Años en esta orilla insistiendo en la estética como portal hacia lo social, lo político, el sentido, la clase, la identidad -hay tanto por desglosar estéticamente de esta parafernalia de poder que se instala. Tanto por analizar de su pobreza iconográfica, de su pátina narca.
Excelente análisis sobre cómo perder la campaña más sencilla de ganar, de nuevo se antepusieron los egos y la ausencia de propuestas que lograran capitalizar el voto de la clase media. Entre eso, el aspiracionismo pusilánime y la superioridad intelectual o moralina se jodió todo.
Para quienes creemos que desde la izquierda es necesario algo de autocrítica, otra visión de por qué se perdieron las elecciones:
MORALINA DE LA IZQUIERDA COLOMBIANA
por Richard Tamayo @melismatik
La izquierda ha perdido las elecciones presidenciales por cuenta de ser incapaz de analizar críticamente su propia moral. Los problemas estratégicos y comunicativos de la Campaña de Cepeda son secundarios a esta cuestión principal: la moral de izquierda colombiana es incapaz de responder cabalmente a las cuestiones ciudadanas contemporáneas y se percibe como incoherente e incluso hipócrita.
La moralina de izquierda, en la medida en que no atañe solamente a unos valores morales sino también a cierta actitud arrogante respecto a quienes no comulgan con ella, le ha hecho un daño gravísimo al proselitismo y la oferta programática necesarios para conectar con la ciudadanía, pero también al ejercicio mismo del gobierno, pues cuando por fin la izquierda logró asegurar posiciones de gobierno, su propia moral orientó decisiones en política pública que resultan incomprensibles para gran parte de la población que se identifica con valores como la libertad, la diversidad y la equidad.
La izquierda colombiana, una vez comenzó a gobernar, no gobernó para “todos” tal y como había prometido, sino para ciertos segmentos idealizados que tuvieron la fortuna de encarnar las propias expectativas fantasmáticas de los burócratas del Partido. Es decir, no se gobernó para los indígenas, sino para el “buen indio”; no se gobernó para los negros, sino para los “negros emancipados que nos gustan”; no se gobernó para los campesinos, sino para los campesinos “que cultivan donde queremos”; y no se gobernó para los pequeños mineros, sino para los que “queremos que dejen de serlo”.
Desde luego, tal distancia entre el “todos” prometido y el “algunos” encarnado, solo podía producir frustración y desconcierto. La clase media no entiende el desprecio del que ha sido víctima por parte del presidente Petro y los pescadores del Atrato no comprenden porqué deben reconvertir sus actividades ancestrales. En ambos casos, no se trata del “Establecimiento” ni de “élites nepotistas”, sino de personas comunes y corrientes que aspiran a tener una vida mejor, pero que no logran comprender por qué razón sus identidades y deseos resultan ilegítimos e indeseables para la pequeña burocracia y los ideólogos del Partido.
Permítanme caricaturizar esta cuestión: ¿de cuándo acá resultó sospechoso e indignante que un joven mestizo, creyente y heterosexual desee endeudarse para estudiar su posgrado en administración en una universidad extranjera? ¿Por qué este sueño no tiene cabida en la política pública educativa que ofrece la izquierda? ¿Por qué sus sueños deben condescender a la fantasía del joven perfecto de izquierda? ¿Por qué debe adecuar sus expectativas al ideal popular que pregona MinEducación?
Es una caricatura, repito, pero es justamente este tipo de jóvenes el que ha encontrado en la derecha abelardista un lugar para ejercer su deseo. Obviamente ya escucho el coro de deconstruidos que dirá que estos jóvenes están colonizados y ebrios de capitalismo, pero no encuentro ningún motivo para pensar que alguien que desee estudiar en una universidad privada es un “fascista” solo por desear esto. La satanización de la educación privada es incomprensible para las clases medias. Y el necesario fortalecimiento de la educación pública no puede significar vilipendiar a la privada ni obligar a que las aspiraciones de una parte de la población se plieguen a la sabia regla de la política emancipadora de izquierda.
Esta caricatura muestra bien algo aún más grave: si no “todas” las identidades son válidas en la política pública de izquierda, ¿por qué se vende en términos de universalidad, diversidad y, peor aún, de libertad? Es aquí donde la derecha libertaria logró conectar muy bien con la clase media y el evangelismo. No porque ellos sean “conservadores”, sino porque también desean ser libres. Libres según su criterio, que no siempre implica ser fascistas. Libres de comprar la casa NO-VIS con la que han soñado y para la que no encuentran facilidades porque un burócrata de izquierda decidió que ya tienen mucho dinero; libres de creer en algún Jesús sin que por ello sean considerados débiles mentales o policías del género.
Para ellos, la derecha tiene una oferta ético-política: tus sueños son válidos y te vamos a ayudar a lograrlos. Mientras la izquierda tiene un reproche: ¿y por qué no sueñas con algo más emancipado, queer y decolonial? El buen militante de izquierda se siente muy anticlerical denostando de las personas creyentes, pero es muy sacerdotal a la hora de predicar cómo debe comportarse el “buen revolucionario”. Y ni los jóvenes ni los viejos están particularmente abiertos a que alguien les dé cátedra acerca de cómo ser almas perfectas.
Y esto no solo lleva al fracaso de las políticas públicas con los pequeños mineros del Bajo Cauca o los campesinos que cultivan coca en el Putumayo. El doble fracaso en las elecciones locales y presidenciales en Bogotá muestra que la moralina de izquierda resulta incómoda incluso en Engativá. 400 mil votos se perdieron en la capital, más que suficientes para ganar la elección. Hoy la izquierda está sufriendo el impacto de una curiosa paradoja: trabaja por sacar a la gente de la pobreza, pero cuando los lleva a la clase media se olvida de ella. Y la tendencia se replica en Medellín, Cali, Barranquilla y Bucaramanga. Ciudades en las que las aspiraciones de una creciente clase media solo encuentran eco en los discursos de emprendimiento (incluso criminal) que encarna Abelardo ¿Será cierto que la izquierda solo se siente cómoda con una clase media precarizada como lo pregona cierto sector de la derecha? ¿Por qué la izquierda le cedió el discurso y las políticas de emprendimiento a la derecha?
Si la campaña de Cepeda fue tan gris no fue solamente por una cuestión de “formato” o de “retórica”, sino porque el mensaje y los valores a comunicar también lo fueron. TikTok es la red social que es porque expresa un universo de aspiraciones, no porque la gente haga bailecitos tontos. Y la campaña nunca dialogó con estas aspiraciones, solo se contentó con emular torpemente las coreografías. Por esto también fue una campaña triste, lejos de los afectos alegres necesarios para inspirar y movilizar a la juventud.
Si la izquierda no comienza a hacer un ejercicio crítico de sus prejuicios morales respecto a cuestiones como la seguridad, el sector minero-energético, el crédito y la empresa privada, difícilmente volverá al poder. Y la represión o el rechazo violento de estas cuestiones ha demostrado no ser una solución ni eficaz ni inteligente, porque emergen siempre como síntoma. La gente quiere respuestas urgentes a cómo tener un barrio más seguro más allá del manido cuento de las “oportunidades” que se demoran décadas en ser construidas. Y si bien las personas encuentran racional transitar a las energías limpias, no es tan claro por qué eso significa estigmatizar incluso el gas. Por años le dijeron a la gente que el gas era más amigable con el ambiente que la gasolina, pero con Petro resultó que hasta el gas era monstruoso ¿Qué parte de la palabra “transición” resulta tan molesta y produce tanta urticaria a la dirigencia de izquierda? ¿Por qué la transición se convirtió en imposición? Más allá de las cuestiones ideológicas y las vanidades políticas, resulta vergonzoso que hasta la USO se le haya unido a Abelardo, pero es que hoy día el establishment de izquierda resulta hostil hasta para los sindicatos…
La debacle de la campaña más “ganable” de la historia de la izquierda colombiana no es producto solamente de una mala comunicación. Hubo problemas estratégicos, organizativos y de gerencia graves que, si se es riguroso, podrían solucionarse para la campaña del próximo año —espero…—… Pero el problema más grave y para el que no veo pronta solución es moral: la izquierda está perdiendo capacidad de adherencia y de empatía porque no ha entendido que el asunto revolucionario más importante en el mundo actual es el DESEO.
Y HOY EL DESEO ESTÁ EN GUERRA. El fascismo lo ha entendido desde hace mucho tiempo: lo fundamental a ser gestionado y producido es el deseo. Y por eso el sionismo y el evangelismo fueron la base deseante y disciplinada del voto de Abelardo. Porque ellos están en modo GUERRA. Llevan décadas preparándose para un Armagedón que sienten en curso y que desean propiciar y acelerar. Ellos están en una guerra del Bien contra el Mal. Y todos los memes y las piezas gráficas que circularon ávidamente en grupos de WhatsApp con imágenes de Cepeda encarnando a Satanás no son una curiosidad de tía soltera, son la munición desesperada de millones de personas que desean poner algo de sí mismas para que el Mal no triunfe sobre el planeta. Ignorar al pentecostalismo que llevó a Bolsonaro y a Trump al poder y que acaba de demostrar en Colombia su enorme poder de movilización es tan ingenuo como soberbio. Pero frente a esta guerra cultural global sobre el deseo a la que nos enfrentamos actualmente, la campaña de Cepeda respondió con una carísima campaña al Senado.
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Con más de 20.000 votos en Rionegro, Antioquia; cuna acérrima del uribismo podríamos pensar en una concejala que lleve las banderas progresistas en medio de tanto machito facho, aunque esto último es un pleonasmo.
A mí no me inviten a hacer mandalas ni nada de esas hippizadas, yo lo que quiero es un partido pa' poner concejalas en cada municipio del altiplano del Oriente Antioqueño, si no es pa' ocupar el poder, ni estoy y me demoro.