Cuando alquilé mi piso,
dejé el wifi instalado a mi nombre.
No estaba en el contrato.
No lo cobro aparte.
Simplemente lo necesito para la alarma y la domótica.
Le di la clave el primer día por pura cortesía.
Hasta que me llama el inquilino.
—Oye, el wifi va muy lento.
No es la primera vez.
Quiero que me descuentes la parte del wifi del alquiler.
Le recuerdo lo que ya le dije al entrar:
—El wifi no está incluido en el precio.
Lo tienes como cortesía, no te lo estoy cobrando.
Suspira.
—Ya, pero yo teletrabajo y me perjudica.
Si me ofreces un piso con wifi y no va bien,
me lo tienes que compensar.
Entonces te das cuenta.
No es una cuestión de megas ni de fibra óptica.
Es la absoluta incapacidad de hacerse cargo de la propia vida.
Quieres que te arreglen la bombilla,
que te cambien el router,
que te solucionen el wifi,
que te pinten la pared
y, si puede ser, que te pidan perdón por cobrarte.
Si tu trabajo depende de una buena conexión,
te instalas la fibra que te dé la gana.
La pagas tú.
Inviertes en lo tuyo.
Esa misma actitud de exigencia crónica
es la que aplican a todo.
Por eso viven con el agua al cuello:
Esperando que el jefe, el gobierno o el dueño del piso les resuelvan la papeleta
mientras ellos no asumen ni el coste de su propio router.
El problema no es que la conexión vaya lenta.
El problema es que van por la vida
con mentalidad de mendigo
exigiendo trato de rey.
Si prohibir hablar del SAP es prohibir hablar de manipulación infantil, interferencias parentales o mediatización infantil, como si fueran realidades que no existen, sin duda es un retroceso en la defensa de los derechos de la infancia.
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Restaurante lleno.
Sábado.
Mesa de 6.
Padres, abuelos y un niño de 8 años corriendo entre camareros con una tablet en la mano.
Gritando.
Saltando.
Metiendo los dedos en los vasos de otra mesa.
El camarero se acerca:
—Perdona, ¿podéis decirle al niño que no corra? Hay platos calientes.
La madre ni levanta la vista del móvil.
—Es que es muy intenso.
El niño pasa otra vez.
Casi tira una bandeja.
El camarero respira.
—De verdad, se puede quemar.
El padre sonríe como si estuviera en una charla TED de crianza consciente.
—No queremos coartar su personalidad.
Claro.
Su personalidad.
Antes se llamaba educación.
Ahora es “expresión emocional”.
El niño agarra una aceituna de una mesa ajena.
La señora se gira.
—Oye, que eso es mío.
Y ahí salta la madre:
—Tampoco hace falta hablarle así. Es un niño.
Es un niño.
La frase comodín.
Rompe algo: es un niño.
Molesta: es un niño.
Pega: es un niño.
Invade mesas ajenas como si estuviera colonizando América: es un niño.
Piden la cuenta.
El niño tira un vaso al suelo.
Cristales.
Agua.
Gritos.
El camarero vuelve.
—Por favor, ahora sí necesito que se siente.
El padre se pone serio.
—No me gusta cómo le estás hablando a mi hijo.
—Solo le he pedido que se siente.
—Pues igual deberíais tener un restaurante más adaptado a familias.
Adaptado a familias.
Traducción:
“Mi hijo puede comportarse como un gremlin mojado y tú tienes que sonreír.”
Salen indignados.
Media hora después, reseña en Google:
“Sitio poco recomendable. No respetan a los niños. Personal muy seco. No volveremos.”
Y ahí está el problema.
No es el niño.
El niño hace lo que le dejan.
El problema son adultos que confunden educar con aplaudir cualquier salvajada.
Padres que no quieren poner límites porque les da pereza sostener un berrinche de 4 minutos.
Y luego llaman “sociedad hostil” a cualquier persona que no quiera aguantar el resultado.
Resumen:
Tu hijo puede ser libre.
Pero si su libertad consiste en molestar a todo el restaurante, igual no estás criando un niño con personalidad.
Igual estás criando una factura emocional que algún día pagarán los demás.
Y seguramente tú también.
🚨 Incluir el aborto en el art. 43 de la Constitución implica que sería un "principio rector" por lo que se convertiría en una "recomendación", perdería su carácter vinculado con los derechos fundamentales (según el TC) y no podría ser reclamado directamente ante los Tribunales.
Ha llovido fuerte en varios lugares de España y está todo el mundo muy contento porque esta vez sí han sabido actuar nuestros gestores: han dicho que no vayan los ciudadanos al trabajo ni los niños a la escuela ni los funcionarios a sus puestos. Mano de santo y dicha general, somos un Estado ultramoderno. Seguro que la próxima vez que haya fuego en los bosques las autoridades recomiendan a los lugareños que aprovechen tales días para ir a Benidorm y relajarse en la playa, porque ya lloverá y se acabarán las llamas.
Creo que esta bonhomía con que aceptamos que lo mejor es no hacer nada y dejar de trabajar si hay frío o calor, lluvia o sequía, quebranto o celebración, tiene dos causas, una idiosincrásica y otra muy perversa.
Primera, que somos un país de zánganos y que nada ansía más el personal que un día sin ir a la oficina. En este punto se da una circunstancia peculiar: cuanto más cómodo e irrelevante, absolutamente prescindible, es el trabajo de un sujeto, mayor el ansia por no ir a trabajar, porque vivimos en un perpetuo simulacro de agotamiento. Mismamente en las universidades españolas casi todo el mundo se dice cansadísimo, aunque lleve ocho meses sin dar una clase o haya hecho su última investigación hace un lustro. El sudoroso y dolce far niente. En esas mismas ciudades en las que hoy los funcionarios siguen en casita, los repartidores de panadería siguen circulando y los cajeros de supermercado siguen en sus puestos. Los profesores no, caray, por si les cae un témpano en la metafísica.
Lo otro es que todas estas medidas preventivas, como el mandar a todo el mundo a vegetar en su guarida si el clima se pone feo (¿se imaginan lo que se trabaría en España si nevara como en Finlandia o se helara todo como en Suecia?) suponen una asunción tácita y tranquila de que el país no funciona y que, ante la ausencia de instancias públicas u organismos capaces de prever, de prevenir, de organizar, de paliar daños, de proponer alternativas, etc., etc., lo mejor es cortar por lo sano y que nadie haga nada mientras no escampe, a ser posible allá por mayo.
Esto es todavía más terrible que la vagancia, pues implica dar por irremediable el hecho de que el Estado va camino de desaparecer. Si ya no vamos a tener seguramente más trenes de alta velocidad en buen funcionamiento, pues cristiana resignación: el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Y a seguir votando y viviendo como si tal cosa. Perón lo supo ver antes que ninguno, no lo olviden.
Esa desaparición de un Estado eficiente, aceptada con naturalidad, será progresiva, en realidad estamos al inicio. Vendrán pronto cosas como que deje de funcionar la policía (y no será por mala fe de sus funcionarios, sino por corrupción de sus altos mandos y de los políticos que los seleccionan) y cada ciudadano asuma que tiene que resguardarse del delito por sí mismo, sea no saliendo de noche, sea pagando seguridad a la pandilla del barrio o sea, si hay dinero, yendo a vivir a urbanizaciones fuertemente protegidas por empresas privadas de seguridad. Otro tanto pasará con la sanidad pública, que será la que organice la muerte de los pobres cuando les toque y porque no se superó la lista de espera, y se verá muy natural que el que quiera tratamiento a tiempo se lo tendrá que sufragar por su cuenta. Etc., etc.
En resumen, un Estado que cada vez nos cuesta más protege cada vez menos nuestros derechos y deja de brindarnos servicios básicos, a la vez que los mismos responsables corruptos culpan del desastre a la globalización, al capitalismo salvaje, a las privatizaciones o al cambio climático o la mala suerte. Y todos tan contentitos metidos en sus casas hasta que deje de llover o hasta que amaine el tiroteo en la calle.
Se lo hemos dicho los jueces y magistrados, se lo han dicho los funcionarios, se lo han dicho los abogados y procuradores y se lo ha dicho la Presidenta del Consejo General del Poder Judicial.
Pero él sigue presumiendo de la peor reforma en justicia.
🚨Una cita médica pronto, conducir sin esquivar baches, billetes de tren que sean puntuales, juicios que no sean dentro de varios años, acceso a prestaciones de desempleo o vivienda social sin que sea una odisea burocrática... El sistema está roto.
Y la presión fiscal es enorme.
Vivimos sobreestimulados y ni siquiera nos damos cuenta.
Netflix o YouTube mientras comemos.
Reels o responder WhatsApps en el baño.
Podcasts mientras caminamos o cocinamos.
Consumimos por defecto, no de forma intencionada.
Sigues llenando cada hueco.
Y luego te preguntas por qué te sientes desmotivado y perdido.
El aburrimiento y el silencio nos dan espacio para pensar y crear.
Las soluciones a los problemas que llevan meses estancados aparecen en momentos en los que conseguimos estar tranquilos, en paz, diría que aburridos.
Deja espacio.
Te cambiará la vida.
Siento orgullo de la generosidad de los donantes españoles y del sistema de trasplantes español
España roza su récord histórico de trasplantes de órganos y encadena 34 años como líder mundial
👏👏👏
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Por @Pablolinde en @el_pais
Alguien le preguntó una vez a Aristóteles:
-"¿Qué se gana con la mentira?"
Su respuesta fue :
-"Que no te crean cuando dices la verdad”, respondió el filósofo.
LA GENTE NO QUIERE CURARSE, QUIERE MORFINA
Lo descubrí en urgencias un martes a las tres de la mañana.
Un tío con lumbalgia me pedía morfina. Le expliqué que necesitaba fisio, ejercicio, perder peso. Que el dolor era su cuerpo diciéndole “muévete diferente, desgraciado.”
Me miró como si le hubiera escupido.
“Yo solo quiero que me quite el dolor, doctora.”
Y ahí lo entendí todo
La gente no quiere soluciones. Quiere opio
En 1839, China se metió en dos guerras porque los británicos les vendían opio a saco. El emperador decía “esto nos está destruyendo”, pero la gente seguía comprando. ¿Por qué? Porque el opio te da placer instantáneo sin sudar una gota
No tienes que cambiar. No tienes que esforzarte. Solo fumarlo y flotar.
Igual que ahora
¿Dolor de espalda? Pastilla. ¿Ansiedad? Pastilla. ¿Aburrimiento? Instagram. ¿Soledad? Netflix. Todo diseñado para darte ese subidón inmediato sin que muevas un dedo
Y lo peor no es que exista el opio.
Lo peor es que funciona.
Te sientes mejor al instante. Sin entrenar, sin terapia, sin conversaciones incómodas. Es una maravilla. Hasta que no lo es
Porque al final, como en China, el que vende el opio se forra. Y el que lo compra se hunde
Friedrich Bayer inventó la heroína en 1898 como “jarabe para la tos sin efectos secundarios.” Spoiler: los tenía.
Tu cuerpo sabe que el atajo siempre cobra peaje
Pero oye, la gente sigue prefiriendo la mentira cómoda a la verdad que duele
#LaTraumatologaGeek
Hoy os voy a hablar de la paradoja de la post-escasez
Cuando tenía 10 años, mi hermano y yo conseguimos una Nintendo DS. Al principio solo teníamos un par de juegos: Metroid Prime Hunters (que venía con la consola, juegazo) y un remake de Mario 64. Como eran los únicos dos juegos que teníamos, los aprovechamos al máximo.
Por Navidad o por mi cumpleaños, podía pedir solo un (1) juego. Investigaba durante semanas: leía reseñas, comparaba opiniones en foros y veía gameplays. Si iba a tener únicamente un juego durante meses, más valía que fuera bueno. Todo ese proceso generaba anticipación y, incluso antes de tenerlo, ya estaba disfrutándolo. Cuando por fin lo conseguía, como era lo único a lo que podía jugar, lo exprimía hasta la última gota. Me lo pasaba pipa.
Un par de años después descubrí algo: la flashcard R4. Básicamente, era una tarjeta que permitía cargar juegos pirata en la consola. Como friki de 12 años, sin dinero y sin preocupaciones éticas, ahorré durante unos meses y me la compré. De repente tenía acceso inmediato a todos los juegos que quisiera, gratis.
Sin embargo, no fue tan satisfactorio como había imaginado. Ahora que podía conseguir cualquier juego al instante, descargaba uno, jugaba un rato y luego pasaba a otro. La escasez había desaparecido, pero con ella también la anticipación, el compromiso y, en gran medida, el disfrute. Era raro: objetivamente tenía más, pero subjetivamente sentía menos. Al final: dejé de jugar.
No creo que esta experiencia sea universal, pero sospecho que muchos reconoceréis la sensación (quizá los zoomers no). Los humanos tendemos a valorar más lo limitado, sobre todo si implica espera, esfuerzo o renuncia.
Desde un punto de vista evolutivo, esto tiene sentido. Y es que no podemos olvidar que somos monos. Nuestra especie ha evolucionado durante millones de años en entornos donde los recursos eran escasos e impredecibles. Como resultado, nuestro cerebro presta más atención, genera mayor anticipación y extrae más valor de aquello que no está siempre disponible.
De forma similar, la capacidad de retrasar la gratificación y de generar anticipación por recompensas futuras es parte del propósito de nuestro sistema dopaminérgico. Esto influye directamente en nuestra satisfacción y felicidad. La anticipación es un mecanismo donde el cerebro aumenta la señal de valor asociada a estímulos futuros. Es un mecanismo evolutivo: nos empuja a invertir energía, atención y esfuerzo en objetivos distantes en el tiempo que no están garantizados. Por eso, cuando hay anticipación, las cosas saben mejor.
Estos mecanismos siguen activos hoy y, de hecho, son explotados de forma consciente por empresas que crean escasez artificial para aumentar el valor percibido de sus productos: bolsos Birkin, skins en videojuegos, relojes de Rolex o los Labubu de POP MART.
Aquí es donde entra la era actual. La inteligencia artificial y la automatización nos acercan a un mundo donde muchos bienes, contenido, imágenes, textos, entretenimiento, incluso relaciones, pueden generarse de forma casi instantánea y en cantidades virtualmente infinitas. En cierto sentido, estamos entrando en una era de post-escasez.
Y, como me ocurrió con la R4, la abundancia tiene un efecto paradójico. Cuando cualquier cosa puede crearse al momento, tendemos a invertir menos atención en cada unidad individual. No porque sea peor, sino porque es reemplazable. Por ejemplo, yo no creo que los ensayos generados por modelos de IA como Claude Opus sean malos; de hecho, probablemente son mejores que los que escribe la mayoría de personas. Sin embargo, me cuesta valorarlos. Solo necesito un click para generarlos. Esto a su vez, hace que valore también menos lo que escriben otros humanos. Y así no solo con los ensayos, sino con todo lo demás.
Esta es la paradoja de la post-escasez: al crear un mundo donde todo está disponible, corremos el riesgo de crear un mundo donde la propia abundancia genera un tipo extraño de pobreza, no de recursos ni de experiencias, sino de significado y satisfacción.
La cuestión ahora no es sobre si debemos frenar la abundancia, eso es estúpido, imposible e indeseable, sino sobre cómo vamos a aprender a vivir con ella. Si el entorno ya no nos impone límites, quizá tengamos que empezar a imponérnoslos nosotros: elegir con más intención, reducir opciones, comprometer más tiempo con menos cosas.
En un futuro infinito, lo verdaderamente escaso no van a ser los recursos, sino la atención y la capacidad de valorar algo el tiempo suficiente como para que nos importe.
🚨Os cuento una cosa que tengo entre manos.
A veces tenemos mantas que no usamos y que creemos que no se pueden donar porque están viejitas o descoloridas pero... ¿sabéis dónde pueden ser muy útiles? En protectoras, perreras y refugios.
Veamos si, entre todos, podemos ayudar⤵️
Vengo de China jodidamente preocupado.
Ahora entiendo por qué estamos en la ruina.
Nos dicen que aquí estamos en el mejor momento. Pero mi sensación al volver de China es que estamos muertos.
En España ya no tenemos capacidad de producción.
Date una vuelta por cualquier polígono industrial. Antes se fabricaban cosas. Ahora, solo ves almacenes y restaurantes.
Nos hemos acostumbrado a comprarlo todo fuera y eso nos está pasando una factura carísima.
El problema son los oficios:
• Los torneros y fresadores tienen más de 50 años.
• En diez años, nadie sabrá hacer un molde o una matriz.
• Cuando esa generación se jubile, se acabó.
Nos hemos vuelto un país totalmente dependiente.
Solo producimos aquí lo que caduca rápido.
Como las fresas, porque no da tiempo a traerlas en barco.
Para todo lo demás, dependemos de China.
Ellos tienen la tecnología, los móviles y los ordenadores.
Y están encantados de que seamos así de dependientes.
Tenemos que preservar nuestra capacidad de fabricar. Porque un país que no produce nada, es un país sin futuro.
Aunque nos digan que vamos bien.
🚨🚨Me van a permitir que me cite. Advertí que caería el diluvio universal del lawfare sobre el TS si la sentencia del FGE fuera condenatoria. Acerté y aún me quedé corto.
Hemos leído y oído hablar de “golpe de estado judicial”, de la necesidad de movilizarse en la calle contra la sentencia, de fachas con toga, de la exigencia de una reforma legal que someta por completo al CGPJ y los jueces a los políticos, incluso de enfrentamiento civil.
Al final esto es mucho más sencillo de entender. Se trata de la búsqueda de la impunidad. De este proceso y de otros que vendrán. No se puede condenar a los míos. Así de simple y así de tremendo. Fíjense bien. Los dos magistrados que aparecen en la fotografía y que forman parte de este tribunal que ha condenado al FGE son Juan Ramón Berdugo, que redactó la sentencia de la Gürtel, que tanto perjudicó al Partido Popular y el otro es Antonio del Moral, que fue ponente de la sentencia que mandó a la cárcel al exmarido de la Infanta Cristina, Iñaki Urdangarín, por el Caso Noos.
Entonces fueron aplaudidos por los mismos que hoy les denigran.
Entonces, la justicia era estupenda.
Ahora ya no, porqué han condenado a uno de los suyos y eso no puede ser.
“La razón es aquello en que estamos todos de acuerdo, todos o por lo menos la mayoría. La verdad es otra cosa, la razón es social; la verdad, de ordinario, es completamente individual, personal e incomunicable. La razón nos une y las verdades nos separan”
San Manuel Bueno,mártir