A veces el amor necesita distancia para crecer.
Hay momentos en la vida en los que dos almas se encuentran, se reconocen, pero no es el tiempo correcto para quedarse.
La vida, con su extraña sabiduría, los separa.
No como un castigo, sino como una oportunidad: para crecer, para sanar, para aprender.
Separarse no significa olvidar.
Es un acto de respeto hacia el destino, una pausa necesaria en la que ambos se transforman, no para perderse, sino para encontrarse de nuevo, mejores, completos, listos para coincidir cuando el momento sea perfecto.
La distancia no siempre es el fin, a veces es el inicio de la versión más consciente y fuerte de nosotros mismos.
Porque solo cuando hemos aprendido a estar bien solos, podemos amar con toda el alma, sin carencias ni miedos.
En el amor maduro, no se trata de aguantar.
Se trata de esperar, de confiar, y de estar dispuestos a volver a elegirnos, cuando las piezas finalmente encajan.
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No les pasa que están cansados de TODO, del virus, la cuarentena, la política, la economía, los que se quieren ir, los que se quieren quedar, del frió, del calor, la flia, el colegio, la facultad, la virtualidad, etc. El agotamiento mental de este año superó el de cualquier otro.
Ningún universitario miente cuando dice que octubre ES EL PEOR MES FACULTATIVO SÚPER ESTRESANTE CON TODO LO QUE TE EXIGE CADA MATERIA Y POR SI FUERA POCO TE TIRAN LAS FECHAS DE LOS FINALES COMO PARA SUFRIR EL DOBLE