«Quiero proponer la siguiente regla: con cada ser humano con el que entres en contacto, no hagas una valoración objetiva de él según su valor y su dignidad; es decir, no tomes en consideración la bajeza de su voluntad ni la limitación de su entendimiento ni lo equivocado de sus ideas, porque lo primero podría fácilmente despertar odio y lo segundo desprecio hacia él. Mira únicamente su sufrimiento, su necesidad, su angustia, su dolor; entonces siempre sentirás parentesco con él, te pondrás en su lugar y, en vez de odio o desprecio, experimentarás esa compasión que es la única que merece el nombre de ágape y a la que nos exhortan los Evangelios. Para impedir que surjan el odio y el desprecio contra él, en verdad no es la búsqueda de la “dignidad” del hombre, sino, muy al contrario, únicamente la compasión lo que constituye la actitud adecuada.»
-Schopenhauer
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“La perniciosa realidad de los humanos es que no solo competimos por el estatus con otras personas en el seno de nuestras tribus, sino que estas tribus a las que pertenecemos también compiten con otras tribus rivales. Nuestra grupalidad no es inofensiva como una bandada de estorninos, un rebaño de ovejas o un banco de caballas; tiene un carácter violento. Solo en el siglo xx, los conflictos tribales acabaron con la vida de ciento sesenta millones de personas, ya sea a causa del genocidio, la represión política o la guerra. Compartimos esta característica con los chimpancés, cuyos machos patrullan —a veces acompañados por alguna hembra— las fronteras de su territorio y son capaces de permanecer en silencio hasta una hora atentos a los movimientos del enemigo. Cuando capturan a un chimpancé «extranjero», este es golpeado salvajemente hasta la muerte: le arrancan los brazos, le cortan el cuello, le sacan las uñas, le arrancan los genitales y los guerreros se tragan la sangre fresca del rival. Cuando los machos de una tropa vecina son asesinados o expulsados, los chimpancés victoriosos se adueñan del territorio y de sus hembras. El primatólogo y profesor Franz de Waal escribe que «no es casual que los únicos animales cuyos grupos de machos conquistan territorios exterminando deliberadamente a sus rivales sean los humanos y los chimpancés. ¿Cuál es la probabilidad de que estas tendencias evolucionen de forma independiente en dos mamíferos tan estrechamente relacionados ?.
Todavía conservamos esta forma de cognición primitiva. Pensamos en términos de relatos tribales. Ese es nuestro pecado original. En cuanto percibimos que otra tribu amenaza el estatus de la nuestra, se desencadenan este tipo de actos infames. En esos momentos, para nuestro subconsciente es como si volviéramos al bosque o a la sabana prehistórica. El cerebro narrador de historias entra en estado de guerra. Atribuye al grupo opositor motivaciones puramente egoístas. Escucha sus argumentos desde el rencor y con aires de abogado, con la intención de malinterpretar o rechazar todo aquello que tenga que alegar. Aprovecha las más terribles transgresiones de los peores miembros del otro grupo para difamar a todo el colectivo. Señala a individuos aislados y borra toda huella de diversidad y riqueza. [19 8] Los reduce a un mero bosquejo; transforma la tribu opositora en una masa informe de siluetas a las que niega la empatia, la humanidad y la paciente capacidad de comprensión que atribuye a su propia tribu. Y todo ello hace que nos sintamos de maravilla, como si fuéramos los héroes de una historia emocionante en la que la moral está de nuestra parte.”
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