Acaba de cumplir los 20 años y, como aún vive con sus padres mientras estudia en la universidad, tiene que pedirles permiso para salir, sobre todo cuando es para pasar la noche brincando en mi verga.
Dice que le gustan los mayores y que siempre ha querido ser la sumisa de un chico más experimentado en la cama. Así que yo, con mis 28 años, decidí hacerle el favor y convertirla en mi putita personal. Solo por ser buena gente, claro; nada tenía que ver con ese culo redondo y blanquito que desde hace semanas tenía ganas de romper a nalgadas.
La excusa fue fácil: le dijo a sus padres que se quedaría a estudiar en casa de una amiga. Como ellos la creen su princesita tierna que no rompe un plato, la dejaron ir sin problemas.
Le pedí que se vistiera provocativa. Quería deleitarme con la chica que todos volteaban a ver en la calle, fantaseando con lo que le harían en la cama, viniendo directo a mí para que me la cogiera como me diera la gana.
Apenas la vi, la verga se me puso tiesa. No perdí el tiempo preguntándole si quería tomar algo o cómo estuvo su día. Quería cogérmela, y ella venía para eso. Justo eso iba a hacer hasta quedar satisfecho de haberle hecho a su cuerpo lo que se me antojara. A fin de cuentas, esas ganas de dominar era lo que más le excitaba de mí.
Me acerqué, la besé y le susurré al oído que era una perrita deliciosa. Sonrió, me rodeó el cuello con los brazos y metió suavemente su lengua en mi boca.
—Tu perrita —me corrigió, sonriendo.
Mis manos fueron directo a amasar su culo perfecto mientras besaba su cuello y ella se soltaba a gemir. La toqué con morbo y deseo, le quité la blusa y descubrí que no llevaba bra. Me dediqué a sus tetas, la alcé y la llevé a la habitación. Mordía sus ricos y pequeños pezones mientras sus gemidos subían de intensidad y se frotaba contra mi verga.
No la hice esperar. Le saqué el hilo negro diminuto que llevaba y se la ensarté de golpe. Sus uñas se clavaron en mi espalda y empecé un mete y saca delicioso en su apretado coño, manoseando y nalgueando su culito blanco que pronto se puso rojo. Se corrió un par de veces, dejando marcas dolorosas y deliciosas en mi espalda. Me suplicaba que le diera más duro y se lo di con más fuerza.
Cuando sentí que ya no aguantaba, le dije que me iba a venir adentro. Ella solo asintió y se acercó a mi oído:
—No tienes que avisar. Soy de tu propiedad y puedes hacerme lo que gustes.
Esas palabras me hicieron correrme a chorros, llenándola de leche mientras le amasaba el culo.
Terminado el primer round, la llamó su padre para saber cómo iba la noche de estudios. Yo la veía mentirle con una naturalidad que asustaba mientras le tocaba las nalgas y mi leche escurría por su interior.
Vaya zorrita me conseguí.
La conocí en la fiesta de cumpleaños de mi hija, su amiguita Sarah. Apenas 19 añitos, era con diferencia la más linda y tierna del grupo: una carita hermosa, una flaquita culona espectacular. Como tantas chicas de esa edad, sabía perfectamente el efecto que causaba y tenía ganas de experimentar con un hombre maduro.
Hoy es mi muñequita sexual. Me encanta escucharla gemir mientras le doy placer con mi verga experimentada en su coñito tierno y apretado.
No me enorgullece, pero en ocasiones, mientras me la cojo cierro los ojos y pienso en mi hija.
¡NO! Le dije "Es exactamente lo q parece ¿Quieres unirte?" Con mucho gusto lo hizo y disfruté de mi primer trío con 2 hombres bien dotados, cumpliendo todos mis deseos ocultos y por lo tanto, mis 2 cavidades inferiores. De hecho ¡Mi adulterio condimentó y salvó nuestra relación!