos por el precio, decimos «manda carallo», juramos que no volvemos… y a la semana estamos otra vez allí.
En Coruña comíamos ranitas. RANITAS. Un bicho de chocolate con ojos, boca, lengua, mantequilla y bizcocho empapado. Aquello no tenía branding. Ni falta que le hacía. Lo mirabas en el escaparate y sabías perfectamente que ibas a acabar con chocolate hasta en las orejas.
Tampoco preguntábamos de dónde venía el cacao.
Nos importaba un carallo.
Queríamos la rana.
Y quizás por eso jode ver desaparecer aquellas pastelerías. Porque cuando baja una persiana de esas no cierra solamente un negocio. Se va una parte de aquella Coruña en la que salías con una bandeja atada con cordel y llegabas a casa rezando para que nadie hubiese metido el dedo por el camino.
Una Coruña donde las cosas podían llamarse simplemente por su nombre. Sin concepto, sin experiencia y sin que nadie te explicase durante cinco minutos la filosofía del pastelero.
Ahora tenemos cookies premium, cupcakes, cheesecake, brunch y dulces con nombres tan largos que cuando terminas de pedirlos ya cerró el local.
Todo muy moderno.
Pero a mí dame un petisú, una ranita y una bandeja envuelta en papel.
Y el cheesecake que espere sentado mirando a María Pita.
Que en Coruña ya comíamos de puta madre antes de aprender inglés.
Jesús Suárez
La Universidade da Coruña recibe a los nuevos alumnos con más de setenta stands, juegos, actividades y sorteos. Lo leo y me entra la duda de si empiezan una carrera universitaria o inauguran las fiestas de María Pita.
Nosotros llegábamos con una carpeta, cuatro bolígrafos y cara de no saber dónde coño nos habíamos metido.
Y acertábamos.
No había bienvenida. Había supervivencia. El primer reto consistía en encontrar el aula. El segundo, entender el horario. Y el tercero, descubrir por qué aquel hijo de puta de tercero te había dicho que cierto profesor «era bastante majo».
La universidad empezaba enseñándote una lección fundamental: búscate la vida.
¿Setenta stands?
Nosotros teníamos uno: la barra de la cafetería.
Aquello sí era información al estudiante. En media hora sabías quién aprobaba, quién follaba, quién vendía los apuntes, qué profesor disfrutaba suspendiendo y dónde terminaba la fiesta del jueves.
No necesitábamos actividades para socializar. Pedías fuego.
Y ya tenías amigos.
También había juegos. Cálculo era uno precioso. Entraban cien y aprobaban doce. Los demás salíamos del examen con la mirada de quien acaba de identificar un cadáver.
Y sorteos había todos los putos meses.
Se llamaban exámenes.
Tú escribías seis folios de mierda, los entregabas y durante dos semanas esperabas que algún dios especialmente borracho confundiese un 3,7 con un 5.
La matrícula era todavía mejor. Una cola kilométrica, siete impresos y una funcionaria capaz de destruirte la existencia porque faltaba una fotocopia del DNI.
—Vuelve mañana.
Aquello era Bolonia, pero sin Bolonia y con mala hostia.
Ahora veo juegos, regalos y actividades de bienvenida y me parece cojonudo que todo sea más amable. De verdad.
Pero también sospecho que nos estamos pasando un poquito con envolver la vida en plástico de burbujas.
Porque la universidad no era solamente aprender una carrera.
Era aprender a espabilar.
A equivocarte.
A perderte.
A preguntar.
A resolver tus propias cagadas.
Y a descubrir que cuando todo se iba a tomar por culo siempre quedaba la cafetería.
Así que adelante con los setenta stands.
Pero yo añadiría uno.
Vacío.
Sin regalos.
Sin sorteos.
Con un señor detrás de una mesa que, cuando preguntes qué tienes que hacer, levante la cabeza y responda:
—¿Y yo qué coño sé? Búscate la vida.
Entonces sí.
Bienvenido a la universidad.
Jesús Suárez