Doloroso leerlo, pero tampoco sorprendente: en Venezuela no bastaba con ganar una elección. El chavismo corrompió todo el aparato del poder en dos décadas.
El reportaje del The Wall Street Journal sobre Chevron, la CIA y Venezuela es duro. Pero para muchos venezolanos no es realmente una sorpresa.
Primero hay algo importante que aclarar: aunque hoy toda la presión parece recaer sobre María Corina Machado, el diagnóstico que plantea el artículo no es realmente sobre ella.
María Corina sí tiene algo que ningún análisis externo puede negar: un apoyo popular enorme dentro de Venezuela.
El problema que describe el reportaje no es la debilidad de un liderazgo opositor. El problema es mucho más profundo: después de 25 años de chavismo, el poder real no está solo en la presidencia.
Está incrustado en la Fuerza Armada, en los servicios de inteligencia, en redes de narcotráfico, en la minería ilegal, en el control territorial de grupos criminales y, por supuesto, en la industria petrolera.
Por eso la tragedia venezolana nunca fue únicamente electoral.
Incluso con un presidente legítimo, el desafío habría sido el mismo para cualquier líder opositor: María Corina Machado, Henrique Capriles, Juan Guaidó o cualquier otro que hubiese llegado a Miraflores habría enfrentado exactamente el mismo problema.
Sin control del aparato coercitivo del Estado, gobernar se vuelve una tarea casi imposible.
El reportaje del Journal añade detalles que ayudan a entender esa realidad. Durante años, el ejecutivo petrolero Ali Moshiri tuvo acceso directo al círculo de poder en Caracas, incluso al propio Hugo Chávez, quien llegó a llamarlo “querido amigo”.
Desde esa posición, Moshiri sostuvo ante funcionarios en Washington que intentar reemplazar completamente al régimen de Nicolás Maduro por la oposición democrática podría terminar en un escenario caótico, similar a otros intentos fallidos de reconstrucción estatal en conflictos internacionales.
Según el artículo, ese análisis influyó en evaluaciones internas de la CIA sobre posibles escenarios de transición, en un momento en que Washington tenía muy poca visibilidad dentro de Venezuela después del cierre de su embajada en 2019.
La conclusión de algunos analistas era dura: sin control sobre las fuerzas de seguridad ni sobre la infraestructura petrolera del país, cualquier nuevo liderazgo enfrentaría enormes obstáculos para gobernar.
Ese es el verdadero drama de Venezuela: un país donde la legitimidad democrática choca contra una estructura de poder profundamente corrompida durante un cuarto de siglo.
Las partes del artículo que parecen sacadas de una novela de espionaje, CIA, operaciones encubiertas y evaluaciones secretas, probablemente nunca las conoceremos completas.
Pero el diagnóstico de fondo sí tiene lógica para quienes hemos visto desde dentro cómo el chavismo fue pudriendo cada institución.
Venezuela no solo fue secuestrada políticamente. Fue tomada por una maquinaria de poder, negocios y crimen que hace que ganar una elección sea apenas el primer paso, no la solución.
Entender eso no significa resignarse. Significa reconocer la magnitud real del problema.
El tema salarial en Venezuela suele discutirse desde la indignación, y con razón, por la realidad de los trabajadores.
Pero hay una dimensión que no siempre se aborda: la capacidad real de la economía para sostener mejores salarios.
En mi conversación de esta semana con @RLOZINSKI hablé sobre este punto. Por cierto, tenía tiempo que no recibía tantos insultos en un post de IG por señalar que la capacidad del Estado para aumentar los sueldos es muy limitada, con todo y alza del petróleo.
Subir salarios es necesario. Pero si no hay productividad, crecimiento y recursos detrás, el resultado suele ser inflación o mayor precariedad.
El reto es combinar empatía social con responsabilidad económica.
La pregunta clave no es solo cuánto debe ser el salario, sino cómo construimos una economía que pueda pagarlo.
La verdad real al final del día, es que no se necesita ninguna ley, ninguna reconciliación ni nada.
El chavismo fue bombardeado el 3 de enero, se llevaron a Maduro y amenazaron que si no se les hacía caso, iban a bombardear de nuevo. Trump fue claro que el iba a mandar y encomendó a Rubio la parte operativa.
Dejo a Delcy y no a María Corina, porque sabe que a María corina la podían tumbar en días. Así que ideó una fórmula de transición, para que entre ellos vayan desmontando la dictadura de acuerdo a sus órdenes, en paz y sin comprometer a tropas estadounidenses. Dejando claro que si no se obedece, no va a dudar en atacar de nuevo.
Mandó al director de la CIA, mandó a una encargada de negocios, habló con los petroleros y empezó en menos de un mes, todo el proceso de desmontaje.
El chavismo tiene que sacar a los presos, tiene que dejar de reprimir, tiene que colaborar en todo con Estados Unidos, y tiene que darle petróleo. No van a administrar dinero, no van a vender nada a Iran, y no van a seguir con el esquema de narcotrafico.
Le puso fechas, les puso orden, les deja algo de dignidad ya que el sabe que si acorrala sin salida, el sometido se subleva o se inmola, y les permite un mínimo margen de acción para que no implosionen y no se le convierta en caos la cosa.
Va a estabilizar el país, va a establecer las bases de una transición y terminará en un proceso de elecciones en un año o quizás más.
Esa es la realidad y todo lo demás es absolutamente pura paja.
El chavismo murió pero ellos no se han dado cuenta aún. Solo estamos asistiendo al funeral y las exequias. Nada más.
Y en cuanto a los venezolanos, tampoco es que tenemos mucha salida. Somos mirones de palo de un proceso que no está en nuestras manos. Las decisiones no las tomamos nosotros, y tampoco es que estamos siendo muy tomados en cuenta. Así que tenemos que mirar todos los acontecimientos como vienen, entender que aquí nadie manda sino Trump, y que el chavismo dejó un país devastado que hasta le eliminó la soberanía.
Nos queda esperar, analizar y ver, hablar toda la paja que queramos acá, pero saber claramente que en estos momentos, nada pasa por nosotros sino que todo pasa por encima de nosotros.
Esa es la realidad sin contemplación y sin remilgo.
Las bombas de la esperanza
Tras escuchar las palabras del presidente Donald J. Trump, considero que Venezuela tiene sólidas razones para sentir esperanza.
La operación que se llevó a cabo en la madrugada de hoy fue realizada tomando en cuenta el fundamento esencial: no se trató de una acción de guerra, sino una operación policial, comandada por la Secretaría de Justicia de los EEUU a través de la DEA, con asistencia de la Secretaría de Guerra para prestar la logística y la tecnología.
Fue una operación limpia, concentrándose solo en la neutralización de los centros militares del régimen y cuidando al máximo las vidas humanas inocentes. El tirano Maduro y su pareja, cual roedores rabiosos, fueron capturados justo antes de que pudieran resguardarse en su madriguera y puesto a las órdenes de la justicia, para que se les aplique todo el peso de la ley y paguen como debe ser por los terribles crímenes de los que son responsables directos.
El presidente Trump, recordándonos a la persona que tanto apoyamos durante su primer mandato, se reivindicó en un “dos por tres” cuando despejó cualquier duda sobre lo que va a ocurrir a continuación.
El problema que yo veía antes de hoy, era “el día después”. Tras la estafa perpetrada por el gobierno interino del “jugador de Pádel”, quedó claro que esa gente no tenía ni la capacidad moral ni la intelectual para conducir ningún tipo de proceso en Venezuela.
Cuando en las elecciones de 2024, se nombró a dedo por lo más nefasto de la política nacional, a una persona sin ningún mérito ni capacidad para el rol que debía desempeñar, supe que con él se resucitaba al universo envenenado que se apoderó de la ayuda humanitaria y se enriqueció con los activos de Venezuela en el exterior.
Pretender que esa gente tuviese la capacidad para tomar las riendas del país en un escenario tan delicado como el que vivimos, constituía una pesadilla de dimensiones dantescas. Esa alternativa hubiese abierto una caja de Pandora, de la cual emergerían los peores demonios. Hubiese sido peor la medicina que la enfermedad.
Ese escenario profundizaría la tragedia venezolana, condenando al país a un número incierto de años de conflictos interminables, donde el éxodo se multiplicaría, las escasez profundizado y el aislamiento llevado a un nivel donde Venezuela no tendría vida alguna.
Pero en el momento en que Trump habló de tomar las riendas del proceso y que Estados Unidos se encargue en directo de la reconstrucción, entonces allí pasamos a otra dimensión, allí sí estamos hablando de las Grandes Ligas.
Lo que Trump explicó fue aplicar en Venezuela la formula genial que Estados Unidos empleó para reconstruir a Japón después de la Segunda Guerra Mundial: se designó al General Douglas MacArthur como Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas («SCAP»), liderando la ocupación de 1945 a 1951, donde tuvo la responsabilidad de desmilitarizar al país y ejecutar la democratización y la reconstrucción a partir de cambios neurálgicos, respetando la figura simbólica del Emperador.
Estados Unidos fue la máxima autoridad militar y política, teniendo a su cargo cada uno de los elementos esenciales de la vida japonesa. Impulsó una nueva base jurídica, hizo que el país depusiera las armas y estableció un sistema parlamentario con sufragio universal. Disolvió el ejército imperial. Conservó al Emperador Hirohito como símbolo de unidad, pero despojado de poder divino y político, haciendo posible la transición. Así mismo, aplicó reformas socioeconómicas y promovió la disolución de los grandes conglomerados (“Zaibatsu”) y la creación de sindicatos, abriendo las compuertas para un desarrollo económico meteórico, que hizo de la nación nipona una de las principales potencias económicas del planeta.
Estados Unidos, con el liderazgo ejecutivo y moral de MacArthur, fue el arquitecto de la transformación de Japón y podemos afirmar que el proceso fue impecable y admirable bajo cualquier óptica.
Cuando Trump afirmó que sería Estados Unidos la que tomaría las riendas de Venezuela, hasta hacerla una nación grande y poderosa: «Make Venezuela great again», a partir de la reivindicación de la propiedad privada despojada a sus legítimos dueños, venezolanos y extranjeros; usando como locomotora del proceso al sector energético, hizo que en mi mente brillaran las posibilidades que tenemos como nación para convertirnos a la vuelta de la esquina en uno de los países más admirados del mundo, porque lo tenemos todo para lograrlo, incluyendo el aprendizaje cultural tras tres décadas de traiciones, penurias y torpezas.
Las palabras de Trump resucitaron el plan energético puesto en práctica por Andrés Sosa Pietri en 1990, y que de manera tan traumática fue abortado con el intento de golpe llevado a cabo por Chávez en 1992.
Las palabras de Trump trajeron a la memoria a ese hombre luchador que fue Franklin Brito, a quien le asesinaron el alma y luego el cuerpo cuando le despojaron de sus tierras.
Las palabras de Trump trajeron a la memoria las decenas de empresarios venezolanos a quienes de un plumazo les arrancaron sus esfuerzos y patrimonios cultivados con años y años de sacrificios.
Las palabras de Trump también recordaron por qué es importante que Estados Unidos comprenda la importancia de no permitir el avance del comunismo en el planeta y el asentamiento de regímenes criminales en las naciones occidentales.
El discurso de hoy, nos presentó a un estadista en pleno uso de sus facultades mentales, claro y preciso en el rol que tiene como potencia y lo más importante: que detrás de lo ocurrido hoy en Venezuela, hay inteligencia de la buena: gente competente diseñando y ejecutando estrategias sin improvisaciones y con el claro entendimiento de que un proceso tan delicado e histórico no puede dejarse en manos de personas incompetentes, estúpidas y/o inmorales.
Obvio que aún falta mucha tela que cortar para tener un panorama más claro y realizar un análisis más completo, a partir de mayores elementos a considerar.
Pero hoy es un día de júbilo. Creo que tenemos sólidas razones para estar optimistas.
Que Dios nos bendiga todos.
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