No me fui a la primera grieta.
No salí corriendo cuando incomodó.
Me quedé a hablar, a intentar ajustar, a comprender lo que parecía desorden.
Puse tiempo, paciencia, voluntad.
Lo intenté desde la madurez, no desde el capricho.
Hice lo que estuvo en mis manos.
Escuché más de lo que hablé,
cedí cuando valía la pena, defendí lo que creía importante.
No dejé pendientes por miedo,
no guardé palabras por orgullo.
Si algo terminó, no fue por falta de esfuerzo o de cariño.
Y eso cambia todo.
Porque irse con dudas pesa,
pero irse con certeza libera.
No cargo con el “¿y si hubiera…?”
No cargo culpas que no me corresponden.
Sé lo que di.
Sé lo que intenté.
Y sé que no podía hacerlo solo eternamente.
La tranquilidad no nació del desamor, nació del cierre honesto.
Del momento en que entendí
que seguir intentando ya no era construir, era resistir.
Y resistir no siempre es amor.
Lo intenté lo suficiente… ahora me voy tranquilo.
No porque no haya dolido, sino porque ya hice mi parte.
Y cuando uno sabe que dio lo que podía dar, irse deja de ser derrota y se convierte en paz.
Texto de: David “Trukutru” Peral.