Eclipse sobre campo de girasoles
Grijalba, Burgos - 12/08/2026
#eclipse#EclipseEspaña#Nikonistas
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LA RAZÓN POR LA QUE CAMBIAR DE MÉDICO PUEDE MATARTE
Ayer fue el Día de la Atención Primaria.
Aunque casi nadie sabe que la atención primaria en España la inventó un internista. En Granada.
Luis de la Revilla era médico del Hospital Virgen de las Nieves. Interna. En el hospital grande. El que brilla.
Y un día lo dejó todo.
Se fue a un barrio obrero del norte de Granada. Cartuja. Se llevó sus ideas, un puñado de residentes y unos recursos que, siendo generosos, eran ridículos.
El 1 de junio de 1981 abrió el primer Centro de Salud de España.
No el primero de Andalucía, sino el primero del país.
Allí se inventó lo que hoy damos por hecho: la historia clínica, los programas de salud comunitaria, los diagnósticos de barrio, el primer consejo de salud. Desde cero.
Y España se convirtió en referencia mundial.
No estoy exagerando. Durante años, venían de fuera a estudiar el modelo español de atención primaria. El nuestro.
Hoy sabemos, con revisiones sistemáticas, que mantener al mismo médico de cabecera durante años reduce la mortalidad.
Es como lo lees. Ver envejecer a tu médico de primaria es, literalmente, un indicador de salud.
Porque lo que Revilla construyó en un barrio de Granada, con cuatro duros y una convicción de internista cabezón, era exactamente eso. Conocer al paciente. A la familia. El barrio.
Celebramos el Día de la Atención Primaria.
Pero lo que deberíamos celebrar es que alguien, y miles que vinieron después, tuvieron el valor de dejar el hospital (el prestigio, los medios y el reconocimiento) para irse a un barrio a hacer algo que ha salvado más vidas que muchas cirugías.
Incluidas las mías.
#LaTraumatologaGeek
Imagina lo bonito que sería que alguien te escriba esto en una carta ❤️🩹
Este es un fragmento de la carta de Albert Camus a María Casares 🥺
#cementeriodelibros
Una mañana, mientras sacaba a pasear a este gran corazón con patas, se detuvo de golpe al pie de un arbusto. Normalmente tira de la correa con entusiasmo para correr, olfatear, explorar. Pero esa vez se quedó quieto. La mirada fija, las orejas erguidas. Y luego, muy lentamente, se acercó.
Tres pequeñas bolitas temblaban bajo las hojas. Flacas. Sucias. Abandonadas.
Apenas tenían unas semanas de vida. Dos naranjitos y un atigrado, todos apretados entre sí, buscando sobrevivir a la noche. No había una madre. Nada. Solo ellos. Frágiles. Solos. En silencio.
Quise recogerlos, meterlos en una caja. Pero él, mi perro, ese gigante a menudo torpe, se tumbó en el suelo, con el hocico pegado a ellos. No gruñó. No se movió. Simplemente se acostó allí, como si supiera que lo único que necesitaban era calor, calma, protección.
Ese día, no tomé yo la decisión.
La tomó él, por mí.
Desde entonces, no se separan de él. Duermen junto a su cuerpo, se esconden entre sus patas, trepan por su espalda como si fuera una montaña suave y viva. Él no dice nada. Los cuida. Les deja morderle las orejas, jugar con su cola, dormirse sobre su pecho.
A veces lo observo. A él, el viejo, el rescatado de un pasado difícil. Ese perro que adopté cuando nadie más lo quería, cuando decían que era “demasiado grande”, “demasiado viejo”, “demasiado complicado”. Y ahora lo veo transformado, convertido en guardián, en punto de referencia, en un papá gigante para una pequeña camada que él mismo salvó.
No son sus cachorros. Ni siquiera son de su especie. Y, aun así, los ama como si fueran suyos. Como si en esos tres seres diminutos y perdidos, hubiera reconocido una parte de sí mismo.
Hoy son una familia.
Un rompecabezas viviente, extraño, improbable, pero perfecto. Un recordatorio de que el amor no tiene forma, ni raza, ni lógica. Solo necesita un corazón lo suficientemente grande para recibirlo.
Y el suyo… desborda.